FUTOPIX | Qué Deberían Estudiar Nuestros Hijos Para Ser Relevantes en la Economía de la IA y los Humanoides?
Toma 26 | Navegando la Revolución de la Inteligencia
Cuando la Inteligencia era Abundante
Durante siglos los humanos como civilización nos organizamos alrededor de una premisa silenciosa; la inteligencia era un activo escaso. Las sociedades premiaron a quienes tenían la capacidad de pensar mejor, de calcular más rápido, de recordar más información o de tomar decisiones más complejas. Las universidades se convirtieron en templos de selección intelectual, poseer un cartón universitario se volvió más importante que obtener un título en una corte real. Las profesiones de alto prestigio surgieron en aquellos lugares donde el pensamiento humano era más difícil de reemplazar.
Sin embargo, y gracias a los avances en IA, hoy estamos entrando en una etapa histórica donde esa premisa comienza a tambalearse. Por primera vez desde que existimos como civilización, la inteligencia, al menos en su forma computacional, está empezando a convertirse en un recurso abundante. Los modelos de inteligencia artificial, los sistemas agénticos y la robótica humanoide están ampliando el alcance del pensamiento automatizado a un ritmo que hace apenas una década parecía improbable. Lo que antes requería de equipos completos de especialistas, ahora puede hacerse con sistemas digitales capaces de analizar datos, escribir código, producir textos, interpretar imágenes o coordinar procesos complejos en pocos minutos. Lo que antes nos tomaba semanas, hoy puede hacerse en pocos minutos.
Este fenómeno no debe interpretarse como una amenaza existencial ni como una distopía tecnológica, debemos entenderlo como una transición hacia un nuevo paradigma (recuerden el concepto de ciencia normal elaborado por Thomas Kuhn en la “Estructura de las Revoluciones Tecnológicas” de la que ya hemos hablado en anteriores FUTOPIX).
En este orden de ideas, cada gran salto tecnológico, la agricultura, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, Internet, reorganizó profundamente el papel del ser humano en la economía y en la cultura. La revolución de la inteligencia artificial no será diferente. Es decir, lo que cambiará no será solamente la tecnología, sino la estructura misma del valor económico alrededor de ella.
Recordemos que cuando la fuerza física era abundante, las máquinas industriales redefinieron el trabajo humano; cuando la información dejó de ser escasa, Internet transformó la economía del conocimiento. Ahora que la inteligencia computacional comienza a multiplicarse, estamos entrando en una nueva fase de reorganización del sistema productivo.
En ese contexto surge una pregunta inevitable, especialmente para quienes somos padres, educadores o constructores de futuro:
¿Qué deberán estudiar nuestros hijos para prosperar en un mundo donde la inteligencia computacional ya no es un recurso escaso?
Responder esa pregunta exige mirar más allá de los titulares tecnológicos. Requiere entender las señales débiles o tempranas que indican hacia dónde se está moviendo el sistema económico global. Lo que requiere adoptar una mirada de prospectiva, capaz de leer patrones emergentes antes de que se conviertan en tendencias dominantes.
Recientemente, Citrini Research publicó un artículo titulado “The 2028 Global Intelligence Crisis”, en el que presentan un mapeo de dichas señales, no en forma de predicción fatalista, ni como un ejercicio de ciencia ficción económica. Sino como un experimento intelectual que explora las consecuencias posibles de un mundo donde la IA funcionará tan bien que transformará los fundamentos del empleo, la productividad y la distribución económica.
Desde la perspectiva FUTOPIX, este tipo de documentos no los leemos como advertencia, sino como cartas de navegación, mapas incompletos de territorios que aún están en formación.
Algunas de las señales débiles/tempranas que aparecen en dicho análisis son automatización cognitiva, agentes autónomos, economías parcialmente robotizadas, nuevas infraestructuras financieras. No describen un colapso inevitable, describen una reorganización profunda del sistema y como toda reorganización, también abre nuevas fronteras de oportunidad.
Detectar y comprender estas señales es el primer paso para construir una estrategia educativa sólida para las próximas generaciones, ya que el objetivo no es proteger a nuestros hijos de la tecnología, sino prepararlos para utilizarla como extensión de su creatividad, su inteligencia y su capacidad para construir mejores porciones de futuro para las generaciones venideras.
Detectando las Señales Débiles…
Citrini Research describe una serie de mecanismos emergentes que, aunque todavía incipientes, podrían transformar profundamente la economía global en las próximas décadas. Estas evidencias sintomáticas no se presentan como rupturas abruptas, sino como aquello que los futuristas llamamos señales débiles o indicios tempranos que revelan cómo se están reconfigurando lentamente los fundamentos del sistema productivo. Es como aprender a leer esas iniciativas que se están gestando en un garaje y que tienen el potencial de cambiar el mundo.
La primera de estas señales aparece en forma de bucle de retroalimentación tecnológica impulsada por la adopción compactante de la IA. A medida que las empresas comiencen a integrar sistemas de IA para aumentar la eficiencia operativa, ciertos roles profesionales experimentarán una reducción gradual. Lo que inicialmente se ha introducido como una herramienta de apoyo terminará convirtiéndose en un mecanismo de optimización. Cuando los costos operativos disminuyen gracias a la automatización, las organizaciones liberan capital que posteriormente reinvertirán en nuevas optimizaciones tecnológicas. Entonces ese capital alimentará nuevas mejoras de productividad, lo que a su vez incentivará más automatización. El resultado es un ciclo virtuoso de aceleración tecnológica que se retroalimenta constantemente.
Este tipo de dinámicas no es nuevo. Fenómenos similares ocurrieron durante la mecanización industrial del siglo XIX y posteriormente con la automatización informática del siglo XX. Sin embargo, la diferencia fundamental de la revolución actual es que la IA actúa directamente sobre las tareas que exigen actividad cognitiva, las cuales considerábamos exclusivamente humanas. No se trata únicamente de reemplazar fuerza física o tareas repetitivas; ahora la tecnología interviene en los procesos de análisis, interpretación, planificación y toma de decisiones.
Los primeros indicios de este cambio ya pueden observarse en herramientas como GitHub Copilot, que amplifican significativamente la productividad de los programadores, o en sistemas avanzados de análisis automatizado de datos, los cuales le permiten a las empresas realizar estudios que antes requerían equipos completos de especialistas. No estoy diciendo que estos avances eliminan por completo el trabajo humano, pero sí redefinen profundamente su naturaleza. Los profesionales en estas áreas dejarán de ser los ejecutores directos de estas tareas para pasar a convertirse en diseñadores, supervisores o integradores de sistemas inteligentes.
Una segunda señal débil aparece con un fenómeno al que algunos analistas han comenzado a denominar el PIB Fantasma. Este concepto describe una economía donde una proporción creciente de la producción es generada por máquinas que no participan en el ciclo tradicional del consumo humano. Los robots no compran viviendas, no planifican vacaciones ni consumen bienes culturales. Cuando una parte significativa de la productividad proviene de sistemas automatizados, el crecimiento económico puede empezar a desarticularse parcialmente del empleo humano.
Hoy ya podemos observar indicios tempranos de este fenómeno en almacenes y restaurantes completamente robotizados, en cadenas logísticas altamente automatizadas y en fábricas donde la producción continúa durante la noche sin presencia humana directa. Estos sistemas generan enormes niveles de eficiencia y valor económico, pero también redistribuyen los beneficios hacia quienes poseen la infraestructura tecnológica, el capital computacional o las plataformas de automatización.
Otra señal significativa emerge con la aparición de la IA agéntica (IAA), es decir, sistemas capaces de planificar, ejecutar y corregir tareas complejas de manera autónoma. La diferencia de la IAA con los modelos tradicionales de software es que estos sistemas no se limitan a responder instrucciones específicas. Son capaces de analizar objetivos, diseñar estrategias y ejecutar múltiples pasos intermedios para alcanzarlos.
Las primeras versiones de estas tecnologías ya pueden verse en herramientas experimentales capaces de programar software completo, gestionar procesos empresariales o coordinar operaciones logísticas complejas. Este tipo de sistemas sugiere que muchas capas de intermediación económica podrían desaparecer gradualmente. Cuando un agente inteligente puede analizar opciones, comparar precios, negociar condiciones y ejecutar decisiones en cuestión de segundos, las fricciones tradicionales del mercado comienzan a reducirse drásticamente hasta inclusive llegar a cero (denle una mirada a openclaw).
Este fenómeno parece ir en camino de converger con otra transformación silenciosa que avanza en paralelo. Me refiero a la evolución de la infraestructura financiera global. En el ecosistema digital ya existen redes de pago basadas en blockchain capaces de realizar transacciones casi instantáneas con costos extremadamente bajos. Plataformas construidas sobre redes como Solana están demostrando que el movimiento de valor puede ocurrir sin las capas tradicionales de intermediación financiera.
Si los agentes (IAA) comienzan a interactuar económicamente entre sí, negociando compras, contratando servicios o gestionando recursos digitales, podríamos entrar en una etapa donde las transacciones económicas se vuelvan parcialmente autónomas. En ese escenario, algunos componentes del sistema financiero tradicional tendrán que adaptarse a un entorno mucho más automatizado y programable. Algo que le cuesta y le duele a la banca tradicional.
Cuando observamos estas señales en conjunto, la automatización cognitiva, el PIN Fantasma, la IA agéntica y las nuevas infraestructuras financieras descentralizadas, surge un patrón claro. No estamos frente a una simple evolución tecnológica, sino ante una reorganización profunda del sistema económico global.
Ahora bien, estas señales no deben interpretarse como anuncios de crisis inevitables. La historia económica nos demuestra que cada gran transformación tecnológica genera tanto disrupción como nuevas oportunidades. Lo que estas señales nos están mostrando realmente es que los fundamentos de la productividad, del trabajo humano y de la creación de valor están entrando en una fase de transición liminal.
Comprender estas transiciones antes de que se vuelvan tendencia es precisamente el objetivo de la prospectiva estratégica futurista. Porque en los momentos donde el sistema comienza a reorganizarse, aquellos que logran leer las señales tempranas no solo se adaptan al futuro, sino que se atreven a construirlo.
Las Profesiones en Transformación
Cuando se observan estas señales en conjunto, aparece con claridad un cambio estructural en el campo laboral. Debo anotar que no todas las profesiones enfrentarán el mismo grado de transformación. Aquellas ocupaciones cuya esencia consiste principalmente en procesar información de manera rutinaria se encuentran entre las más expuestas a la reconfiguración tecnológica que introduce la IA.
Durante décadas, gran parte de la economía del conocimiento se organizó alrededor de tareas como revisar documentos, comparar información, procesar datos o verificar procedimientos. Profesiones como la contabilidad operativa, el análisis financiero rutinario, la revisión legal de contratos o ciertos tipos de intermediación comercial nacieron precisamente en un contexto donde la capacidad de analizar información era limitada, costosa y lenta. Ese contexto está cambiando para siempre.
Hoy los agentes inteligentes pueden analizar contratos, detectar inconsistencias regulatorias, comparar condiciones financieras o procesar grandes volúmenes de datos en segundos. Esta capacidad no implica la desaparición automática de esas profesiones, pero sí una transformación de su núcleo operativo. El valor de los profesionales ya no residirá tanto en ejecutar el análisis básico de la información, sino en interpretar sus implicaciones, diseñar estrategias y tomar decisiones complejas dentro de contextos inciertos. Los roles de estos profesionales tendrán que pasar de ser agentes pasivos para convertirse en actores activos, iremos del contador que solo presenta balances al que sugiere estrategias.
Un fenómeno similar comienza a manifestarse en el campo del desarrollo de software. Durante mucho tiempo, escribir código fue una habilidad de unos pocos, considerada como altamente especializada y que requería años de formación técnica. Sin embargo, la aparición de herramientas de programación asistida por IA está comenzando a automatizar parte de las tareas más repetitivas del proceso de desarrollo. Generar funciones simples, corregir errores sintácticos o completar fragmentos de código son actividades que los sistemas actuales ya pueden realizar con mucha eficiencia. En cuanto a maquetado de arquitecturas y wireframes, la IA lo hace más rápido que los humanos y sin errores. Lo que le tomaba a un desarrollador semanas, la IA lo hace en minutos con la ventaja de que usuario puede iterar con el sistema en tiempo real hasta alcanzar el resultado deseado.
Esto no significa que los desarrolladores van a desaparecer. Lo que tal vez ocurrirá es una migración de los roles netamente técnicos hacia niveles de mayor abstracción. El ingeniero del futuro tendrá menos relación con la escritura manual de cada línea de código y más con el diseño de sistemas ontológicos y de arquitecturas tecnológicas, la integración hacia sistemas complejos y la supervisión de entornos completamente automatizados. En otras palabras, la ingeniería evolucionará de la ejecución técnica hacia la orquestación de sistemas ontologicos.
En paralelo, el desarrollo de robots humanoides introducirá un nuevo componente en dicha transformación. A diferencia de los robots industriales tradicionales diseñados para tareas extremadamente específicas. Los humanoides buscarán replicar capacidades físicas humanas como caminar, manipular objetos o interactuar con entornos variables. Para aquellos que piensan que el humanoide estará sentado a su lado digitando información, la respuesta es ¿para qué hacerlo? Digitar info es un proceso altamente ineficiente, solo piensen cómo R2D2 (Star Wars) interviene los sistemas de las naves espaciales conectándose directamente a la red para transmitir paquetes de información. Los humanoides simplemente enviarán data vía proxies e inclusive a través de señales de Bluetooth.
Aunque estos dispositivos todavía se encuentran en fases tempranas de desarrollo, su potencial apunta a participar en actividades como logística avanzada, mantenimiento técnico o ciertas operaciones de manufactura flexible (FUTOPIX tiene muchos artículos que hablan de ello).
El desafío no consiste en defender ocupaciones específicas frente a la tecnología. La verdadera cuestión es comprender qué tipo de habilidades humanas se vuelven más relevantes cuando la tecnología avanza. En esta etapa de transición, esas habilidades tienden a concentrarse en ámbitos donde predominan la interpretación, la creatividad, el juicio estratégico y la capacidad de comprender sistemas complejos.
En última instancia, el mapa profesional del futuro no se definirá únicamente por la aparición de nuevas herramientas tecnológicas. Se definirá por la manera en que los seres humanos aprendan a integrarlas dentro de estructuras económicas, culturales y sociales más amplias. Allí es donde la inteligencia humana continúa siendo decisiva.
Qué Deberían Estudiar Nuestros Hijos
Si aceptamos que el futuro cercano será un ecosistema híbrido en el que convivirán la inteligencia humana y la inteligencia artificial, entonces resulta evidente que la educación deberá transformarse con la misma profundidad que la economía y la tecnología. Durante décadas, los sistemas educativos han sido diseñados para preparar individuos capaces de realizar tareas específicas dentro de estructuras laborales relativamente estables. Sin embargo, en un mundo donde las máquinas comienzan a asumir cada vez más funciones operativas, la educación debe orientarse hacia capacidades que permitan a los seres humanos comprender, dirigir y ampliar los sistemas tecnológicos que están emergiendo.
Uno de los pilares de esta transformación será una alfabetización sólida en IA. No se trata de que todos los estudiantes deban convertirse en ingenieros especializados en machine learning o científicos de datos. El desafío más amplio es comprender cómo funcionan los sistemas inteligentes, qué tipo de decisiones pueden tomar y cuáles son sus limitaciones. Así como la alfabetización digital se volvió indispensable en la era de Internet, en las próximas décadas comprender la lógica de los algoritmos y los modelos de aprendizaje automático será parte del conocimiento básico de cualquier ciudadano formado.
Esta comprensión permitirá algo más importante que la simple habilidad técnica. Permitirá interactuar críticamente con las máquinas, diseñar herramientas más útiles y evitar que los sistemas automatizados se conviertan en cajas negras incomprensibles para la mayoría de la sociedad.
Un segundo pilar educativo inevitable será la filosofía y la ética aplicada. A medida que los sistemas automatizados participen en decisiones relacionadas con la economía, la medicina, la justicia o la administración pública, las preguntas morales dejarán de ser discusiones académicas para convertirse en problemas prácticos de diseño social. ¿Cómo deben comportarse los sistemas inteligentes en situaciones de conflicto? ¿Cómo se distribuyen los beneficios de la automatización? ¿Cómo se protege la autonomía humana en un entorno cada vez más mediado por algoritmos?
Frente a estas preguntas, la filosofía deja de ser un ejercicio abstracto y se transforma en una disciplina estratégica para la gobernanza de sociedades tecnológicas. Comprender la ética, la teoría política y la filosofía del conocimiento permitirá formar individuos capaces de diseñar instituciones que integren tecnología y responsabilidad social.
Un tercer componente fundamental será el desarrollo deliberado de la creatividad y la inteligencia emocional. Las máquinas están demostrando una enorme capacidad para procesar información, pero continúan teniendo dificultades para comprender plenamente los contextos humanos, las narrativas culturales y la complejidad emocional que caracteriza a las sociedades. Por esta razón, las capacidades creativas y emocionales no deben considerarse complementos educativos, sino activos estratégicos en la economía del futuro.
Las artes, la música, el teatro, la literatura y la narrativa visual funcionan como auténticos laboratorios de imaginación humana. Allí se entrenan habilidades como la interpretación simbólica, la construcción de significado y la capacidad de conectar ideas aparentemente inconexas. En una economía donde la información es abundante, la capacidad de imaginar nuevas combinaciones de conocimiento adquiere un valor extraordinario.
Junto a estas dimensiones humanísticas, también será crucial fortalecer la formación técnica aplicada. La próxima generación convivirá con sistemas robóticos, infraestructuras automatizadas y entornos tecnológicos complejos. Por ello, programas educativos que integren mecánica, electrónica, matemáticas, física, bioelectrónica, bioingeniería, biomecánica e IA permitirán formar profesionales capaces de trabajar directamente con las tecnologías físicas que darán forma a la economía del futuro.
Este tipo de formación no se limitará a laboratorios académicos tradicionales. Talleres tecnológicos, entornos de fabricación digital y programas de aprendizaje práctico se convertirán en espacios esenciales para desarrollar habilidades que combinan pensamiento técnico con resolución de problemas en el mundo real.
Finalmente, la educación del futuro tenderá inevitablemente hacia la interdisciplinariedad, y las habilidades para desarrollar pensamiento transversal (Conocimientos T). Las grandes innovaciones raramente nacen dentro de un único campo del conocimiento. Surgen cuando disciplinas distintas se encuentran y se mezclan. La biología se encuentra con la robótica para crear nuevas formas de bioingeniería. El arte se cruza con la tecnología para producir experiencias inmersivas. La psicología se integra con el diseño para construir interfaces humanas más intuitivas.
En este nuevo paradigma educativo, los estudiantes no se formarán únicamente como especialistas aislados, sino como integradores capaces de conectar conocimientos diversos para resolver problemas complejos.
Preparar a nuestros hijos para este futuro no significa anticipar una lista rígida de profesiones. Significa dotarlos de una arquitectura intelectual flexible, capaz de evolucionar a medida que el mundo cambia. Porque en una era donde la inteligencia se vuelve abundante, la verdadera ventaja humana residirá en la capacidad de aprender, reinterpretar y crear continuamente nuevas formas de conocimiento.
Una Visión Equilibrada del Futuro
Cuando se analizan transformaciones tecnológicas de gran escala, es común encontrar narrativas dominadas por el riesgo. Cada gran innovación ha despertado temores similares, pérdida de empleo, colapso económico o deshumanización de la sociedad. Sin embargo, la cultura es el gran filtro que siempre nos señala el camino hacia la reinvención social.
Cada revolución industrial comenzó con incertidumbre. La mecanización transformó el trabajo agrícola, la electrificación reorganizó las ciudades y la digitalización alteró radicalmente la economía de la información. Pero en todos los casos, los periodos de transición terminaron generando nuevas formas de prosperidad, nuevas profesiones y nuevas capacidades sociales.
La llegada de la IA debe entenderse dentro de ese mismo marco histórico. No estamos frente a una anomalía tecnológica, sino ante una nueva etapa en la evolución de las herramientas que amplifican la capacidad humana. Si se gestiona con inteligencia institucional, esta tecnología podría permitir niveles de productividad que hasta hace poco pertenecían al terreno de la especulación económica.
La automatización inteligente tiene el potencial de reducir de manera significativa el tiempo que las personas dedican a tareas repetitivas o altamente estructuradas. En ese escenario, una parte considerable de la energía humana podría desplazarse hacia actividades donde predominan la creatividad, la investigación científica, la exploración cultural y la innovación social. Lo que hoy percibimos como disrupción podría convertirse, con el tiempo, en una expansión del espacio de acción humana.
Sin embargo, para que esa transición ocurra de manera equilibrada, el desafío central no será tecnológico, sino organizacional. Las sociedades deberán desarrollar nuevas formas de distribuir los beneficios de la automatización y, al mismo tiempo, asegurar que los sistemas educativos evolucionen al ritmo de los cambios tecnológicos. En otras palabras, el progreso técnico por sí solo no garantiza prosperidad colectiva. La manera en que organizamos nuestras instituciones determinará el resultado final de esta transformación.
El Desafío no es la IA, es Nuestra Imaginación
Cada revolución tecnológica produce dos grandes narrativas culturales. Por un lado, aparece una narrativa de temor que imagina un futuro donde las máquinas terminan desplazando al ser humano. Por otro lado, surge una narrativa de construcción que interpreta la tecnología como una extensión de nuestras capacidades cognitivas, creativas y productivas.
La experiencia histórica sugiere que la segunda narrativa suele imponerse con el tiempo. La imprenta no eliminó el pensamiento humano; multiplicó la circulación de las ideas. La electricidad no reemplazó el trabajo humano; expandió radicalmente la productividad industrial y urbana. Internet no redujo la creatividad cultural; abrió un espacio completamente nuevo para la expresión, la colaboración y el conocimiento global. La IA probablemente seguirá una trayectoria similar.
Es cierto que algunas profesiones se transformarán, es cierto que ciertos modelos económicos deberán adaptarse y es cierto que el valor del trabajo humano evolucionará hacia nuevas formas. Pero estas transformaciones no representan el final de la relevancia humana. Más bien representan una oportunidad histórica para redefinir qué tipo de inteligencia queremos cultivar como civilización.
Durante demasiado tiempo, los sistemas educativos se concentraron en entrenar individuos capaces de repetir procesos, memorizar información o ejecutar tareas altamente estructuradas. Ese modelo respondía a las necesidades de una economía industrial donde la eficiencia operativa era el principal valor organizador.
¡El mundo que comienza a emerger es diferente!
En la era de la inteligencia abundante, la ventaja humana no residirá en procesar información más rápido que una máquina. Esa competencia ya no tiene sentido. El verdadero diferencial humano estará en la capacidad de imaginar nuevas posibilidades, integrar conocimientos diversos, interpretar contextos complejos y construir significado dentro de sistemas sociales dinámicos.
Será la habilidad de conectar disciplinas aparentemente distantes, será la capacidad de comprender sistemas complejos, será el talento para crear narrativas culturales que orienten el desarrollo tecnológico y será, sobre todo, la capacidad de diseñar instituciones que aprovechen la tecnología sin perder la dimensión profundamente humana de la sociedad.
Nuestros hijos no crecerán en un mundo donde deberán competir contra la IA. Crecerán en un mundo donde convivirán con ella, ese simple hecho cambia completamente las reglas del juego.
Los líderes de la próxima generación no serán necesariamente quienes acumulen más información. Serán quienes aprendan a formular las preguntas correctas en un entorno donde las respuestas técnicas pueden generarse en segundos. No serán quienes memoricen fórmulas, sino quienes comprendan cómo combinar tecnología, creatividad y ética para diseñar sistemas que funcionen a escala humana.
Porque la verdadera revolución no ocurre dentro de los algoritmos. La verdadera revolución ocurre en la forma en que decidimos educar, organizar y proyectar nuestra sociedad hacia el futuro.
Por eso, la pregunta más importante ya no es si la IA transformará el mundo. Esa transformación ya está en marcha, es inminente.
La pregunta verdaderamente decisiva es otra:
¿Seremos capaces de preparar a la próxima generación para liderar esta transformación con inteligencia, imaginación y propósito?
Les dejo la pregunta abierta…
“La innovación rara vez consiste en inventar algo completamente nuevo; casi siempre surge de aprender a combinar lo que ya existe. Las máquinas podrán multiplicar la inteligencia, pero sólo los humanos pueden darle dirección. Por eso, el futuro no pertenecerá a quienes compitan con la inteligencia artificial, sino a quienes sepan imaginar nuevas combinaciones para construir lo que aún no existe.”
DISCALIMER
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¡Excelente post!
De acuerdo con que los principales empleados u oficios que quedarán obsoletos son los pasivos, mecánicos, o puramente contables.
Pero preocupa que esto no sea lo único. El texto dice que “El valor de los profesionales ya no residirá tanto en ejecutar el análisis básico de la información, sino en interpretar sus implicaciones, diseñar estrategias y tomar decisiones complejas dentro de contextos inciertos. Los roles de estos profesionales tendrán que pasar de ser agentes pasivos para convertirse en actores activos, iremos del contador que solo presenta balances al que sugiere estrategias.”
Ahora mi pregunta es, ¿esas actividades activas, que el texto dice, serán el principal valor de los profesionales, no es algo que la IA puede ejecutar, incluso ahora?
La IA ya sugiere ideas, diseña estrategias, toma decisiones complejas.
Es este el principal dilema. Las actividades que ahora se dice que serán las que serán ejecutadas por humanos en un futuro, ya están siendo desarrolladas por agentes IA.
Cuesta mucho encontrar un ejercicio/actividades, intelectual, físico o de cualquier tipo, que no pueda ser ejecutado por un agente.
Definitivamente el texto acierta, y creo que ahí reside lo que será el futuro, en que el rol del ser humano será cuestionarse, balancear filosofía y éticamente las decisiones, o determinar el rumbo de las cosas. Se reducirá todo a la casuística. Pero esto, en un contexto en el que el humano piensa, reflexiona, y el robot lo ejecuta (además de también pensarlo y reflexionarlo, pero que, esperemos así sea, está subordinado al criterio y decisión del humano).