FUTOPIX | El Silencio es la Señal...
Toma 20 | Energía, civilización y por qué el universo aún no nos ha respondido
¡Mirar al Cielo Nunca ha Sido un Acto Inocente!
Continuando con la misma línea de FUTOPIX | Toma 18 | Orden en los Cielos. En esta nueva toma quise ponerlos a pensar acerca de cuál es nuestro futuro como civilización, partiendo de la pregunta: ¿para dónde vamos en la carrera por la conquista de los cielos?
Igual que en la introducción anterior, vale la pena volver a recordar que cada civilización humana ha proyectado en el cielo sus miedos, sus deseos y, sobre todo, sus límites cognitivos. El cielo ha sido el hogar de los dioses por antonomasia; es en este lugar a donde apelábamos cuando necesitábamos explicar el rayo, el trueno y las tormentas. Sin embargo, el vacío apareció cuando aprendimos a calcular órbitas, a ensablar cohetes y a emprender misiones espaciales. Hoy, frente a un universo que sabemos antiguo, vasto y estadísticamente fértil, lo que proyectamos no es fe ni ignorancia. Lo que ahora muchos hacemos es proyectar hacia el cielo nuestras expectativas.
La pregunta que organiza esta exploración ya no es romántica ni espiritual. ¿Será que estamos solos? Esta pregunta es demasiado humana, demasiado emocional, demasiado mal formulada. Tal vez, la pregunta correcta, es otra, esto lo digo ante la operativa que subyace en un universo de miles de millones de años y escalas de distancia que exceden cualquier intuición.
¿Qué significamos realmente cómo civilización?
Porque si el universo está lleno de vida y, aun así, permanece silencioso, el problema no está en el cielo, sino en nuestros criterios de búsqueda. Tal vez estamos buscando las señales equivocadas, tal vez confundimos inteligencia con espectáculo, progreso con expansión y presencia con ruido. Tal vez aún no hemos desarrollado el lenguaje conceptual necesario para reconocer aquello que no se parece a nosotros.
Tengo que confesar que escribir este texto me produjo una especie de angustia existencial, pues las motivaciones para hacerlo no partieron de la esperanza de encontrar a alguien, sino que, por el contrario, parten de una tarea más incómoda, revisar las reglas con las que creemos que el universo debería responder a nuestros llamados.
Antes de imaginar encuentros, invasiones o revelaciones, debemos aceptar una premisa fundamental. En un cosmos tan grande y tan antiguo, la diferencia no es la excepción, es la norma. Algo que me ha enseñado muy formación como antropólogo, es que las civilizaciones no emergen juntas, no evolucionan igual, no avanzan al mismo ritmo ni persiguen los mismos fines. Pretender lo contrario deja de ser ciencia para traducirse en provincialismo cósmico.
Por eso, antes de buscar afuera, en el viaje que haremos hoy les propongo algo distinto, construir un marco teórico que nos permita elaborar una ruta de viaje. Uno que no dependa de valores humanos, de narrativas culturales ni de fantasías tecnológicas. Un marco anclado en lo único verdaderamente universal, las leyes físicas, la energía y la escala.
Solo entonces, y no antes, estaremos en condiciones de mirar al cielo sin confundir silencio con ausencia, ni vastedad con vacío.
Lo que Estas Buscando, te Está Buscando…
El universo observable es un lugar enorme, el cual se cree que existe desde hace más de 13 mil millones de años. Se cree que nuestra galaxia natal está rodeada de por lo menos dos billones de galaxias, formadas por algo así como 20.000 billones de billones de estrellas. Solo en la Vía Láctea, los científicos estiman que existen unos 40.000 millones de planetas similares a la Tierra en la zona habitable de sus estrellas.
Cuando observamos estas cifras, resulta muy difícil imaginar que no hay nadie más ahí fuera. Encontrar a otros cambiaría para siempre la percepción que tenemos de nosotros mismos. El simple hecho de saber que el inmenso espacio no es un territorio baldio desplazaría nuestra perspectiva hacia afuera y podría ayudarnos a superar nuestras disputas irrelevantes.
No obstante, antes de buscar a nuestros nuevos mejores amigos o a nuestros peores enemigos, tenemos un problema que resolver: ¿qué es exactamente lo que estamos buscando?
En un universo tan grande y tan antiguo, debemos asumir que las civilizaciones surgen separadas entre sí por millones de años y se desarrollan en direcciones distintas y a velocidades diferentes. Por lo tanto, no solo estamos mirando a través de distancias que van desde decenas hasta cientos de miles de años luz, sino que también estamos buscando civilizaciones que abarcan desde sociedades cavernícolas hasta sociedades superavanzadas.
Para hacer esto, necesitamos un marco conceptual, uno que nos permita pensar mejor para poder buscar mejor y de ahí se desprenden más preguntas: ¿Existen reglas universales que sigan las especies inteligentes?
Actualmente, el tamaño de nuestra muestra de civilizaciones es solo uno, por lo que podemos cometer suposiciones incorrectas basadas únicamente en nosotros mismos. Es algo así como tratar de predecir el crecimiento de una especie mirándonos el ombligo. Aun así, es el único punto de partida que tenemos, algo es mejor que nada.
Lo que el registro arqueológico nos ha contado hasta ahora es que los humanos comenzamos sin nada más que nuestras mentes y la capacidad mecánica de construir herramientas. Sabemos que los humanos somos curiosos por naturaleza, además de que nos ronda un espíritu competitivo ávido de recursos y expansionista. Cuantas más de estas cualidades tenían nuestros antepasados, más exitosos fueron en el juego de construir civilización. Ser uno con la naturaleza es agradable, pero no es el camino hacia los sistemas de irrigación, la pólvora o las ciudades.
Por lo tanto, es razonable suponer que los extraterrestres capaces de dominar su planeta natal podrían compartir patrones similares. Ahora bien, si los alienígenas deben seguir las mismas leyes de la física, entonces debería existir una métrica medible para el progreso, en este caso, tomemos para ello el uso de la energía.
𝐸=𝑚𝑐2
El progreso humano puede medirse con gran precisión por la cantidad de energía que hemos extraído de nuestro entorno y por cómo la hemos hecho utilizable. Comenzamos con los músculos, hasta que aprendimos a controlar el fuego, luego construimos máquinas que utilizaban la energía cinética del agua y del viento y a medida que nuestras máquinas mejoraron y nuestro conocimiento de los materiales se expandió, comenzamos a aprovechar la energía concentrada de plantas muertas extraídas del suelo.
A medida que nuestro consumo de energía creció de forma exponencial, también lo hicieron las capacidades de nuestra civilización. Entre 1800 y 2015, el tamaño de la población aumentó siete veces, mientras que la humanidad consumió 25 veces más energía y lo más probable que este proceso continúe durante mucho tiempo en el futuro, si no me creen, miremos cómo el actual inhibidor de crecimiento para la IA es el acceso a fuentes de energía, como dice el CEO de Nvidia: “Hoy producimos más chips de los que podemos encender”.
A partir de estas observaciones, el científico Nikolái Kardashev desarrolló un método para categorizar civilizaciones, desde habitantes de cuevas hasta dioses que gobiernan galaxias, y que se conoce como la Escala de Kardashev, la cual clasifica a las civilizaciones según su uso de energía.
Dicha escala ha sido refinada y ampliada a lo largo de décadas, pero en términos generales divide a las civilizaciones en cuatro categorías:
Civilizaciones Tipo I / Planetarias: Pueden utilizar toda la energía disponible de su planeta natal.
Civilizaciones de Tipo II / Estelares: Pueden utilizar la energía disponible de su estrella y su sistema planetario.
Civilizaciones de Tipo III / Galácticas: Pueden utilizar la energía disponible de toda su galaxia.
Civilizaciones de Tipo IV / Multiversales: Pueden utilizar la energía disponible de múltiples galaxias.
Estos niveles difieren en órdenes de magnitud. Es como comparar una colonia de hormigas con un área metropolitana humana. Para las hormigas, somos tan complejos y poderosos que bien podríamos ser dioses.
Para que la escala sea más útil, necesitamos subcategorías. En el extremo inferior del espectro se encuentran las civilizaciones de Tipo 0 a Tipo I, que abarcan desde cazadores-recolectores hasta sociedades que podríamos alcanzar en los próximos cientos de años. Estas podrían ser, de hecho, abundantes en la Vía Láctea.
Sin embargo, una civilización que no esté transmitiendo activamente señales de radio podría estar tan cerca como nuestro vecino estelar más próximo, el sistema Alfa Centauri, y no tendríamos forma alguna de saber que existe. Inclusive si dicha civilización estuviera transmitiendo señales de radio como nosotros, quizá no ayudaría mucho. A escala interestelar, la Tierra y sus sociedades son prácticamente invisibles. Nuestras señales se extienden unos 200 años luz, lo que representa solo una fracción diminuta de la Vía Láctea. Más allá de unos pocos años luz, estas señales se degradan en ruido y se vuelven indistinguibles de la radiación de fondo natural.
Hoy en día, la sociedad humana se sitúa aproximadamente en el Tipo 0,75 (aunque yo personalmente creo que esta calificación es bastante alta). Hemos alterado nuestro planeta de forma drástica, hemos construido estructuras masivas, excavado montañas, eliminado selvas tropicales, drenado pantanos, redirigido ríos, creado lagos y modificado tanto la composición como la temperatura de la atmósfera. Si el progreso continúa y no terminamos volviendo la Tierra inhabitable, podríamos convertirnos en una civilización de Tipo I completa en unos cientos de años.
Cualquier civilización que alcance el Tipo I probablemente mirará hacia afuera, siempre que conserve su curiosidad, competitividad, avidez de recursos y carácter expansionista. El siguiente paso lógico hacia el Tipo II sería alterar y explotar otros planetas y cuerpos celestes. Esto podría comenzar con puestos avanzados espaciales, evolucionar hacia infraestructuras e industrias orbitales, avanzar hacia colonias y, finalmente, incluir la terraformación, cambiar atmósferas, rotaciones o incluso posiciones orbitales de los planetas.
A medida que una civilización se expande y consume más espacio y recursos, sus demandas energéticas escalan en consecuencia. En algún punto, puede emprender el proyecto más grande disponible para una civilización de Tipo II incipiente, aprovechar la energía de su estrella mediante la construcción de un enjambre de Dyson. Una vez completado, la energía se volvería prácticamente ilimitada, permitiendo a la civilización remodelar su sistema natal como considere conveniente.
Si dicha civilización conserva sus rasgos expansionistas y obtiene control total sobre su sistema estelar, la siguiente frontera se convierte en otras estrellas, a años luz de distancia. Para una civilización de Tipo II, la distancia entre estrellas podría sentirse comparable a cómo nos resultan hoy las distancias entre la Tierra y Plutón, técnicamente alcanzables, pero que requieren enormes inversiones de tiempo, ingenio y recursos. Esto marca la transición hacia el Tipo III.
Este paso está tan lejos de nuestras capacidades actuales que resulta difícil imaginar los desafíos implicados. ¿Resolverán el problema de los viajes de varios siglos? ¿Mantendrán la comunicación, una cultura compartida y la cohesión biológica a través de distancias de años luz? ¿O se fragmentarán en múltiples civilizaciones, o incluso en múltiples especies?
A medida que una civilización se aproxima al Tipo III, se vuelve cada vez más difícil para nosotros conceptualizar cómo podría ser. Tales seres podrían descubrir nuevas físicas, controlar la materia oscura o la energía oscura, o viajar más rápido que la luz. Sus motivaciones, tecnologías y acciones podrían ser completamente incomprensibles para nosotros.
En esta analogía, los humanos somos las hormigas que intentan comprender una metrópolis galáctica. Una civilización de Tipo II avanzado podría ya considerarnos demasiado primitivos como para interactuar con nosotros. Las civilizaciones de Tipo III podrían vernos de la misma manera en que nosotros vemos a las bacterias en un hormiguero: quizá ni siquiera conscientes, y mucho menos relevantes. Solo podríamos esperar que fueran dioses benevolentes.
Pero la escala puede no terminar ahí. Algunos científicos proponen civilizaciones de Tipo IV y hasta Tipo V, cuya influencia se extiende a cúmulos o supercúmulos de galaxias, estructuras que contienen miles de galaxias y billones de estrellas. En última instancia, incluso podría existir una civilización de Tipo Omega, capaz de manipular el universo entero, o incluso de crear nuevos universos. Tales entidades podrían ser las creadoras de nuestro universo, por razones que escapan a nuestra comprensión, quizá incluso por aburrimiento.
Por defectuosa que sea esta clasificación, ofrece ideas útiles. Si nuestras suposiciones sobre civilizaciones interestelares son aproximadamente correctas, entonces podemos estar razonablemente seguros de que no existen civilizaciones de Tipo III o superiores cerca de la Vía Láctea. Su influencia sería tan vasta y su tecnología tan avanzada que sería imposible no detectarlas. Las galaxias brillarían de actividad; megaestructuras, cosechas de energía estelares o movimientos interestelares fácilmente detectables.
Sin embargo, a pesar de todo lo que hemos observado, no hemos encontrado evidencia alguna de ellas, ni estrellas cosechadas, ni megaestructuras en decadencia, ni cicatrices de antiguas guerras interestelares (aunque algunas señales en la morfología de Marte y ciertas especulaciones de lo sucedido en el cinturón de asteroides parecen sugerir que algo pasó). Hasta ahora todo sugiere que tales civilizaciones son extremadamente raras o que nunca existieron cerca de nosotros.
En cierto sentido, este razonamiento es un poco triste y desestimulador. En otro, es tranquilizador, ya que deja la galaxia abierta para nosotros y para otros como nosotros, que posiblemente ocupen nuestro mismo patio.
En este orden de ideas, las civilizaciones más prometedoras para buscar podrían situarse entre las Tipo 1,5 y 2,5. Las cuales no serían “demasiado avanzadas” como para que no pudiéramos comprenderlas. Estas podrían estar construyendo sus primeras megaestructuras, moviendo materiales entre estrellas o transmitiendo enormes cantidades de información al espacio, de forma intencional o accidental.
Es probable que también estén mirando hacia afuera. Tal vez lo tengamos todo equivocado, tal vez el progreso hacia el Tipo II no requiera expansión hacia el exterior, y la humanidad sea simplemente demasiado inmadura para imaginar caminos alternativos.
Por ahora, todo lo que nuestros catalejos nos han mostrado es espacio vacío en el que aún no hemos visto a nadie, y que probablemente apenas hemos comenzado a mirar, hasta el día en que finalmente nos encontremos con extraterrestres superavanzados y amistosos y les pidamos que nos expliquen las reglas del universo. Por lo pronto, el único camino que tenemos es seguir aprendiendo por nuestra cuenta.
Seguimos en Modo Escucha…
Durante décadas, hemos estado en modo escucha. No por pasividad, sino por humildad. Proyectos como SETI no nacieron del deseo de conquistar el cielo, sino de una intuición más profunda, antes de hablar en el universo, una civilización debe aprender a escuchar sin imponer.
Escuchar es un acto civilizatorio, implica aceptar que el otro puede existir sin parecerse a nosotros. Que la inteligencia puede manifestarse de formas silenciosas, distribuidas, elegantes, quizá tan avanzadas que no necesiten anunciarse. SETI no es solo una antena apuntando a las estrellas; es un ensayo temprano de madurez cósmica. Una civilización joven, consciente de su ignorancia, afinando el oído antes de levantar la voz.
Hoy seguimos escuchando y eso es significativo. Porque escuchar significa que no hemos decidido aún cuál será nuestro tono. No hemos definido qué tipo de señal queremos ser. No hemos fijado, de manera irreversible, la forma en que la humanidad se inscribirá en el tejido del cosmos. Estamos todavía en la fase más delicada de todas, la del aprendizaje sin testigos.
Tal vez las civilizaciones que lograron perdurar pasaron por este mismo umbral. Un período largo, casi invisible, en el que comprendieron que emitir ruido demasiado pronto es una forma de inmadurez. Que en un universo antiguo, la paciencia no es debilidad, es estrategia evolutiva.
Mientras escuchamos, estamos ensayando. Ensayando cooperación planetaria, ensayando el gobierno de la energía, ensayando la capacidad de sostener complejidad sin colapsar, ensayando, incluso sin saberlo, la posibilidad de convertirnos en una civilización cuya señal, si algún día se emite, no sea un grito, sino una firma reconocible de coherencia.
Quizá el universo no responde porque la conversación aún no ha comenzado. O quizá comenzó hace mucho tiempo, en un lenguaje que todavía no sabemos decodificar. En ambos casos, la escucha sigue siendo la postura correcta.
El futuro no exige que transmitamos ahora, exige que aprendamos a ser audibles por las razones correctas.
Las antenas siguen abiertas, los cielos siguen atentos, la humanidad, por primera vez, no está sola en su silencio, sino acompañada por su propia expectativa.
Seguimos escuchando, en ese gesto lento, técnico, casi poético hay una promesa:
Cuando llegue el momento de hablar, sabremos qué decir.
¡Gracias por leer y compartir!
GabrielBedoya.com
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