FUTOPIX | El Retorno al Pensamiento Fundamental
TOMA 11 | Navegando por los Caminos del Pensamiento en Primeros Principios
Siempre he sentido una profunda fascinación por los comienzos, por lo nuevo y lo futurista. Esto puede deberse a que prácticamente toda mi vida he sido pionero en muchas de las actividades en las que me he desempeñado. Durante mi carrera profesional me atreví a hacer las cosas que nadie quiso hacer; mientras más atrevido el proyecto, más llamó mi atención. Sentirme retado de forma permanente es parte de lo que soy hoy. Esa rebeldía por lo rutinario, esa falta de interés por lo cotidiano, la he llevado conmigo desde que tengo uso de razón. Tal vez esta condición podría explicar mi rebeldía. Un amigo al que aprecio bastante constantemente me decía que mi problema era que no me gustaba tener jefes, que no me gustaba que me dieran órdenes o me encasillaran en un rol. Hoy, ante la serenidad que conceden los años, creo que Andrés tenía razón. La mayoría de mis problemas personales fueron desatados por mi constante desafío a todas las formas sabidas de autoridad que tratasen de imponerme, y abiertamente digo que cuando hablo de todas las formas, me refiero a todas, en el sentido amplio de la palabra.
Este espíritu de pionero me ha llevado a tener especial afecto por los comienzos: el comienzo de una historia, el estudio de una civilización o el cuestionamiento acerca de cómo se inician las relaciones de negocios y, por supuesto, la curiosidad inobjetable para entender cómo advienen las tecnologías modernas, que llegan sin pedir permiso para reorganizar lo que creíamos estable. Los comienzos tienen un poder extraño; son algo así como muestras fractales que esconden la arquitectura de todo lo que vendrá después. Si consigue entender los comienzos, entonces entenderá las trayectorias. Por eso los futuristas decimos que si logramos entender la raíz, podremos anticipar las ramas. Si entiendes las señales, estarás en capacidad de diseñar el destino.
Cuando las cosas se tornan confusas en los espacios donde normalmente frecuento orbitar —llámese salas de reuniones, oficinas de negocios, aulas universitarias (espacio donde me siento muy a gusto) o un chat en WhatsApp con amigos gurús de inversiones— termino en la misma diatriba: “Necesito aprender las bases conceptuales de aquellos proyectos en los que se mueven mis intereses”. Muchas personas con las que comparto estos espacios me han escuchado decir desde hace muchos años: “Tenemos que volver a las bases para pensar a partir de primeros principios”, coloquialmente suelo decir “Let’s go back to the basics”.
Pero invitarnos a pensar a partir de primeros principios no significa que nos convirtamos en filósofos ratones de biblioteca, ni mucho menos en ingenieros hablando en código fuente, o en emprendedores inflados por nuestros perfiles de LinkedIn. La invitación a pensar a partir de primeros principios es más una búsqueda por interpretar cómo se mueven las cosas, en un mundo que va a una velocidad más rápida de lo que podemos actuar.
La modernidad se parece mucho a una cebolla: está recubierta de capas que hay que remover hasta llegar al núcleo y entender las cosas desde sus fundamentos. Mi profesor universitario Hernando Gallego repetía constantemente: “Para descubrir cómo funcionan las cosas, primero tenemos que entender los subyacentes”. En este orden de ideas, la invitación era a desconfiar de lo obvio e ir más allá de la estructura superficial que nos muestran las cosas. Esto aplica a todo: a la política, a los algoritmos y a las ideologías.
Esto es tan claro que frecuentemente vemos hordas de gente defendiendo ideas tendencia con inmensa pasión, sin cuestionar qué se oculta en el subyacente de dichas ideas. Nos hemos convertido en expertos avanzados de las estructuras superficiales, campeones de buceo en un océano de cinco centímetros de profundidad y analfabetas funcionales de la esencia. Desconociendo ciegamente que es en la esencia profunda donde se esconden los secretos del futuro.
Hace unas semanas, en un taller con ejecutivos senior, alguien me pidió enunciar una lista de “tendencias del futuro de los servicios”. Los asistentes a este workshop esperaban de mí gráficos, tasas de automatización, porcentajes de aceleración de la industria, etc.
Respondí con algo que siempre genera incomodidad:
Antes de hablar del futuro de los servicios, respondamos algo un poco más simple: ¿de qué están hechos los servicios?
La sala entró en un profundo silencio, hasta que alguien se animó a contestar:
De procesos.De herramientas de análisis.
De productividad.
Pasé a decirle al auditorio que los servicios, en su más mínima expresión, están hechos de dos cosas muy básicas: empatía y generación de valor. Todo lo demás, procesos, plataformas e indicadores, es decoración.
La empatía es como una banda elástica que tiene múltiples dimensiones que van desde la empatía cognitiva hasta la intimidad, grado máximo de empatía que podemos alcanzar con un cliente, pasando por espacios intermedios como la empatía emocional, el engagement y la empatía compasiva.
Mientras que la Generación de Valor se puede explicar como la relación que va de la construcción de relaciones simbólicas que van del significado al significante (me gustaría quedarme más tiempo explicando esto, pero no quiero que se me alargue el substack, prometo volver al tema en otra publicación).
En este orden de ideas, si uno entiende la empatía y la generación de valor, podrá diseñar servicios y experiencias; si uno entiende un grupo de consumidores y qué problema buscan resolver, podrá reinventar productos; y si entendemos las relaciones de significado y sus dimensiones, podremos interpretar la cultura.
Lo que hice con ellos, sin decirlo de forma directa, fue aplicar lo que hoy llamamos pensamiento de primeros principios. Es un truco mental que parece simple, pero a la vez profundamente radical. Es desarmar la realidad hasta llegar a piezas que ya no se puedan seguir desarmando y comenzar a construir desde los fundamentales.
El pensamiento de primeros principios no lo inventó Silicon Valley. Es mucho más viejo que PowerPoint y los Pitch Decks. Como de costumbre, quiero invitarlos a subirse a nuestra máquina del tiempo para viajar a la Antigua Grecia. El portal del tiempo se abre y nos escupe abruptamente en una sala en la cual se encuentra Aristóteles en escena, sin PowerPoint, y mientras debate suelta una idea que cambiará siglos de pensamiento diciendo: “Si quieres entender el mundo, necesitas encontrar sus archai, sus principios primeros, aquellas verdades tan fundamentales que no se pueden deducir de nada más.”
Hay ahí los primeros principios: las piezas LEGO que construyen nuestras versiones de la realidad.
Nos acurrucamos en un rincón de nuestro Cronovisor para continuar con nuestras observaciones y, de un momento a otro, aparece Euclides diciendo: “Tomaré esa intuición y la convertiré en geometría, voy a definir unos cuantos axiomas tan simples que nadie en su sano juicio los cuestionaría, como por ejemplo, entre dos puntos solo hay una línea recta, y a partir de ahí construiré todo un universo de formas.”
Esto es exactamente el pensamiento de primeros principios antes de que tuviera nombre trendy: definir lo mínimo irreductible y usarlo para construir lo máximo posible.
Nuestro viaje al pasado continúa para, siglos después, encontrarnos con otro grupo de inquietos que dicen que no basta con pensar, hay que experimentar.
Bacon (nada tiene que ver con la tocineta del desayuno) insiste en que el conocimiento se construye probando; Galileo deja caer bolas desde la torre (o al menos así nos lo contamos), y Newton mira una manzana mientras no se pregunta “¿qué es la manzana?”, sino “¿qué ley fundamental gobierna su movimiento?”
Dejamos de explicar el mundo a partir del animismo y los mitos, para pasar a explicarlo desde los fundamentales, primeros principios o, como muchos me han escuchado decir, a partir de las bases (back to basics).
Un poco más tarde, Descartes se mira al espejo mental y, en un acto de limpieza brutal, decide dudar de todo: de los sentidos, de los libros, de las autoridades, de los profesores que lo regañaban (en esto nos parecemos; mientras más me regañaban, más me retaban). Hasta que encuentra una sola cosa que no puede poner en duda: “Si estoy dudando, es porque estoy pensando; si pienso, existo.” Voilà.
Entonces los primeros principios son las bases mínimas desde las cuales se construye un edificio filosófico. Es la misma jugada repetida con distintos disfraces. Santiago Johnson (excompañero de trabajo) solía decir que es “la misma rata con distinto motilado”: dudar de las capas para buscar el hueso.
Avancemos un poco más rápido. Cambiemos las túnicas por jeans, los pergaminos por hojas de cálculo. Desde el cronovisor criollo vemos aparecer a Elon Musk (apuesto que ya sabían que tarde o temprano iba a aparecer) y dice algo que parece un meme, pero es una bomba conceptual:
“No pienses en analogías; piensa en primeros principios.”
Traducido a los trópicos, esto significa: no te preguntes “¿cómo se han usado siempre los cohetes?” sino “¿cómo puedo cambiar la forma como se usan los cohetes?”
No copies la industria: desarma el objeto.
En vez de aceptar que los cohetes son desechables y caros, Musk y su gente listan materiales, componentes, costos de materias primas y se preguntan: si partimos de cero con estos elementos, ¿cuánto debería costar realmente un cohete y qué hay que hacer para reutilizarlo?
No están respetando el legado, están rediseñando la industria. Eso es pensamiento de primeros principios en modo ingeniería. No se trata de heredar soluciones, sino de redefinir las preguntas.
En el fondo, SpaceX y Aristóteles comparten el mismo principio: rehusarse a vivir de suposiciones o verdades inobjetables y retar las convenciones del mercado a partir del pensamiento fundamental.
Si nos fijamos bien, los niños manejan esta lógica de forma natural. Los adultos vivimos diciéndoles “eso no se puede”, y los niños lo interpretan como: “todavía no hemos jugado lo suficiente con las piezas como para desbaratarlo”. Mientras un adulto ve una silla, un niño ve cuatro patas, una superficie, un objeto que puede ser montaña, nave espacial, castillo, etc.
Para él es algo que se puede desarmar y resignificar.
El problema está en que el sistema educativo, corporativo y político se especializó en limarnos ese músculo. En vez de entrenarnos para pensar desde principios fundamentales, nos entrenaron para repetir desde convencionalismos. Y así terminamos defendiendo con fervor cosas que, si las lleváramos a su origen, nos darían risa.
Ahora bien, extrapolemos el asunto al nivel de sociedades y culturas enteras. Un día le pregunté a un político: ¿De qué está hecho un país?
Se quedó mirándome como si esa pregunta no estuviera en ninguno de sus manuales para responder lo políticamente correcto. Pasó a hablarme del PIB, de los problemas en la frontera, de tratados, de bloques económicos, etc. Puras estructuras de superficie.
Desde el pensamiento fundamental, en esencia, un país está hecho de algo más simple y más frágil: acuerdos sobre cómo queremos vivir juntos. Los himnos, las banderas, las constituciones, los ministerios no son más que interfaces. Son capas visuales, jurídicas y simbólicas. Si confundimos las interfaces con los principios, acabamos peleando por la bandera mientras destruimos los acuerdos que la hicieron posible.
El pensamiento de primeros principios en política no es teoría abstracta; es la pregunta incómoda que nadie se atreve a hacer en público. Los países que prosperarán no serán los que tengan el logo más moderno, sino los que sepan revisitar sus primeras razones de ser sin miedo a actualizar el software institucional.
La antropología, en el fondo, es una disciplina de primeros principios, pero aplicada a la cultura. Los antropólogos miramos una boda y no vemos solo un evento romántico. Observamos un ritual diseñado para gestionar alianzas, herencias, cuerpos, deseos.
Miramos el dinero y no solo vemos billetes. Observamos un sistema de confianza distribuida que descansa en relatos, no en papel.
Observamos una escuela y no solo vemos pupitres y horarios. Vemos un dispositivo histórico para producir cierto tipo de ciudadano, con cierto tipo de obediencias, en cierto tipo de economía.
Al preguntarnos cuáles son las dinámicas subyacentes en el contexto de la cultura, estamos imprimiendo pensamiento de primeros principios con corte etnográfico. Muchas de las cosas que tomamos como “normales” son acuerdos que alguien hizo en algún momento para resolver un problema que ya ni recordamos.
Y aquí entra la parte divertida de la antropología: si algo fue inventado, siempre podrá ser reinventado.
Saltemos ahora al tema que obsesiona a medio planeta: la inteligencia artificial. Una noche, mi hijo adolescente me preguntó si los robots iban a dominar el mundo. No me preguntó por marcos regulatorios, ni por papers, ni por los whitepapers de moda. Me preguntó por el mito central.
Le dije:
“La IA es increíble para muchas cosas como predecir, clasificar, generar, simular, optimizar. Pero hay algo que no sabe hacer, y no es obvio a primera vista: no le importa. La máquina puede inferir la forma del pensamiento, pero no el peso de la experiencia”.
“No recuerda la cara de tu abuela cuando te enseñó a pintar, no siente síndrome de domingo por la tarde, no conoce la mezcla de miedo y entusiasmo al empezar de cero en otro país”.
Y eso importa, porque cuando trabajas con primeros principios descubres que hay un fundamento que atraviesa todo el concepto de cultura: el significado.
La IA revela principios de cálculo, pero los humanos revelamos principios de sentido.
Si no definimos muy claro, desde la raíz, qué consideramos valioso, qué entendemos por humano, qué nos parece un buen futuro, las máquinas terminarán optimizando cualquier cosa que les pidamos, aunque sea absurda.
El verdadero pensamiento de primeros principios en la era de la IA no es preguntarse “¿qué puedo hacer con ella?”, sino “¿para qué vale la pena usar inteligencia artificial?”
Entonces, ¿qué es exactamente pensar desde primeros principios cuando no estás en un laboratorio, sino en tu vida real?
Es, por ejemplo, cuando alguien en tu empresa dice “eso siempre se ha hecho así”, sentate con calma y preguntale:
¿Qué problema intenta resolver eso?
¿Ese problema sigue existiendo y es recurrente?
¿Esta sigue siendo la mejor manera de resolverlo con la tecnología y el contexto que tenemos hoy?
Es mirar un hábito propio, el celular antes de dormir, las reuniones de tres horas, el correo respondido en modo automático, y preguntarte:
¿Para qué sigo haciendo esto?
¿De qué necesidad básica está hecho este comportamiento?
¿Hay una mejor manera de satisfacerla?
Pensar desde primeros principios es una mezcla rara de terquedad y juego. Es no aceptar una respuesta solo porque está bien vestida. Es darse permiso para desbaratar el mundo como si fuera un LEGO recién abierto.
Es más lento al principio, pero más rápido después, porque cuando entendemos la raíz, no nos perdemos en las ramas.
La Era de los Fundamentales no es un eslogan. Es una invitación a que dejemos de vivir sobre capas acumuladas y empecemos a revisar el código fuente.
A que, antes de opinar, nos preguntemos:
¿Qué cosas estoy asumiendo aquí?
A que, antes de copiar, nos preguntemos:
¿Qué problema resuelve esto en su nivel más básico?
A que, antes de asustarnos con el futuro, nos preguntemos:
¿Qué principios seguirán siendo ciertos pase lo que pase?
Si cambias tus principios, cambiarán tus miedos.
Si cambias tus principios, cambiará tu sentido de posibilidad.
Por eso este Futopix no viene a darte respuestas finales. Viene a proponerte algo más peligroso y emocionante: enamórate de las buenas preguntas.
Cuando escuches una frase muy segura de sí misma, sometela al test básico del pensamiento de primeros principios:
Suena bonito, pero… ¿qué elementos subyacen detrás de esta estructura de superficie?
Futopix es una invitación a desarmar el mundo con curiosidad, a reírte un poco de las cosas que tomabas como sagradas, a descubrir que debajo de la complejidad hay estructuras simples, y que debajo de esas estructuras simples hay algo que nadie puede pensar por ti: tus propios principios.
Esta es la década en la que recordamos quiénes somos y empezamos a reconstruir el mundo desde ahí, con la precisión de los ingenieros, la audacia de los emprendedores, la paciencia de los científicos y la mirada obstinadamente curiosa de los antropólogos.
El resto, tendencias, buzzwords, titulares, es ruido.
Los fundamentos, en cambio, son la pista secreta para navegar los próximos años con menos miedo, más juego y mucha más claridad.
Si este capítulo te movió algo, una pregunta, una duda, una incomodidad luminosa, entonces ya haces parte del experimento.
Aprendamos a pensar desde la raíz, construir desde la esencia y diseñar futuros que valgan la pena.









Para que escribe Gabriel y porque leo yo? Q es escribir y qué sentido tiene leer. Gracias doc.
Muy bueno Gabriel!