Hay algo que nunca les he contado y que pocos saben de mí: soy un apasionado de la historia militar y de las series de estrategia, en especial las que tienen que ver con gestas históricas y grandes proezas. Eso sí, como antropólogo sé que la historia viene cargada de sesgos, porque casi siempre nos la cuentan desde la perspectiva de los ganadores, así que hay que tomarla con pinzas si lo que uno busca es un análisis ponderado.
El gobierno de Abelardo de la Espriella arrancó con un cambio radical en la política de seguridad de Colombia, y su inclusión en el Escudo de las Américas implicará un giro estratégico que, por supuesto, se va a reflejar en toda la región, porque todos sabemos que nuestra amada patria hace parte del eje del mal en la producción de narcóticos.
Pero, ¿qué implica en términos militares entrar como actor activo al club del Escudo de las Américas? Me tomé la tarea de leer más allá de los titulares qué significa para el país hacer parte de este grupo y cuáles son las oportunidades que se derivan de ello. Ese será el eje de esta Toma, para que lo desmenucemos desde una perspectiva desapasionada y miremos los nuevos horizontes que se abren para los colombianos.
Sin más rodeos, sumerjámonos en el asunto.
Estamos cerrando una semana llena de noticias alrededor de la Asamblea General de la ONU, el Escudo de las Américas y los múltiples operativos desplegados por la Fuerza Pública en el país, lo que muestra un giro total en la política de seguridad. La noticia que casi nadie está contando es esta: por primera vez en medio siglo, Colombia tiene a su alcance las herramientas para ganarle la guerra al narcotráfico. No estoy diciendo para contenerlo, ni para administrarlo como una enfermedad crónica, sino para ganarle la guerra de una vez por todas.
Para hacer futurismo a veces nos toca prender la máquina del tiempo y viajar al pasado para entender cómo hemos trazado el futuro. Recuerden la cantaleta: el futuro no es una línea recta, es un abanico de posibilidades. Mis superpoderes de antropólogo me dicen que la clave para ganar la guerra en Colombia no está en Silicon Valley, ni mucho menos en el Pentágono, sino en un potrero encharcado de Boyacá, hace doscientos siete años.
El Pantano de Vargas | 25 de Julio de 1819
Persígnense y cierren los ojos para que viajemos al 25 de julio de 1819, al famoso Pantano de Vargas. Vamos a copiarle a J. J. Benítez su nave para viajar en el tiempo e imaginemos que aterrizamos en ese lugar: nosotros podemos ver lo que pasa por fuera de la Cuna (así la llama Benítez, risas) y ellos no pueden vernos a nosotros. Por entre una espesa niebla vemos cómo el ejército de Bolívar viene de cruzar el páramo de Pisba. Los patriotas se ven cansados, muchos desarrapados y descalzos; la mitad de la tropa está enferma y la otra mitad, muerta de frío. Enfrente está el coronel realista José María Barreiro, con los hombres, la artillería y la moral intacta para enfrentar a Bolívar. A medida que avanza la tarde, los criollos sienten que la batalla está perdida.
Entonces Bolívar busca entre la tropa a un llanero de piel curtida y valentía inconmensurable, Juan José Rondón, y con la agonía de la impotencia le suelta la frase que a todos los colombianos nos enseñaron en el colegio y que aprendimos de memoria: “¡Coronel, salve usted la patria!”. Sin dudarlo un segundo, Rondón pica espuelas y carga con un puñado de lanceros, solo catorce hombres según cuenta la tradición, contra un ejército entero. Como si fuese obra divina, la batalla se voltea. Trece días después se sellaría la independencia en el Puente de Boyacá.
Uno de los libros más bacanos que me he leído sobre la historia de Colombia son las Memorias del general Daniel Florencio O’Leary, un militar irlandés que acompañó a Bolívar durante la gesta libertadora. Se los recomiendo, y si pueden, léanselo en la versión original en inglés, porque las traducciones a veces tienen sus vacíos de interpretación.
Todo este tema me vino a la cabeza porque esta semana he tenido sobre mi escritorio un catálogo de fuentes abiertas sobre cómo Estados Unidos pelea hoy sus guerras sin poner prácticamente ni un soldado en el terreno. La guerra moderna se hace con satélites y algoritmos que convierten datos en objetivos, con drones y con misiles que salen de un buque a mil millas del blanco. Lo curioso es que este documento me llega justo cuando Colombia acaba de entrar al Escudo de las Américas y se hace pública la llegada de tres drones Reaper al país. Mientras lo leía no dejaba de pensar en el coronel Rondón, porque la pregunta de fondo es más o menos la misma que nos hacíamos hace doscientos años: ¿quién salvará la patria? O, como decía el Chapulín Colorado: ¿y ahora quién podrá defendernos? La respuesta a esa pregunta es el eje de esta Toma.
Para darle vuelta al argumento les propongo un viaje de tres mil años hacia atrás, para que en pocas páginas entendamos cómo ha cambiado la guerra (es una palabra muy fuerte, pero no hay otra), desde los zapadores asirios hasta los enjambres de drones en Ucrania. Les adelanto que esta es una historia que termina en Colombia, y en el lugar que siempre debió ocupar: el de protagonista.
La Gramática Que No Cambia
En otras Tomas de FUTOPIX les he hablado de John Keegan y de Clausewitz. El primero, en Historia de la guerra, le lleva la contraria al segundo con algo que para cualquier antropólogo es música: la guerra es, antes que nada, una expresión cultural. Para muchos antropólogos, cada pueblo pelea de la misma forma en que vive. Alvin Toffler, en Las guerras del futuro, remató con una frase como para tatuársela: la forma como hacemos la guerra refleja la forma como hacemos la riqueza. La sociedad agraria hace guerras de músculo; la industrial, guerras de fábrica; y la sociedad de la información, guerras de datos.
Me toca hacer una aclaración: cuando hablo de tecnología no estoy hablando de pantallas. La palabra viene del griego technē, el saber hacer. Marcel Mauss, el antropólogo francés que todos nos leímos en la facultad, escribió en 1934 sobre las técnicas del cuerpo: caminar, nadar o montar a caballo son habilidades que también se aprenden, se transmiten y se perfeccionan. La lanza es tecnología, la pala es tecnología, el caballo domado es tecnología, la disciplina de una formación militar es tecnología y una doctrina escrita en un manual es tecnología. Lo digital es apenas el capítulo más reciente de una historia muy larga. Más adelante vamos a descubrir que las tecnologías que podrían decidir la guerra en Colombia no son todas de silicio.
Si uno mira en perspectiva los últimos tres mil años de ejércitos, descubre que todos resuelven las mismas siete necesidades: (1) ver al enemigo antes de que te vea, (2) moverse más rápido, (3) golpear de lejos, (4) chocar cuando toca, (5) sostenerse en el tiempo, (6) construir lo que el terreno no da y (7) decidir más rápido que el otro. Tradúzcase: infantería, caballería, artillería, ingenieros, logística, inteligencia y mando. Todos estos elementos no son más que el cuerpo que cada época le dio a cada función.
Cuando Ganaba El Que Se Organizaba
Hacia el año 745 antes de Cristo, el rey asirio Tiglat-Pileser III (suena a trabalenguas) inventó el ejército permanente: soldados pagados por el Estado que no volvían a la cosecha, y cuerpos especializados en tumbar murallas. Los asirios no eran más valientes que sus vecinos; simplemente estaban mejor organizados.
Cuatro siglos después aparece un personaje que me encanta: Filipo II de Macedonia, quien pasó su juventud como rehén en Tebas y, en vez de amargarse la vida, se dedicó a estudiar cómo peleaban sus captores. Uno de los etnógrafos tempranos de la historia. Al terminar su cautiverio regresó a casa con dos ideas: bloques compactos de soldados con lanzas de casi seis metros, la sarisa, que sobresalían como las púas de un erizo, y una caballería de nobles, los hetairoi, que golpeaba donde el erizo había fijado al enemigo. Su hijo Alejandro llevó esa receta táctica hasta la India. Filipo no inventó un arma: inventó la idea de que las armas juntas valen más que la suma de las armas separadas. A eso hoy le llaman armas combinadas.
Los romanos entendieron la calzada como un arma. Por eso cada legionario cargaba una pala, cada noche se construía un fuerte, y detrás de los legionarios iban los ingenieros tendiendo caminos por donde el imperio movía tropas, trigo y órdenes. Los mongoles tenían el yam, una red de jinetes de relevo que llevaban mensajes cientos de kilómetros en un mismo día. Eran el internet a caballo.
Crécy
El 26 de agosto de 1346, en Crécy, la flor y nata de la caballería francesa, nobles con armaduras que costaban lo mismo que un pueblo entero, cargó lanza en ristre contra un ejército inglés más pequeño. A los caballeros los esperaban miles de arqueros de origen campesino, armados con un arco de tejo de casi dos metros y años de práctica los domingos después de misa. Los honorables caballeros no llegaron a tocarlos ni de cerca. La lección que nos dejó Crécy vale oro: un arma cara puede perder contra la masa barata bien organizada.
La Pólvora | Cartagena de Indias 1741
Miremos ahora hacia este lado de nuestra historia. Con la pólvora, el tema bélico se reorganizó en prácticamente todos los escenarios de guerra del planeta. Los tercios españoles mezclaron picas con arcabuces, Gustavo Adolfo de Suecia aligeró los cañones para que acompañaran a la infantería, y las ciudades inventaron las fortalezas abaluartadas, esas murallas en estrella que tenemos de sobra en el Caribe.
En 1741 el almirante inglés Edward Vernon llegó frente a las costas de nuestra Cartagena de Indias con cerca de 180 barcos y más de 20.000 hombres. Del otro lado estaba Blas de Lezo, un marino vasco al que la guerra ya le había quitado un ojo, una pierna y el uso de un brazo, y al que por eso le decían Mediohombre. Ese man era el Jack Sparrow de la época: si uno piensa en el avatar de un pirata, necesariamente tiene que pensar en Blas de Lezo.
Vernon estaba tan seguro de quedarse con Cartagena que en Londres alcanzaron a acuñar medallas con la imagen de Blas de Lezo arrodillado entregándole la ciudad. Lezo lo venció con baterías bien ubicadas, barcos hundidos para trancar la bahía, el castillo de San Felipe convertido en fortaleza y un aliado que no salía en ningún inventario: la fiebre amarilla. Lo que pocas veces se cuenta es que la defensa de Cartagena no se ganó gracias a un arma en específico, sino gracias a un sistema. Para mí es una de las gestas más increíbles de nuestra historia, digna de una buena película de Hollywood.
La Guerra Se Vuelve Fábrica
Sigamos, porque este cuento se pone cada vez más divertido. Una de las cosas que me he propuesto con FUTOPIX es que este espacio se convierta cada semana en un buen storytelling, donde todos nos divirtamos un poquito y nos relajemos ante tanta noticia que harta.
Hablemos de Napoleón. Como buen oficial de artillería, convirtió la levée en masse de 1793 en el cuerpo de ejército, y por primera vez la guerra se hizo entre naciones enteras. En la Primera Guerra Mundial el ferrocarril movía millones de hombres, el telégrafo los coordinaba y la artillería, reina indiscutible de esa guerra, causaba más de la mitad de las bajas. Infelizmente, la guerra funcionaba como una fábrica de muertos.
En 1940 aparece el personaje que rompió el atasco, y su biografía lo explica todo: Heinz Guderian, padre de los blindados alemanes. Este personaje, desconocido para muchos, había participado en la Primera Guerra como oficial de comunicaciones. Por eso insistió en algo que los franceses despreciaban: meter una radio en cada tanque. La Francia de la Segunda Guerra Mundial tenía más y mejores tanques, pero Alemania tenía tanques que se hablaban entre sí. Francia cayó ante la avanzada mecanizada alemana en solo seis semanas. Ese año murió la caballería como cuerpo, no como función: explorar, sorprender y romper las líneas enemigas se mudó a los vehículos blindados. El alma del coronel Rondón se subió a bordo de un Panzer.
Ogarkov | El Mariscal Que Vio Venir Todo
Uno de los personajes menos conocidos y más importantes de la historia militar es Nikolái Ogarkov, jefe del Estado Mayor soviético entre 1977 y 1984. Mientras sus camaradas contaban tanques, Ogarkov escribió que los microprocesadores, los sensores y las armas de precisión crearían un complejo de reconocimiento-ataque, en el que ver dónde está el enemigo y dispararle dejan de ser dos actividades separadas y se vuelven una sola. Por desgracia para él, fue castigado por visionario y lo sacaron del cargo. Solo siete años después, en el desierto de Irak, Estados Unidos ejecutó exactamente lo que Ogarkov había descrito: usó la tecnología para ver y disparar al mismo tiempo, y en apenas cien horas de guerra terrestre uno de los ejércitos más grandes del mundo se desmoronó.
2020–2026 | Cuando La Cadena De Ataque Se Vuelve Software
En 2020, en Nagorno-Karabaj, Azerbaiyán desmanteló las defensas armenias en 44 días con una batería de drones. Esa misma lección se volvió masiva en la guerra de Ucrania: zonas de muerte de varios kilómetros donde todo lo que se mueve es visto y golpeado en minutos por drones que cuestan unos pocos cientos de dólares.
Ahora, las cifras del documento que me estoy leyendo sobre el poderío militar norteamericano. Este año, la operación estadounidense contra Irán, apoyada en el sistema Maven, identificó alrededor de 1.000 objetivos solo en las primeras 24 horas. Un trabajo equivalente, realizado por los mismos Estados Unidos en 2003, requirió unos 2.000 analistas; hoy lo hacen veinte personas. Esto no es solo una mejora estratégica: es un cambio total de modelo. Lo que Ogarkov soñó con juntar, el algoritmo lo fundió.
El inventario de las mudanzas es claro. La caballería hoy es un enjambre de drones; la artillería, fuego de precisión y drones kamikaze; los exploradores, satélites y modelos de IA que leen millones de imágenes en tiempo real. Los ingenieros escriben código y ciegan radares a distancia, dejando al enemigo a merced. El mando es una red donde la máquina propone y el humano decide. ¿Y la infantería? Ahí sigue, lista para actuar… pero viendo Netflix.
Donde el Cuento Se Pone Bueno
Cuando empecé esta Toma tenía una tesis sabrosa: la guerra de hoy ya no se hace con soldados sino con IA. Pero leyendo con lupa el informe, encontré algo mucho mejor, y para nosotros los colombianos mucho más esperanzador: la máquina de guerra más poderosa de la historia sigue necesitando a alguien que conozca el terreno.
La prueba la podemos ver en Yemen. En 2025 Estados Unidos lanzó más de 1.100 ataques contra los hutíes, y la evaluación de West Point concluyó que estos se reconstituyeron rápidamente porque el objetivo requería fuerzas terrestres que nunca se desplegaron, y Estados Unidos no tenía un socio terrestre viable que hiciera el trabajo. Se puede ver y golpear casi cualquier cosa desde la órbita. Lo que no se puede es convertir esos golpes en una victoria sin alguien que sostenga el terreno. La solución, entonces, no es desplegar menos tecnología: es tener operadores que conozcan el terreno lo suficiente para entender cuándo la pantalla se equivoca.
¿Se acuerdan de la frase de la Toma 50? La IA no tiene cuerpo, y todo lo que no tiene cuerpo depende de alguien que sí lo tenga. Por eso la tesis correcta no es que la IA reemplazará al soldado. La IA reemplazará al ejército de masas.
Durante tres mil años la pregunta fue: ¿cuántos soldados tiene un ejército? Ahora las preguntas son: ¿qué tan rápido ves?, ¿qué tan rápido decides? y ¿qué tan bien conoces el terreno? Los soldados no desaparecen: se vuelven escasos, especializados y preciosos. Un país cuyos soldados conocen el terreno como nadie en el mundo acaba por volverse indispensable. ¿Adivinan de qué ejército les voy a hablar?
Colombia | Dentro Del Escudo
El 7 de marzo de este año, en el Doral (Miami), Donald Trump lanzó el Escudo de las Américas, formalmente la Coalición de las Américas contra los Carteles. Infelizmente, Colombia no estaba en la foto inaugural: el nefasto gobierno de Gustavo Petro quedó por fuera por falta de “nivel de cooperación”, según la Casa Blanca (no me den cuerda en este tema, que me riego). Eso cambió rapidito con la llegada al poder de Abelardo de la Espriella, quien se posesionó el 7 de agosto; el 12 de agosto Colombia ya era el miembro número diecinueve (todas las arandelas de este tema las conocen ustedes mejor que yo). Más de veinte organizaciones fueron declaradas terroristas, con congelamiento de activos y persecución penal a quien las apoye, y se anunció la llegada de tres drones MQ-9A Reaper, con un cuarto que el país compraría con recursos propios.
Aquí es donde vamos a conectar todo. Estados Unidos tiene las mejores máquinas del mundo para ver, decidir y golpear al enemigo a distancia, pero, según mi documento, en Yemen no fue muy exitoso porque le faltaron socios terrestres que hicieran el remate operacional.
En el caso del Escudo de las Américas, Colombia es exactamente el socio terrestre que el documento dice que le faltó a Estados Unidos. Un ejército con décadas de experiencia en guerra irregular, que conoce cada trocha, cada río y cada vereda. Las Fuerzas Armadas de Colombia se sentarán en la misma mesa con el dueño de los satélites y del software bélico más avanzado del mundo. Los gringos ponen el ojo y el cerebro; nosotros ponemos el cuerpo y el terreno.
Con esa lógica estudié mi documento capa por capa, con una pregunta en mente: ¿qué del arsenal bélico norteamericano le sirve de verdad a Colombia para ganarle al narcotráfico, y por qué? Si yo fuera el ministro Mora, esta sería mi carta al Niño Dios, en este orden.
Primero: El Cerebro | Palantir y Anduril
El narcotráfico, aunque lo parezca, no es un ejército: es una red criminal que involucra cultivos, laboratorios, precursores, ríos, lanchas, semisumergibles, pistas, contadores en Panamá y socios en México y en los puertos de Europa. Durante décadas el Estado ha golpeado nodos sueltos, y la red se reacomoda y se reagrupa en semanas. Como dicen los expertos en estrategia, eso es seguir buscando el muerto río arriba.
Por eso lo primero no es un arma. Es el Maven Smart System de Palantir, la capa que fusiona más de 179 fuentes de datos y usa visión por computador y modelos de lenguaje para convertirlas en un mapa de objetivos priorizados. La OTAN compró su propia instancia en una de las adquisiciones más rápidas de su historia. Para Colombia, el valor de Maven no está en la velocidad: está en ver la red completa. Cruzar lo que ve un Reaper volando sobre el Guaviare con una transferencia sospechosa en Panamá y una lancha detectada en el Pacífico es pasar de golpear nodos a desarticular el sistema.
Al lado de Palantir va Lattice, de Anduril, la empresa de Palmer Luckey: una malla de mando y control de arquitectura abierta que conecta sensores y armas de distintos fabricantes en una sola capa. La Fuerza Pública colombiana es un sancocho tecnológico: helicópteros Black Hawk, lanchas, radares de varios proveedores, drones de la CIAC y ahora los Reaper. Lattice los pone a hablar a todos en el mismo idioma, como hizo Guderian con la radio en cada tanque.
Segundo: El Escudo Contra Drones | Epirus, Anduril y RTX
El documento en cuestión excluye los sistemas anti-dron terrestres porque, para Estados Unidos, implican tener tropas desplegadas. Para Colombia es al revés: nuestras tropas ya están desplegadas, y los drones ya las están atacando. Desde 2024 las disidencias y el ELN lanzan drones Mickey Mouse cargados con explosivos contra soldados y policías en el Cauca y el Catatumbo. La guerra de drones no es el futuro de Colombia: es el presente del Cauca.
Las soluciones están en el inventario de mi documento: Leonidas, de Epirus, que con microondas de alta potencia neutraliza varios drones a la vez sin disparar un proyectil; Roadrunner, el interceptor reutilizable de Anduril; y Coyote, el interceptor de bajo costo de RTX. Ningún Reaper resuelve el problema de un cuadricóptero DJI de trescientos dólares; estos juguetes sí. Si tuviera que escoger una sola prioridad, sería esta, porque proteger a los soldados que hoy están más expuestos debería ser mandatorio.
Tercero: Los Ojos | General Atomics, Shield AI y SpaceX
Aunque no lo crean, la Fuerza Aérea estadounidense está retirando los Reaper de General Atomics porque no sobreviven a las defensas antiaéreas modernas. La buena noticia es que ni las disidencias, ni el Clan del Golfo, ni el ELN tienen baterías antiaéreas. En Colombia el MQ-9 puede volar horas y horas prestando vigilancia persistente sobre los corredores de coca, los laboratorios y las pistas clandestinas. Lo que para el Pentágono es un caballo viejo, en el Cauca es el caballo del coronel Rondón.
Más estratégico todavía que los Reaper es Shield AI, con Hivemind, un piloto de IA que vuela aeronaves sin GPS y sin enlace de comunicaciones, a ciegas, sin desviarse de su misión. Las selvas y las cordilleras son el peor lugar del mundo para mantener una señal, y los grupos armados ya usan inhibidores. Un dron que no necesita señal es un dron que no se puede apagar desde un cambuche en el monte. Y SpaceX, con Starshield, la versión militar de Starlink, puede darle a un batallón aislado en el Guaviare conectividad satelital segura, que hoy vale tanto como un fusil.
Cuarto: El Mar | Saronic, BlackSea y Cotecmar
Es de conocimiento popular que buena parte de la cocaína sale por el Pacífico en lanchas rápidas y en semisumergibles fabricados en los esteros de Nariño y del Cauca. La Armada colombiana es una de las mejores del mundo interceptándolos, pero el Pacífico es inmenso. El Corsair de Saronic, un buque no tripulado con más de 1.000 millas náuticas de alcance y detección pasiva de 360 grados, ya se usó en combate este año; el GARC de BlackSea Technologies está pensado para operar en enjambre. Imaginen un enjambre de patrulleras no tripuladas vigilando día y noche las costas de Nariño y reportando cada lancha que se mueve a una fragata de la Armada estratégicamente posicionada. Para los semisumergibles también hay solución: los submarinos no tripulados, como el Dive-XL de Anduril. Y aquí brilla la industria nacional: Cotecmar ya construye buques en Cartagena; coproducir patrulleras no tripuladas sería el salto cuántico de la Armada colombiana.
Quinto: La Plata | Vannevar, Govini y El Ciberespacio
El narcotráfico es una empresa transnacional: carteles mexicanos en territorio colombiano, mafias asentadas en los puertos europeos y grupos lavando dinero con conexiones en Asia. Aquí entran Decrypt, de Vannevar Labs, que procesa inteligencia en idiomas extranjeros, y Ark, de Govini, que analiza cadenas de suministro, justo lo que se necesita para rastrear los precursores químicos. Sumadas a las operaciones de caza avanzada del Comando Cibernético estadounidense, con más de 85 despliegues por invitación en países aliados, abren la puerta para seguirle el rastro a la plata digital. La plata del narcotráfico ya no viaja en maletas: viaja en criptomonedas y transferencias bancarias.
¿Cómo Se Gana La Guerra Con Esto?
Un arsenal bélico no gana una guerra por sí solo; la gana quien lo sabe usar. En este orden de ideas, veo tres condiciones para que Colombia salga adelante en este súper-híper-mega desafío.
La primera es absorber, no solo recibir. En la Toma 37 les hablé de la paradoja del dínamo metido en una fábrica con mentalidad vieja: la tecnología nueva no nos va a servir de nada si la organización militar sigue igual. Cada sistema debe venir con transferencia de conocimiento, operadores colombianos y participación de la CIAC, Cotecmar e Indumil. El cuarto Reaper, el que pagamos nosotros, es la oportunidad perfecta para arrancar a repensarnos en defensa.
La segunda es construir una arquitectura abierta, una lección aprendida de la propia Fuerza Aérea estadounidense, que separó el software de autonomía del avión para poder combinar proveedores. Que Palantir, Anduril, Shield AI y los desarrollos nacionales se hablen entre sí (lo que en la Toma anterior llamé interoperabilidad), para que los datos del terreno colombiano, el activo más valioso de esta sociedad, se organicen como una ontología.
La tercera es darle con toda al negocio, no solo a la mata. Hemos visto que si cae un laboratorio, al otro día abren otro. La tecnología más poderosa de toda esta lista es la que permite ver la red desde la hoja hasta la cuenta bancaria (otra vez la ontología), para golpear los nodos que no se pueden reemplazar rápido: los químicos, la logística, la plata y los cabecillas.
Las Tecnologías Que No Se Enchufan
Les completo la carta al Niño Dios con lo que no trae ningún catálogo del Pentágono. La primera es la más romana de todas: la vía. ¿Se acuerdan de que la calzada era un arma para las legiones romanas? En el Catatumbo, en el sur del Cauca o en el Guaviare, una vía terciaria pavimentada hace más por la soberanía que un escuadrón de drones: por donde entra el camión del Estado sale el cultivo lícito, porque la papaya, el cacao y el café llegan al mercado a precios competitivos, y el ilícito pierde su razón de ser.
La segunda es la energía y la conectividad: una vereda con luz y señal es una vereda donde el Estado ve, escucha y presta servicios. Donde entra internet se produce data, y data significa inteligencia.
La tercera es la más antigua: las técnicas del cuerpo. El baquiano que conoce la trocha, el soldado que lee el rastro en el barro, el infante de marina que navega de noche un estero sin luces, el piloto de helicóptero que aterriza en un claro del tamaño de una cancha. Eso no lo trae ningún préstamo, y es justamente lo que Colombia exporta.
La cuarta es la organización: la doctrina, el entrenamiento, la logística, la forma de mandar. Guderian no ganó con mejores tanques; ganó con una mejor forma de organizarlos.
La quinta, una de las más poderosas, la confianza con las comunidades, porque la mejor red de sensores del mundo sigue siendo una vereda que decide contarle al Estado lo que ve.
El algoritmo multiplica; la vía, el cuerpo entrenado y la confianza son los que suman. No se les olvide que cualquier número multiplicado por cero da cero.
Price Pritchett lo llamaría salto cuántico: Colombia no necesita cientos de Tomahawks; creo que podemos saltarnos una generación entera. Sesenta años de guerra irregular son justo el tipo de conocimiento que una IA necesita para aprender. Los gringos traen el algoritmo y el satélite; nosotros ponemos el terreno y la experiencia. Y el socio que pone el terreno no es un cliente: es indispensable para el éxito del modelo. Las mismas herramientas, de paso, protegen oleoductos, aceleran el desminado humanitario y vigilan la minería ilegal que envenena nuestros ríos.
El Lancero y El Enjambre
Volvamos al Pantano de Vargas. Lo que el coronel Rondón tenía no era un caballo más rápido ni una lanza más larga. Lo que lo hizo distinto es que conocía el terreno como la palma de su mano, tenía la iniciativa para actuar sin esperar una orden por escrito y estaba ahí, con el cuerpo, en el momento exacto. Eso también es tecnología: la más vieja de todas, la del cuerpo entrenado, la del caballo domado y la del territorio bien leído.
Ahora imaginen a un soldado de veintidós años en Tame (Arauca), nieto de llaneros, que en 2032 maneja desde una tableta un enjambre de catorce drones sobre la misma sabana por la que cargó Rondón. Sabe cuándo la máquina se equivoca porque su abuelo le enseñó a leer el llano. Sabe que la decisión final es suya. Ese muchacho no reemplaza a Rondón. Es Rondón, con otra lanza.
Aquí les dejo mi invitación, porque esta Toma no es para generales. Esa lanza nueva hay que fabricarla, y la vamos a fabricar nosotros. Si queremos salir adelante como nación, Colombia necesita miles de lanceros digitales sin uniforme. Curiosos que quieran entrenar modelos con datos de la selva colombiana. Emprendedores que se atrevan a montar la primera gran empresa de tecnología de defensa del país, porque Anduril nació hace menos de diez años en California, en la cabeza de un nerd de chanclas y camisa hawaiana, y nadie me va a convencer de que algo parecido no puede nacer en Medellín, en Bogotá o en Cartagena. Universidades que abran laboratorios con la CIAC y con Cotecmar. Jóvenes de Tame, de Tumaco y del Catatumbo que, en vez de ser reclutados por un grupo armado, sean reclutados por el futuro. Y no es un sueño: yo sigo en redes sociales a campesinos metidos a influencers desde las selvas chocoanas, mostrando cómo cultivan plátano y yuca. Si no me creen, vayan a las redes de @chico_napo para que vean de qué les estoy hablando.
Bolívar tuvo que gritar para encontrar a su lancero. Nosotros tenemos que construir, formar y convocar. Por primera vez en cincuenta años tenemos los aliados, la tecnología y la experiencia al mismo tiempo. Lo que falta es la voluntad para lanzarnos a la carga.
¡Coronel, salve usted la patria! Esta vez, la orden es para todos. El futuro no es de quien tenga más soldados. Es de quien sepa ganar guerras sin disparar una sola bala.
Nos leemos en la próxima Toma. Si esta te movió el piso, compártela con ese ingeniero, ese emprendedor o ese soldado que puede ser el próximo lancero digital de Colombia.
Tarea Para La Semana
Toma tu empresa o tu proyecto profesional y pregúntate:
¿Qué función de tu organización sigue montada a caballo en plena era del dron?
Escríbanmela en los comentarios. Les aseguro que todos tenemos por lo menos una.
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Nota de fuentes: las cifras de programas y operaciones estadounidenses 2025–2026 provienen del catálogo “Fuerza Sin Huella” (Publicado en EEUU el 27 de agosto de 2026). Los datos sobre el Escudo de las Américas provienen de Infobae, El Colombiano y El Espectador (agosto y septiembre de 2026).
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INFOGRÁFICO
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