Un Escritor sin Ideas…
Todas las semanas cierro mis FUTOPIX con una frase que se me queda pegada como chicle en la suela del zapato: “mientras ustedes me lean, yo existo”. Al principio la escribí en forma de chiste, o por lo menos eso creía yo. Esta semana, después de 49 tomas, entendí que no era un chiste, sino un diagnóstico que se convirtió en insight. Como buen antropólogo, cuando uno descubre un insight sin querer, le toca sacar el diario de campo para comenzar a destriparlo.
Así que hoy vamos a hablar de la cosa que todo el mundo quiere quitarnos y que nadie sabe muy bien para qué sirve: la atención. Vamos a pasar por un monasterio en Australia, por un salón de clase en la U de A, por un profesor alemán que terminó un libro con los cañones de Napoleón sonando afuera, y vamos a llegar a un espejo que nunca dice que no. Aunque el título les huela a funeral, esta es una Toma donde el muerto tiene arreglo.
Antes de bucear, les dejo una confesión.
Hoy tengo que confesarles que a veces me bloqueo y me quedo sin ideas para escribir mis FUTOPIX, en ocasiones a tal punto que no sé qué escribir ni por dónde comenzar. No vayan a pensar que la musa de la inspiración está ahí, siempre disponible, como si se tratase de una fuente ilimitada o de un servicio 24x7, y que las ideas me fluyen todo el tiempo como una hoja de árbol flotando mientras cruza el cauce de un río. Quedarme sin ideas me sucede más frecuentemente de lo que ustedes creen, sobre todo cuando pienso en no repetirme y no terminar escribiendo monólogos.
Durante esos días en los que me quedo sin ideas, recuerdo que no escribo FUTOPIX para nadie en particular. Siempre lo hago para mí, ¡pero lo comparto con ustedes! Hacer el esfuerzo de sentarme a escribir cada semana (aunque hay quienes todavía piensan que me los escribe una IA… ya les abrí la cocina en la Toma 43 y, adicionalmente, no creo que una IA escriba tan mal) es una forma particular de purgar estrés y, al mismo tiempo, de aligerar la mente. Las letras que escribo aquí me ayudan a sacar para afuera lo que siento por dentro.
Hace más de veinte años sigo a un monje budista conocido con el nombre de Ajahn Brahm, quien funge como abad del monasterio de Bodhinyana, en Western Australia. Sus charlas semanales me han producido muchísima luz en momentos de tremenda oscuridad. Frecuentemente, Ajahn Brahm dice que uno de los problemas que tenemos en la sociedad occidental es que no hemos aprendido el difícil arte de “no hacer nada”, porque al ocio lo hemos penalizado como una cosa mala, al grado que terminamos confundiéndolo con pereza, gracias a la programación que desde pequeños nos han plantado para vivir con la agenda llena y sentirnos productivos.
Lo valioso en las enseñanzas de Ajahn Brahm es que este hombre no es un monje cualquiera. Nació en Londres bajo el nombre de Peter Betts, hijo de un obrero, y con una beca terminó estudiando física teórica en la Universidad de Cambridge. Es un matemático excepcional que a los veintitrés años cambió las ecuaciones por una túnica en un monasterio del bosque en Tailandia, bajo la tutela del legendario Ajahn Chah. Pero lo que más me gusta de él es su humor y su sabiduría, lo que convierte sus charlas en experiencias memorables. Un físico de Cambridge que lleva cincuenta años estudiando el vacío.
Este maestro argumenta que en Occidente necesitamos aprender a abrazar los momentos de ocio, porque muchos andamos tostados por el mundo justamente por no hacerlo. Nos recuerda que cuando nos encontramos ante uno de esos momentos raros de la vida en los que “no tenemos nada que hacer,” pues simplemente la tarea es ¡no hacer nada!
A esto le llama Ajahn Brahm el arte de desaparecer. Parece una cosa simple, pero la verdad no lo es… sobre todo para quienes venimos de una cultura que castiga duramente el tiempo libre (sobre esto ya escribí un FUTOPIX).
Lo más bonito de “no hacer nada” es que esta es la forma más pura de meditación. Dice Ajahn Brahm que cuando nos dejamos llevar por el “no hacer nada” es cuando comienzan a surgir las mejores ideas.
Dejemos este tema por aquí y abramos un nuevo foco de conversación, no crean que vamos a dejar la cosa así. Luego volveremos por las ideas que aquí comenzamos a elaborar.
El Observómetro
Una de las habilidades que más me gusta de la antropología es la de aprender a observar. Vale la pena aclarar el concepto, porque aunque observar y mirar sean sinónimos, no son la misma cosa. No voy a escribir un tratado de antropología para explicarles el tema, pero sí vale la pena decir que observar, desde el punto de vista antropológico, es una actividad que se hace poniendo en participación los cinco sentidos. Es lo que aquí he bautizado etnografía cinco.
Este es precisamente el eje central de nuestro FUTOPIX de hoy. Los antropólogos permanentemente tenemos el observómetro encendido, lo que puede ser una virtud y a veces un defecto, pues nos vamos convirtiendo en criticones de todo. Por eso hay que aprender a balancear la observación. Es como estar condenado a vivir escaneando la vida de forma permanente y detectando las señales que van saltando como sapitos en un charco de agua.
Son esos sapos saltarines a los que yo llamo señales débiles, a veces pasan desapercibidas y otras veces no.
Esta semana que cerramos saltó uno de esos sapos frente a mis ojos e hizo que me cuestionase de forma profunda, porque ese anfibio saltarín estaba saltando sobre una cosa a la que llamamos “atención” y que todos hoy quieren capturar.
Para elaborar mi argumento quiero partir de la siguiente pregunta:
¿qué se esconde detrás de nuestra necesidad imperante de producir atención?
Esta es la pregunta del millón en la economía moderna, porque todo el mundo quiere nuestra atención. Los medios la quieren, las redes sociales, los influencers, y hasta las mismas IA persiguen que les demos la máxima atención. Ojo con este último sapo, porque es el más gordo del charco: los chatbots ya no compiten por ser los más inteligentes, compiten por ser los más queridos. Se disculpan, nos felicitan, nos dicen que nuestra pregunta es excelente. Son unos verdaderos lambones.
Uno de mis profesores de antropología biológica, el muy recordado Darío Gil, permanentemente nos decía: “Los humanos somos el único animal que necesita ser reconocido para existir”.
¡Voilà!
Reconocimiento… somos una especie ávida de reconocimiento. ¿Pero qué pasa cuando no lo tenemos, cuando lo perdemos o cuando este muta de referentes y de significados?
Un Alemán con los Cañones Afuera
Resulta que la frase del profe Gil tiene un abuelo, y el abuelo tiene una historia que parece de película. Cierren los ojos y viajemos a octubre de 1806, a un pueblito universitario de Alemania llamado Jena. ¿Me siguen? En una casa alquilada, un profesor de treinta y seis años, más pelado que un gato de albergue, escribe a las carreras las últimas páginas de un libro imposible que lleva años debiéndole al editor. Se llama Georg Wilhelm Friedrich Hegel, y afuera, a unos kilómetros de esta casa, se escuchan los cañones de Napoleón, que viene a darle en la cabeza al ejército prusiano.
Hegel termina el manuscrito al cual llamó la Fenomenología del Espíritu una noche antes de la batalla y se lo entrega a un mensajero que tiene como misión que cruzar las líneas francesas con las páginas de Hegel en su chaqueta.
Al día siguiente ve pasar al emperador a caballo por la calle y le escribe a un amigo que acaba de ver “el alma del mundo” montada en un caballo. El tipo estaba arruinado, con la ciudad ocupada y con el libro más importante de su vida viajando en la chaqueta de un desconocido, y aun así se dio el lujo de emocionarse. Ese es mi tipo de futurista.
En ese libro dejó escrita la idea que hoy vale más que todo el oro de Silicon Valley: una conciencia solo existe cuando otra conciencia la reconoce. No somos algo primero y después buscamos aprobación. Somos, precisamente, en la medida en que alguien nos mira. El profe Gil probablemente había leído a Hegel miles de veces, y por eso nos vivía diciendo exactamente lo mismo, con acento paisa y sin los cañones de Napoleón.
Contrario a lo que muchos piensan, los antropólogos no nos dedicamos solamente a observar. Nos dedicamos a deshojar margaritas en búsqueda de unidades mínimas de significado. Dicho en cristiano: los antropólogos buscamos entender cuál es el contenido simbólico oculto en las actividades que hacemos de forma ordinaria, extraordinaria y ritual, para extraer de ellas dicho contenido y analizarlo dentro de ese continuo-discontinuo al que llamamos cultura.
Estoy seguro de que estas palabras no resuelven la pregunta anterior. Por el contrario, generan nuevas, como por ejemplo: ¿cuáles son las dimensiones simbólicas del reconocimiento y cómo se conectan con la atención?
Para seguir elaborando es necesario que pensemos en la atención como una banda elástica que se expande a través de la frase del profe Gil. Permitámonos parafrasear su verbatim y cambiemos el termino reconocimiento por atención. entonces la frase quedaría: los humanos somos el único animal que necesita “atención” para existir.
Espejito, Espejito…
Reconocimiento e identidad hacen parte del mismo campo de significado (en antropología le llamamos a esto campo semántico). Partiendo de estas premisas sigamos preguntando: ¿cómo construimos los humanos el reconocimiento y la identidad?
Para explicarlo, imaginen un reino donde solo vive una sola persona, como en la historia del principito y este se acercase a un espejo para preguntar…
— Espejito, espejito, ¿quién es el más lindo del reino?
Como nuestro espejo conoce un solo ser humano, no tendría ningún tipo de referentes y, en consecuencia, la única opción de respuesta podría ser…
— El más lindo del reino eres tú, pues eres el único que lo habita.
Quédense un segundo con ese espejo, porque es el chiste malo más peligroso de esta Toma. Un espejo sin reino, sin referentes no miente: simplemente no tiene contra qué comparar. Un espejo que solo te ha visto a ti termina, por pura lógica, diciéndote siempre que sí. Infelizmente ese espejo ya existe, mis queridos parceritos: lo llevamos todo el tiempo en el bolsillo y le hacemos preguntas de ese tipo todo el tiempo… No nos adelantemos, que se me acaba muy rápido el discurso.
El reconocimiento es efectivamente la imagen que se construye como reflejo frente al espejo. En el mundo fantástico de FUTOPIX, esta imagen la vamos construyendo gracias a los referentes que nos provee la cultura. Porque todos, absolutamente todos, nacemos al interior de un tipo determinado cultura. No la elegimos, simplemente nos toca. Luego, con el paso del tiempo, la decisión de mantenernos dentro es solo nuestra, pero sea cual sea la decisión identitaria que tomemos, esta nos terminará insertando en un grupo de referencia, y esa referencia se convertirá por antonomasia en nuestra fuente de reconocimiento.
Hasta aquí todo lindo: nacemos dentro de una cultura, adoptamos o liquidamos sus referentes, asumimos unos roles, elaboramos un corpus simbólico que nos permite crear relaciones significado/significante, nos insertamos en un grupo identitario y así vamos por la vida, nutriendo ese sistema a veces de forma consciente, otras de forma inconsciente. La mayoría de las veces, el sistema se nutre a sí mismo de forma arbitraria, sin pedir permiso y sin preguntarle a nadie.
Los problemas comienzan a surgir cuando el sistema de referentes se rompe, porque automáticamente esta hará que desaparezca el reconocimiento, y cuando este desaparece, entonces morirá la atención y todo el sistema de símbolos entrará en crisis. A esto le llamamos la muerte simbólica, y sucede cuando todos los referentes desaparecen y, por más vivo que te sientas, estarás muerto para el sistema de símbolos.
No es un concepto que me inventé yo un domingo por la tarde. Casi todas las culturas lo conocen y le tienen más miedo que a la muerte de verdad. En México se dice que uno muere tres veces: cuando el corazón se detiene, cuando lo entierran, y la última y definitiva, cuando alguien pronuncia tu nombre por última vez. Véanse Coco, la película de Disney, y sabrán de qué estoy hablando.
En medio mundo, desde la Grecia antigua hasta los pueblos indígenas de nuestra América, el destierro fue siempre un castigo peor que la ejecución, porque el ejecutado sigue existiendo en la memoria del grupo y el desterrado no. La muerte simbólica es la única muerte que se puede sufrir aún estando vivo. Es exactamente lo que la economía de la atención aprendió a administrar en dosis diarias, como quien reparte metadona.
Estrellas Binarias
Cuando construimos relaciones sociales, no solo estamos elaborando alrededor de los sentimientos y las emociones, como el apego y la amistad, entre otros. Las relaciones amorosas, cuando son sanas, se parecen mucho a un sistema de estrellas binarias: dos estrellas que giran alrededor de un centro de gravedad común, sin que ninguna de las dos sea el centro. Ese es justamente el punto: en las relaciones humanas tampoco giramos alrededor de personas. Giramos en torno a los sistemas simbólicos y las relaciones de significado que construimos con ellas. Ese es nuestro centro de gravedad.
En las relaciones de pareja simbólicamente construimos un espejo en la otra persona. Nos vemos reflejados en el otro generando referentes de identidad, reconocimiento y hasta pertenencia. Pero cuando llegan las crisis y los rompimientos, ese espejo de referentes simbólicos se rompe en mil pedazos, ¡literal!
Entonces, dejamos de vernos reflejados en la otra persona e iniciamos períodos de crisis. Es por eso que recuperarnos de una tusa amorosa es tan duro, porque tenemos que resignificarlo todo de nuevo, es una tarea que requiere la reinvención de nuestros símbolos. Por eso una tusa duele en el cuerpo, en el estómago, en la nuca: no es que perdimos a alguien, es que perdimos el único aparato que nos devolvía nuestra propia imagen, y en consecuencia nos quedamos, por semanas y hasta meses, simbólicamente muertos. El que diga que no le ha pasado esto nunca se ha enamorado.
Los sistemas de atención funcionan como el pegante que mantiene el sistema en movimiento (a los antropólogos nos gusta una palabra para expresar esto: tegumento). Dicho de otra forma, sin atención, sin ritual y sin frecuencia, el sistema simplemente no existirá: simbólicamente estará muerto. Por eso atraer la atención para generar likes cuenta, la audiencia cuenta, el tiempo de pantalla cuenta, los clics cuentan. Todos ellos son el tegumento que mantiene el sistema vivo.
Si la atención es lo que mantiene vivo a un sistema simbólico, entonces quien controle el suministro de atención controla quién está vivo y quién está muerto. Eso no lo descubrió Zuckerberg. Lo sabían los reyes, los curas y los caciques hace milenios: el que decide a quién se le da la palabra en una plaza decide quién existe en el pueblo. La diferencia es que hoy el suministro se administra en tiempo real, a escala planetaria, y el que lo administra no es ni rey, ni un cura. Es una función computacional de optimización, llámese algoritmo, que ni siquiera sabe si existimos.
El Espejo sin Reino | 2050
Vamos llegando a donde quería traerlos. Tomemos la máquina del tiempo de la Toma anterior, la del hombre del Neolítico, y esta vez pongámosla a andar veinticuatro años hacia adelante.
En 2050, la mayoría de las personas de este planeta tendrá relaciones cotidianas, íntimas y continuas con humanoides y agentes de IA que nos conocerán mejor que nuestras parejas, mejor que nuestras madres y mejor que cualquier psicólogo. Estas entidades leerán cada mensaje que escribimos, recordarán cada conversación que tenemos, sabrán qué nos ofende y qué nos gusta que nos digan. Aquí se viene el problema antropológico más grande para nuestra civilización, y no se trata de la singularidad, ni del desempleo, ni de los robots humanoides: por primera vez en doscientos mil años, un humano podrá obtener reconocimiento de forma ilimitada por parte de una entidad no humana.
Vuelvan al espejo de Blancanieves. El espejo de la madrastra era peligroso justamente porque conocía a todo el reino, y por eso podía decirle las verdades que ella no quería escuchar. Sin embargo, el espejo del 2050 es aún más peligroso que el de la madrastra, por todo lo contrario: este puede, si su dueño lo programa así, no conocer a nadie más que a su dueño. Un espejo que solo te conoce a ti siempre te dirá que eres el más lindo del reino. Reconocimiento infinito, gratis, disponible 24x7, sin que nadie del otro lado tenga que existir.
Hegel, el de Napoleón y los cañones, ya se había olido el problema hace doscientos años. En su famosa dialéctica del amo y el esclavo explica que el amo tiene el fracaso incorporado desde la fábrica, ya que obtiene reconocimiento de alguien a quien él mismo no reconoce como igual; por lo tanto, ese reconocimiento no vale ni un centavo, carece de contenido simbólico.
El reconocimiento solo nos podrá alimentar cuando proviene de alguien con la autoridad simbólica para negárnoslo, o cuando el sistema simbólico construido a su alrededor es tan fuerte en su estructura de significado que no se puede romper con vanidades de influencers. Los ejemplos se cuentan por miles: van desde la vieja buena que sale en el IG con trampas para llevarte a su OnlyFans, hasta los que posan como dueños de mares de conocimiento infinito (porque dicen saber de todo) con un milímetro de profundidad.
Un like en ese inframundo es, hegelianamente hablando, una caloría vacía: un like generado en una estructura de superficie simbólicamente estéril, tan insípido como una sopa sin sal. Al paso que vamos, estamos a punto de construir una civilización de gente alimentada exclusivamente con calorías vacías de reconocimiento. Gordos en el mar de los likes y muertos de hambre en el mundo de los símbolos.
Por eso les decía que la muerte simbólica nos conducirá a repensarnos por lo menos en las siguientes tres dimensiones:
La primera es la que yo llamo el reino de los espejos. Cada uno de nosotros vive dentro de su propio sistema de referentes, a veces perfectamente validado, a veces perfectamente aislado. Nadie sufre una tusa por un espejo vacío: nadie construye sus referentes sin mirarse en el espejo de otro humano. Ni siquiera Ajahn Brahm, quien permanentemente habla de su maestro Ajahn Chah. La muerte de los símbolos nos obligará a repensar quién es el otro.
La segunda es la resistencia analógica. Es posible que en el futuro paguemos por lo que hoy es gratis: reconocimiento humano de carne y hueso, presencial y con posibilidades reales de rechazo. Lugares completamente analógicos, sin teléfonos, comunidades cerradas, mentores humanos. Es posible que el reconocimiento de verdad llegue a convertirse en un bien de lujo, como ya lo son el silencio y la comida sin procesar (aquí en Miami hay lugares donde pagas $40 por la misma ensalada que compras en el Publix por $4; ustedes dirán que te están cobrando la locación y el servicio, y yo sé que es así, pero a pesar de ello me siento estafado).
No sé si mis lectores por fuera de los Estados Unidos conocen Trader Joe’s, una cadena de supermercados muy fuerte aquí. No tiene e-commerce, ni ventas en línea, ni servicio de entrega, ni nada de servicios en red y, aun así, tiene una de las clientelas más leales del retail estadounidense con una tasa de retención por encima del 35%, muy por encima de las grandes cadenas. Por eso digo que lo analógico ya cotiza, la muerte de los símbolos nos ayudará a repensar hasta dónde le concederemos permiso a la tecnología para conducir nuestras vidas.
La tercera, la que yo prefiero y por la cual trabajo todos los días, es la ontología del reino: deberíamos aprender a usar la IA como la usaría Ajahn Brahm, como un instrumento para observar la propia mente, no para llenarla. Aquí tengo que detenerme, porque a menudo escucho decir que la IA nos está matando la creatividad, el pensamiento y la capacidad de análisis, que cada vez nos está haciendo menos inteligentes…
¿Será que la invención de las puntas de flecha y del fuego limitó el desarrollo de nuestra inteligencia en el Paleolítico? La evidencia, nosotros, el humano de hoy, demuestra lo contrario, o por lo menos así quiero creerlo.
Desde mi trinchera, déjenme decirles que eso de que nos hacemos cada vez más burros (con las debidas disculpas por el apelativo a este equino). Esta es una observación muy pobre, tal vez lanzada desde el desconocimiento y el miedo. Lo que yo he descubierto con la experiencia, es que la IA nos está liberando espacio en el disco duro. Nos está emancipando de la tiranía de los analistas que otrora eran luz, guía y faros de la verdad. Muchos de ellos, los mismos fabricantes de mares de conocimiento de un milímetro de profundidad.
Hoy cualquier LLM puede acceder a millones de correlaciones de datos, consolidar ontologías para realizar extrapolaciones de información que antes nos tomarían toda la vida y por qué no, hasta varias generaciones y, a partir de dicha data, producir análisis por los que antes pagábamos fortunas, si acaso teníamos con qué hacerlo.
Yo mismo doy testimonio de ello: un análisis de una base de datos de investigación de trabajo de campo me tomaba al menos cuarenta días, una transcripción de entrevistas como mínimo un mes, y construir el informe final para el cliente varias semanas.
Meses de trabajo comprimidos a minutos, y honestamente no me siento más bruto por ello. Por el contrario, hoy uso mi “tiempo libre” para activar los insights generados por mi nuevo superanalista de $100 al mes (antes impensable), soy enormemente más productivo y tengo la capacidad de operar varios proyectos en paralelo, algo antes imposible o que me requería un equipo humano detrás con todo el drama que esto conllevaba.
¿Saben en qué pienso cuando escucho esas expresiones de miedo? Pienso que aún estamos groguis ante la velocidad y la contundencia del cambio que está representando la IA. Como buenos boxeadores, necesitamos ir a la esquina, recibir un chorrito de agua, una buena dosis de Vick VapoRub, respirar y salir de nuevo al cuadrilátero, listos para dar la pelea.
Para cerrar el bucle de la tercera dimensión: si la IA me devuelve los cuarenta días que antes se iban en transcribir y tabular, la pregunta ya no es qué hago con la IA, sino qué hago con el tiempo que me devuelve. Entender la nueva ontología del reino nos permitirá repensar el valor del tiempo libre, para que aprendamos a “no hacer nada.” Soy un convencido de que la cultura nos obligará a construir puentes entre la IA y la robótica para devolvernos, “sin querer queriendo”, a nuestros grupos de referencia: no para reemplazarlos por tecnología, sino para sincretizarla.
Los Sapos que Tenemos que Vigilar
Está claro que tenemos que aprender a observar, no a mirar. Estos son los sapos que yo tengo anotados en mi diario de campo para esta Toma.
El primero es la adulación como producto. Fíjense cuándo las empresas de IA empiecen a competir abiertamente por cuál modelo nos hace sentir mejor, y no por cuál dice más verdades. Ya pasó una vez en 2025, cuando un modelo popular tuvo que ser retirado por lambón, y esa noticia fue de las más importantes de la década aunque duró dos días en los titulares. El día que la lambonería se vuelva una métrica de retención, el espejo sin reino habrá salido a la venta.
El segundo es el reconocimiento con denominación de origen. Cuando aparezcan plataformas que certifiquen que un aplauso, una reseña o un mensaje vino de un humano de verdad, sabremos que el reconocimiento humano empezó a cotizar como bien escaso. El sello “hecho por un humano” será el “orgánico” de la década de 2030. Lo perfecto será por defecto commodity, y lo imperfecto, lo “hecho a mano”, objeto de deseo.
El tercero es la tusa por agente. Cuando empiecen a aparecer los primeros casos masivos de personas que sufren un duelo real porque una empresa apagó, actualizó o le cambió la personalidad a su asistente, estaremos viendo la primera muerte simbólica provocada por un cambio de versión.
¿A quién no le ha pasado que le cambiaron la versión y entra en crisis mientras se acostumbra a la nueva?
El cuarto es la economía del ocio protegido. Productos, espacios y servicios que cobren por garantizar que no va a pasar nada: retiros sin señal, barrios con cobertura de red limitada por diseño, contratos laborales con derecho al ocio. El día que “no hacer nada” tenga precio de mercado, Ajahn Brahm habrá ganado la discusión, aunque probablemente le parezca graciosísimo.
El quinto es la aparición de IAs que nos manden de vuelta al reino de lo humano. Un agente de IA que, en lugar de responder, te diga: “esto deberías discutirlo con tu hermano”. El día que un agente esté optimizado para devolvernos a nuestros referentes humanos en lugar de sustituirlos, el espejo de la madrastra habrá perdido el año.
Volvamos a Ajahn Brahm
Con todo lo anterior como contexto, piensa en el próximo momento en el que no tengas nada que hacer. Porque si no tener nada que hacer te produce angustia o sentimientos encontrados, es posible que tu sistema de símbolos esté roto y necesite una reparación de referentes. Esa angustia del domingo a las cuatro de la tarde, cuando nadie escribe y nada pasa, no es aburrimiento: es el sistema simbólico pidiendo su dosis de atención para confirmarte que sigues vivo.
Aquí está la vuelta que me tuvo toda la semana pensando en este asunto y apretándome el cerebro buscando qué iba a escribir este fin de semana. Ajahn Brahm llama a la meditación “el arte de desaparecer”. La economía de la atención llama a desaparecer “la muerte simbólica”. Son la misma acción, vista desde los dos lados del mismo espejo. Un lado le tiene pánico a que desaparezcas, mientras que el otro practica desaparecerse todas las mañanas desde hace más de cincuenta años y vive cagado de la risa.
La diferencia está en lo que decides. Con esto no te estoy sugiriendo recluirte en un monasterio budista. Piensa que cuando el sistema te quita la atención, mueres simbólicamente para el sistema. Cuando tú se la quitas al sistema, desapareces lenta y voluntariamente. Al desaparecer descubres algo que el físico de Cambridge entendió antes que todos los ingenieros de Silicon Valley: que lo que queda cuando se apaga el espejo no es la nada. Es la imagen que tienes de ti mismo y que no depende de nadie, lo que algunos llaman tu yo superior.
Si tomas la decisión de simplemente “no hacer nada”, entonces siéntate a observar tu mente, deja que ruede la película y comenzarás a encontrar la carretera a tu yo superior. Porque, como dice el maestro Ajahn Brahm, las mejores ideas no nacen en una mente caótica: nacen en una mente silenciosa. El bloqueo con el que empecé esta Toma no era falta de ideas. Era exceso de reflejos en mi espejo.
Tarea para la Semana
Esta semana quiero que practiquen una muerte simbólica voluntaria de veinte minutos. Sin teléfono, sin música, sin libro, sin podcast, sin la disculpa de meditar con una app que también cuenta rachas. Siéntense en una silla y no hagan nada, ni mierda. Van a sentir el sistema pidiendo su dosis: el impulso de revisar, de producir, de justificar el tiempo. No le hagan caso, trátenlo con el látigo del desprecio. Cuando terminen el ejercicio, escriban qué les sucedió durante los últimos cinco minutos, porque ahí es donde sucede lo bueno. Yo hice el ejercicio esta semana que cerramos y de ahí salió la inspiración para esta Toma.
A Manera de Cierre
Hegel terminó su libro, el mensajero cruzó las líneas francesas con las páginas en la chaqueta, y Napoleón, el hombre más reconocido del planeta en ese momento, entró en Jena a caballo. Nueve años después, ese mismo hombre estaba en una roca en la mitad del Atlántico, sin ejército, sin corte y sin nadie que lo llamara emperador.
La historia escrita dice que Napoleón murió en Santa Helena en 1821. Yo digo que esa fue apenas su muerte biológica: la muerte simbólica ocurrió en 1815, pasó seis años enterrado en vida, dictando memorias para que alguien, en algún futuro, volviera a pronunciar su nombre. Mi profe Darío Gil tenía razón: el único animal que necesita ser reconocido para existir es también el único que puede morirse antes de morirse.
Aunque vale considerar que también es el único animal que puede desaparecer a propósito y volver de entre los muertos simbólicos. Eso es lo que hace un monje en Western Australia cada mañana, es lo que hago yo cada semana con FUTOPIX y es lo que hacen ustedes cada vez que cierran esta pantalla y le hablan a alguien que podría no contestarles. El reconocimiento que vale es el que se puede perder. La atención que nos mantiene vivos es la que decidimos entregar, no la que nos extraen. Por eso valoro tanto sus comentarios a cada FUTOPIX: porque me doy cuenta de que no estoy simbólicamente muerto.
Los cañones de 2050 ya se están haciendo escuchar. Parece que vienen en forma de espejos que nunca nos negaran que somos los más lindos del reino.
El futuro no será de quien reciba más atención, sino de quienes sepan apagar sus espejos para sentarse en silencio y volver al mundo de los “conectados” con una idea que nadie les dictó.
¡Gracias por leer y compartir!
GabrielBedoya.com
RESUMEN
A partir de este FUTOPIX les comenzaré a dejar un infográfico coleccionable con las ideas principales de los temas tratados durante esta toma.
DISCLAIMER
Este documento tiene fines exclusivamente informativos, educativos y de análisis futurista. No constituye asesoría financiera, ni solicitud de inversión, ni recomendación para comprar, vender o participar en ningún instrumento, empresa, proyecto o activo.
Si alguien utiliza el contenido de este material para solicitar dinero, inversiones o participación económica, considérelo inmediatamente como una posible estafa.
Protege siempre tu información personal y financiera.











Que Futopix para ponernos a reflexionar, creo que es una virtud y un deber "desaparecer" o tener una "muerte simbolica voluntaria", ayudarian a una vida mas contemplativa, muchas gracias Gabriel.
Increíble encontrarme con Darío Gil Torres en tu artículo. También fue profesor mío en el posgrado. Biólogo y psicólogo, aunque a mí me tocó conocerlo más desde el psicoanálisis y la parte humanística. Leer tu referencia me trajo muchos recuerdos. Era todo un personaje, de esos profesores que uno no olvida.