El Loquito del Barrio
Ya no sé cuántas veces les he contado en FUTOPIX que no escribo estas palabras para nadie en particular. Nadie me las encarga, nadie me las patrocina, nadie me paga por ellas; no tengo sponsors ni cosas por el estilo. Escribo este blog porque es un ejercicio de pensamiento para mí. Me gusta mucho hacerlo, porque es algo así como llevar mi cerebro al gimnasio.
Desde muy chico vi el mundo de una forma diferente a como lo veían mis amigos, ya les he contado toda mi locura con el tema OVNI, algún día escribiré más de ello. Yo siempre iba en contravía de todos y no lo hacía porque pensara que era más inteligente que los demás, ni porque me creyera genio o disruptivo. Hoy llamo ese comportamiento por su nombre: ¡rebeldía!
Esa rebeldía me costó amigos, relaciones familiares, muchos, muchísimos problemas con mi padre y demasiados tropeles con mis jefes. A menudo les recuerdo a mis hijos el costo que hay que pagar por ser distinto. Ojo: distinto, no diferente; ya hemos hablado en otros FUTOPIX de que diferente y distinto no son lo mismo. Por eso digo que ser distinto a veces tiene un costo tenaz. Es estar preparado, primero, para recibir todo el bullying del mundo, por ejemplo en la escuela, y luego grandes sobredosis de rechazo.
Yo era el pelao punkero-metalero en una familia ortodoxa convencional. Las niñas no me miraban, tuve mi primera novia en serio bien entrados los veintes, los pelaos bien del barrio me sacaban el cuerpo, porque nadie quería andar con el gamín de la cuadra, y las señoras de blower intenso y peinado alto de color jugo de mora me escurrían el bulto por temor a que les fuera a robar la cartera.
De sardino (léase teenager, para los que me leen desde otras geografías) yo era un bicho raro que andaba con manes más grandes que yo, rockeros de verdad, puros green seals del heavy metal, no casposos como los de ahora, que se creen malandros por saberse una canción de Metallica. Como me decía mi mamá: «¡Deja de andar la calle con esos peludos, que hasta “marihuaneros” serán!». Yo con esas pintas recorrí el barrio y visitaba pogos hasta bien entrada la madrugada. (Nota aclaratoria: no éramos marihuaneros, solo unos pelaos sollaos).
En esa época no había feed de redes sociales. La música no la rotábamos de mano en mano, en casetes regrabados hasta veinte veces, con las carátulas fotocopiadas y los nombres de las canciones escritos con letra de colegio.
La vida avanzó, nos volvimos universitarios, novios, luego maridos, padres, y lo mejor de todo es que el rock, la música de peludos, nunca nos dejó, por lo menos a mí no. Esa onda de mechudos se ha mantenido como la banda sonora de mi vida, una rémora amiga que me acompaña adondequiera que vaya. Hoy digo de forma jocosa que el pelo largo me crece hacia adentro, porque el peludo rockero está intacto. Por más que el sistema me sometió a la incomodidad del saco y las corbatas, al pelo corto y a comportarme de acuerdo con lo que recomienda el statu quo, la rebeldía siempre ha mantenido ahí, escoltándome, recordándome quién soy y por qué estoy aquí.
Hoy este FUTOPIX se trata de hacerles una invitación a mantener viva la rebeldía, justo en el momento de la historia en que es más fácil perderla sin darnos cuenta.
Para eso necesito volver a una explicación que les estoy debiendo. Diferente es escoger otro color del mismo menú, distinto es salirse del menú. El mundo que viene nos está ofreciendo infinitas maneras de ser diferentes: camisetas personalizadas, playlists a la medida, avatares de mil colores. Lo que nos va a costar cada vez más es ser distintos. Desarrollemos el tema, para explorar qué nos traerá el futuro y cómo vamos a sacar a pasear esa forma de decirle a todos los iguales que ser distinto nada tiene que ver con ser diferente.
Antes de arrancar, una confesión, porque si no la hago yo ya, me la van a hacer algunos en los comentarios, en el chat o en las redes sociales. ¡Sííííííí! Yo uso inteligencia artificial todos los días, ya prácticamente no puedo trabajar sin ella. La uso para investigar, para ordenar ideas, para programar, para editar, para buscar fuentes, para producir imágenes, etc. Hace unos meses les conté en La espada y el compañero que Claude Code había sido para mí el punto de inflexión en mi vida, y hoy lo sostengo de frente.
The Disruption, Antes de que la Promediaran
En uno de los momentos más interesantes de la vida, llegué a trabajar como planner en la reconocida red publicitaria TBWA. Les confieso de corazón que la oportunidad de entrar en esta red me cayó como anillo al dedo, porque lo que aprendí aquí me ayudó a continuar forjando el pensamiento rebelde y cambió mi forma de ver el mundo para siempre. Como decía Séneca, citando a Cleantes: «El destino guía al que lo acepta y arrastra al que se resiste» (Ducunt volentem fata, nolentem trahunt). En mi caso personal el destino me llevó directo a la fuente. Por eso quiero traerles el siguiente contexto histórico para que sepan de qué les estoy hablando.
El 1 de mayo de 1992, los lectores del Wall Street Journal, del Frankfurter Allgemeine y de Le Figaro se encontraron con un aviso de una página entera que no estaba vendiendo ni carros ni perfumes. Vendía una concepto: Disruption. Detrás de este estaba un publicista francés conocido como Jean-Marie Dru, director de la agencia BDDP y años después presidente de TBWA.
Hasta hoy en día, la palabra disruption es bastante fea, tanto en inglés como en español (disrupción). Entiéndase como interrupción, desorden, detención, partición. Lo bonito de la historia es que J. M. Dru le dio la vuelta, le concedió un sentido positivo y, como buen francés con un olfato comercial de perro sabueso, la registró como marca en más de doce países. Cuatro años después la convirtió en libro: Disruption: Overturning Conventions and Shaking Up the Marketplace (1996). Se los recomiendo, obligatorio para quien quiera entrar en el mundo del mercado y de las comunicaciones comerciales, como dirían los gringos, «a must-have».
Me atrevo a pensar, y esto lo digo sin ninguna prueba ni evidencia, que J. M. Dru pudo haberse inspirado en otro capo de la estrategia, Kenichi Ohmae, porque Disruption book y La mente del estratega tienen sus paralelismos.
La idea central de Dru es muy sencilla y, para mi gusto, muy antropológica. Toda categoría vive de convenciones: cosas que todo el mundo hace porque todo el mundo las hace. Los bancos hablan con voz de notario diciendo que están para ayudarte, que son tu mejor amigo, los carros se anuncian en carreteras vacías, los perfumes se venden con gente semidesnuda mirando al horizonte.
El método de Dru tiene tres grandes componentes: identificar la convención, imaginar una visión de hacia dónde podría ir una marca y hallar la disrupción, que es el salto que rompe la convención. Ojo con el matiz: no es romper por romper, es romper con dirección. (Pocos años después, Clayton Christensen, desde Harvard, popularizó la disruptive innovation, que es otra cosa: el recién llegado que entra por abajo del mercado y se va comiendo a los grandes. Muchos los confunden; a pesar de las similitudes, no son lo mismo).
Ahora fíjense en esto, lo que J. M. Dru llama «convención», un estadístico podría llamarlo «el promedio de la categoría». Lo que me deja cabezón al respecto es que acabamos de construir la máquina más eficiente de la historia para producir convenciones. No es sino que le preguntemos a cualquier IA cómo se escribe un correo de ventas, cómo se diseña un logo para una fintech o cómo arranca una charla motivacional, y nos va a devolver, de manera impecable, la convención.
Aquí vienen más ironías, yo no conozco palabra más gastada que innovación y disrupción. Muy a mi disgusto y después de sumergirme en la metodología y los libros de J. M. Dru, puedo dar fe de que el concepto disruption ha sido promediado. No hay pitch deck, perfil de LinkedIn ni rueda de prensa de startup alguna que no se declare «disruptivo». El concepto que nació para romper convencionalismos se convirtió en la convención más repetida del mundo de los negocios. Por eso, al comienzo de esta Toma, les decía que yo nunca me he sentido disruptivo: lo mío tiene un nombre más viejo, más callejero. Mi rebeldía fue disrupción antes de que le pusieran al concepto el logo de marca registrada.
La Mandolina
A finales de 1956 en la Ciudad de México, un muchacho de Medellín de apenas veinticuatro años, alumno de la Academia de San Fernando en Madrid, estaba dibujando una mandolina. En algún momento, tal vez por error, le traza la abertura a la caja de resonancia del instrumento demasiado pequeña, pasando algo raro. El instrumento, de repente, se infla. El contraste entre el contorno generoso y ese huequito diminuto hace que la mandolina parezca enorme, monumental, como si ocupara más espacio del que le corresponde en el mundo, ese fue el día en que nació el estilo de Botero.
Detengámonos ahí por unos instantes para analizar que el estilo de uno de los pintores más reconocidos de América Latina nació de un error de proporciones, de una desviación de lo «correcto». Años después, el maestro Botero repetiría hasta el cansancio que él no pintaba gordas, que lo suyo era el volumen. Yo diría algo más, Botero pintaba contra el promedio.
Ahora les voy a cambiar de tercio con otra historia, y para ser honesto con ustedes, tengo que empezar defendiendo al enemigo, porque a veces el promedio no es un villano, a veces se viste de héroe.
La siguiente historia es un clásico de la antropología, en 1907, un primo de Charles Darwin llamado Francis Galton (estadístico brillante, fundador de la eugenesia, que no es cualquier lagaña de mico) publicó en la revista Nature un artículo titulado «Vox Populi». En el documento Galton reseñaba que en una feria de ganado en la ciudad de Plymouth, Inglaterra, la gente pagaba seis peniques por adivinar cuánto pesaría un buey una vez sacrificado y arreglado. Para matar la curiosidad del porqué la gente hacía esto, Galton recogió 787 papeletas de las apuestas, hizo sus cuentas y encontró algo que lo dejó pensativo: la mediana de las apuestas fue que el animal pesaría 1.207 libras, y el buey pesó 1.198, la multitud se equivocó por menos del uno por ciento.
Carniceros, granjeros, curiosos, cada uno con su sesgo, su experiencia y su ojímetro. Sin embargo, juntos, casi perfectos. Así que concedo el punto sin pelear: la dictadura del promedio funciona. Pero ojo con la letra menuda, porque ahí está el meollo del asunto. El promedio funcionó porque cada persona escribió su número solito, en su papelito, sin ver lo que había escrito el vecino. Funcionó porque las opiniones eran diversas e independientes. La sabiduría no estaba en el promedio; estaba en la diversidad que el promedio resumía.
Hoy los voy a poner a pensar un poquito más que de costumbre porque les voy a fragmentar las historias, como en los realities cuando se demoran para declarar al ganador del concurso, y el ganador es…
El Piloto que no Existía
En esta Toma se me va a ir la mano en gallina, porque les voy a traer más historias de lo normal para poder desarrollar la idea central. Entonces, con el permiso de todos, me voy a despachar con otro relato de historias militares. A finales de la década de 1940 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tenía un problema que no lograba explicar: los pilotos estaban perdiendo el control de los aviones por un problema en las cabinas, estas las habían diseñado en 1926 con base en las medidas ergonómicas del promedio de los pilotos de la época, por lo que alguien pensó que quizás los cuerpos de los aviadores habían cambiado.
Entonces, en 1950, en la base Wright, en Ohio, se dieron a la tarea de medir 4.063 pilotos, en un claro ejercicio de antropometría. Aquí entra en escena un colega: Gilbert S. Daniels, un muchacho de veintitrés años recién graduado en antropología física de la Universidad de Harvard. Daniels tomó las diez dimensiones más relevantes para diseñar una cabina y definió «promedio» con bastante generosidad, luego contó cuántos pilotos caían en ese rango de las diez medidas, la respuesta fue: cero, ¡plop!, ni uno solo de los 4.063.
Si uno miraba apenas tres dimensiones, menos del 3,5 % pasaba la prueba, el piloto promedio, para quien se habían diseñado todas las cabinas, simplemente no existía. Todd Rose, de Harvard, cuenta esta historia en su libro The End of Average y saca la conclusión que nos interesa para este FUTOPIX… cuando uno diseña para el promedio, está diseñando para nadie. Cada uno de nosotros tiene un perfil disparejo, somos más grandes en unas cosas y más chiquitos en otras, eso no es un defecto del diseño humano: es el diseño humano, por eso me gusta tanto hablar de diseño centrado en el humano (Human-Centered Design - HCD).
Pero ojo que aquí es donde está la trampa. En 1990, Judith Langlois y Lori Roggman hicieron el ejercicio de tomar fotos de rostros humanos, los promediaron digitalmente, y descubrieron que la gente calificaba esas caras promedio como más atractivas que casi todas las caras reales que las componían. (El método de ellas ha sido criticado, pero el hallazgo general se volvió clásico). El promedio no se siente como una prisión, se siente bonito, se siente cómodo, se siente correcto.
Con la IA pasa algo parecido, lo que voy a relatarles sucede muchísimo, y lo entenderemos inmediatamente quienes editamos nuestros textos con la asistencia de IA. En 2024, Anil Doshi y Oliver Hauser publicaron en Science Advances un experimento en el que unas personas escribían cuentos cortos con ayuda de ideas generadas por IA. Los cuentos individuales salieron mejor calificados, más novedosos, más útiles. Pero cuando los miraron en conjunto, los cuentos asistidos por IA se parecían mucho entre sí, las figuras literarias, las metáforas, las cadencias, las conclusiones. Vistos de forma independiente, eran textos excepcionales, todos juntos se empobrecían entre sí. Los autores lo llamaron, con toda razón, un dilema social. Es por eso que yo le tengo prohibido a mi asistente de IA corregir mi estilo, mis malos chistes y hasta mis errores ortográficos, pero créanme que no es fácil, la IA a veces hace lo que le da la gana.
Ahí está el desafío de la dictadura del promedio: no te obliga a nada, te mejora, pero te convierte en el promedio. La IA no nos volverá brutos, como muchos dicen, nos volverá parecidos. Ser parecidos es lo peor que nos podrá pasar, porque nadie se da cuenta que ha perdido la distintividad hasta que se para frente al espejo de un mar de clones.
Cuando la multitud se mira al espejo
¿Se acuerdan que les dejé bailando la historia del buey de Galton? En el 2011, un grupo de investigadores de la ETH de Zúrich, liderados por man llamado Jan Lorenz, hizo la prueba que le faltaba a Galton.
Le pidieron a varios grupos estimar cantidades y, en algunos casos, les dejaron ver lo que estaban respondiendo los demás. El resultado del experimento fue publicado en PNAS, y es como para enmarcar: basta una influencia social leve para que la diversidad de las respuestas se reduzca, sin que la precisión del grupo mejore. Lo más inquietante de todo es que la gente terminaba más segura de sí misma. Menos diversos, igual de equivocados y más confiados. Si eso no describe un día cualquiera en las redes sociales, no sé qué lo describirá.
Ya sabemos que la presión del grupo pesa. En los famosos experimentos de Solomon Asch en los años cincuenta, cerca del 75 % de los participantes se dejaron llevar por la mayoría al menos una vez, aun cuando la respuesta correcta estaba frente a sus ojos. Mucho antes, en 1835, Alexis de Tocqueville escribía sobre los Estados Unidos: «No conozco ningún país en el que haya tan poca verdadera independencia de pensamiento y libertad de discusión como en América» (traducción mía). Para Tocqueville, la tiranía de la mayoría no necesitaba cadenas: «el cuerpo queda libre, y el alma es esclavizada» (traducción mía).
Lo nuevo es el mecanismo de inducción. La vieja tiranía de las mayorías te castigaba después de que hablabas. La nueva tiranía no necesita castigarte: simplemente te muestra la respuesta primero. Mi papá me echaba un chiste que decía… ¿de qué color es el caballo blanco de Bolívar? Por eso hoy antes de que uno piense qué opina de una película, ya ha visto su puntaje. Antes de escribir un correo, el sistema ya te sugiere cómo terminarlo. Antes de buscar música, el feed ya decidió lo que te va a gustar, etcétera, etc.
Kyle Chayka lo documenta en Filterworld (2024), donde escribe que, aunque los algoritmos prometen personalización, el resultado neto es una homogeneización de la cultura. Ahí está, por cierto, mi distinción de arriba en versión industrial: el algoritmo te vende diferencia y te cobra en distinción. Chayka cuenta, por ejemplo, cómo muchos músicos ahora ponen el gancho de la canción justo al comienzo, porque el que no engancha en los primeros segundos se lo salta el feed. Para que no me acusen de echarle toda la culpa al algoritmo: un estudio publicado en Scientific Reports en 2012 por Joan Serrà y sus colegas ya había encontrado que la música pop occidental se había vuelto más homogénea en timbre y más ruidosa entre 1955 y 2010, mucho antes de que existiera el streaming como lo conocemos. La tendencia es vieja, el algoritmo no la inventó; simplemente la amplificó y le metió un turbo.
La máquina de promediar
Ahora sí, hablemos de la máquina. Un LLM o modelo de lenguaje es, simplificándolo mucho, un aparato que predice la palabra más probable dada toda la escritura humana que se ha tragado. Lo más probable es, por definición, lo más común. Eso lo hace utilísimo y, al mismo tiempo, lo convierte en la herramienta de promediar más poderosa que hemos construido.
[IMAGEN 6 · La máquina de promediar | Prompt: Una inmensa máquina industrial futurista, mitad embudo de acero y mitad centro de datos, en una nave blanca y luminosa. Por la boca superior entran miles de papeles manuscritos de todos los colores, idiomas y caligrafías: cartas, recetas, poemas, coplas, letras de canciones. Por la salida inferior sale una sola cinta continua de hojas idénticas, grises y perfectamente tipografiadas. Un pequeño operario humano observa desde una pasarela. Estilo: render fotorrealista cinematográfico, fondo claro, luz volumétrica, acentos naranja llama en las luces de la máquina, alto detalle. --ar 16:9 --v 7]
Las señales débiles ya están ahí. En un estudio de Cornell presentado en la conferencia CHI de 2025, 118 participantes de India y Estados Unidos escribieron con y sin sugerencias de un modelo de IA. Con las sugerencias, la escritura de los participantes indios se fue corriendo hacia estilos occidentales: sus referencias culturales, su manera de decir las cosas, se diluían hacia el centro.
En 2025, Dmitry Kobak y sus colegas analizaron más de 15 millones de resúmenes de artículos biomédicos y detectaron un exceso súbito de ciertas palabras de estilo, como «delves» (algo así como «profundiza»), que se dispararon en 2024. Su conclusión: al menos el 13,5 % de los resúmenes de ese año pasaron por un modelo de lenguaje. La ciencia, que debería ser el reino de la precisión, empezó a sonar igual.
Para aquellos que me preguntan qué hacemos los antropólogos, yo suelo responderles: Observar… no ver, ni mirar. Observar para encontrar las recurrencias y señales débiles, por esto los textos escritos con IA se delatan tan fácilmente, porque no pasan el filtro humano de un antropólogo observador, cazador de recurrencias, de circularidades semánticas, de repeticiones literarias.
Porque estas no se repiten solo en el estilo, también en las opiniones sospechosamente cercanas al promedio. Un trabajo de Shibani Santurkar y su equipo en Stanford, presentado en 2023, comparó las opiniones que expresan los modelos de lenguaje con las encuestas del Pew Research Center y encontró desalineaciones importantes frente a la población estadounidense en general. Es decir, la máquina no refleja «a la gente»; refleja una mezcla particular de gente, y nos la devuelve como si fuera el sentido común. En marzo de este año, Zhivar Sourati, Alireza Ziabari y Morteza Dehghani publicaron en Trends in Cognitive Sciences un artículo de opinión que pone todo esto en una sola frase: el uso masivo de los modelos de lenguaje puede estandarizar el lenguaje, las perspectivas y el razonamiento, marginando las formas de pensamiento minoritarias o culturalmente específicas.
Aquí tengo que ser crudo: ninguno de estos estudios midió el español, y mucho menos el español paisa. Lo que sigue es una extrapolación mía, no un dato sacado de ningún estudio. Porque si la escritura de un estudiante de Delhi se corre hacia Ohio, ¿qué le pasará al «eso es mucho cuento», al «¡ave María, pues!», al «qué berraquera», cuando el autocorrector, el asistente y el traductor nos empujan todos los días hacia un español neutro, sin acento, sin pueblo? Les dejo el reto en los comentarios: escriban un párrafo en su español de toda la vida, pídanle a su IA favorita que lo «mejore», y cuéntenme qué palabras sobrevivieron. Por eso a mi editor de IA lo mantengo encadenado, aunque a veces también se rebela.
Esto, por cierto, ya lo había rozado en Por qué nos cuesta pensar en grande, cuando les decía que pensar grande implica romper el acuerdo psicológico del promedio; hoy les traigo la versión estadística de ese acuerdo.
La serpiente que se come la cola
En julio de 2024, Ilia Shumailov y otros de sus colegas publicaron en Nature un estudio con un título que parece de película de terror: los modelos de IA colapsan cuando se entrenan con datos generados de manera recursiva. Hicieron que un modelo aprendiera de los textos de otro modelo, y luego otro de ese, y así generación tras generación. ¿Qué pasó? Lo primero que desapareció fueron las colas de la distribución: los casos raros, lo inusual, lo poco frecuente. Después, en el colapso tardío, el modelo terminaba convergiendo hacia una especie de punto fijo, con muy poca variación. Una serpiente que se come su propia cola hasta quedar convertida en un puntico.
Ahora, la letra menuda, que en esta Toma ha sido protagonista. Ese experimento es un escenario extremo de laboratorio: los investigadores entrenaron los modelos de forma indiscriminada con contenido generado por máquinas, reemplazando los datos originales. Ese mismo año, Matthias Gerstgrasser y otro grupo de investigadores mostraron que el colapso no es inevitable: si los datos sintéticos se acumulan junto a los datos humanos reales, en lugar de reemplazarlos, el deterioro se mantiene bajo control.
Fíjense en lo que esto significa. La máquina, para no enloquecer, necesita lo mismo que necesitaba el buey de Galton: diversidad real, humana e independiente. Somos la cola de la distribución estadística, y las colas son lo primero que desaparece. Pero al mismo tiempo somos el antídoto, la máquina se alimenta de nuestras rarezas, por eso el día que dejemos de ser raros, hasta ella se morirá de hambre.
Tres Acordes y un Casete
Déjenme volver un momento al barrio, porque aquí mi historia personal y la estadística se dan la mano. El punk, ese que sonaba en nuestra grabadora sagrada, fue en el fondo una tecnología en el sentido más amplio de la palabra, una technē: una técnica para producir desviación con muy pocos recursos. Tres acordes, una guitarra mal afinada, un fanzine fotocopiado, un casete regrabado infinitas veces. Mientras el rock de estadio de los setenta se volvía cada vez más pulido, más largo, más virtuoso y más parecido a sí mismo, unos pelaos sin plata decidieron que el error era el mensaje. Do it yourself, hazlo tú, y hazlo mal si toca, pero hazlo tuyo.
Medellín entendió eso a su manera. En 1990, Víctor Gaviria llevó a Cannes Rodrigo D. No futuro, una película filmada con muchachos de las comunas, actores naturales, con el punk como banda sonora y como grito. Era la ciudad más violenta del mundo diciéndole al mundo, con tres acordes, que ahí había alguien. No era una pose: era la única manera disponible de no ser promedio en un lugar que te quería promediar a la fuerza, o borrarte de la estadística.
Ningún algoritmo le habría recomendado a un pelao de barrio en los ochenta que se pusiera una chaqueta de cuero con taches y saliera a gritar. Por eso fue tan valioso. Por eso me preocupa un mundo donde la siguiente canción, la siguiente palabra y la siguiente opinión ya vienen sugeridas, ¡donde la inferencia te infiere!
El Elogio del Excéntrico
En 1859, John Stuart Mill escribió en Sobre la libertad unas líneas que hoy parecen escritas pensando en nosotros. «Que tanto unos pocos se atrevan a ser excéntricos hoy marca el principal peligro de nuestro tiempo» (la traducción es mía). Justo antes, en el mismo pasaje, otra frase que pienso pegar en la pared de mi estudio es: «la mera negativa a doblar la rodilla ante la costumbre es, en sí misma, un servicio» (otra traducción mía). Mill hablaba del despotismo de la costumbre y de la mediocridad colectiva. Qué habría pensado este man si hubiese vivido en la era del autocompletado.
Lo que Mill intuía con filosofía, hoy lo podemos decir con estadística. La rebeldía no es una pose ni una camiseta del Che (que, dicho sea de paso, es el producto más promediado de la historia del merchandising). La rebeldía es la desviación estándar de una sociedad. Es la medida de cuánto nos alejamos unos de otros, de cuánta variación conservamos. Cuando esa variación cae, el promedio no se vuelve más sabio, se vuelve más pobre, como en el experimento de Lorenz. Cuando una sociedad cae lo suficiente, ya no hay nada que promediar.
Por eso insisto tanto en que no podemos perder la rebeldía. No porque sea romántica, sino porque es un asunto funcional para la sobrevivencia, sobre todo por aquellos que me dicen que las máquinas nos van a reemplazar. Un robot no sabe que es una máquina malvada; es una máquina entrenada para producir siempre la respuesta más probable. Si nosotros empezamos a producir siempre la respuesta más probable, la diferencia entre un humano y un robot deja de ser de naturaleza y pasa a ser de materiales.
Las Buenas Noticias…
Todo este rollo de la rebeldía me surgió después de participar en un programa de la televisión regional de Medellín, donde su presentadora me preguntó:
-¿en qué somos mejores que los robots?…
-Andrea, me dejaste pensando… somos mejores que los robots en que aún podemos impulsar la rebeldía de ser distintos.
La buena noticia es que esta dictadura del promedio tiene una debilidad enorme: depende de nuestra pereza, no de nuestra obediencia. La pereza se combate con la construcción de hábitos pequeños, les voy a dejar siete rebeliones prácticas; ninguna requiere renunciar a la tecnología:
Primero yo, después la máquina. Cuando tengas una inquietud, escribe tu borrador primero, tu opinión o tu cálculo antes de preguntarle a la IA. Es la regla de Galton: la multitud es sabia solo si cada uno escribe su papelito solo. Después compara el resultado. Lo que la máquina te diga ya no te reemplaza, te contrasta.
Pídele a la IA la cola, no el centro. En vez de «¿qué opinas?», pregúntale: «dame la respuesta que el 90 % no daría». Toma su primera respuesta como el promedio que tienes que superar, no como la meta a la que debes llegar.
Lleva un cuaderno con un inventario de paisismos. Cada palabra, refrán o giro que el corrector te quiera arreglar, anótalo y defiéndelo. Si no lo usamos nosotros, no lo va a usar nadie, y lo que nadie escribe, la máquina no lo aprende.
Deja una mandolina en cada obra. Un error consciente, una proporción rara, una palabra que no es la «correcta». Botero no pidió permiso para que el agujero fuera chiquito.
Busca un curador humano una vez por semana. El librero de la esquina, la DJ que te gusta, el amigo que siempre recomienda cosas raras. O pon un disco completo, de principio a fin, sin que el feed decida la siguiente canción. Como en los tiempos del casete.
Mide a tus pelaos por su perfil, no por el promedio del salón. Si leyeron la Toma sobre Qué deberían estudiar nuestros hijos, ya saben pa dónde voy: ningún niño es promedio, igual que ningún piloto de Daniels lo era.
Produce datos humanos. Escribe, graba las historias de tus abuelos, documenta las palabras de tu pueblo. Gerstgrasser nos dejó una pista preciosa: lo que mantiene sana a la máquina son los datos humanos reales que se siguen acumulando. Por primera vez en la historia, ser raro es parte de infraestructura que necesitamos construir para defendernos de la tiranía.
El Hueco de la Mandolina
Antes de cerrar, devolvámonos a la Ciudad de México, al taller de 1956. Lo más bonito de la historia de Botero no es el error. Errores cometemos todos, todos los días. Lo bonito es que se quedó con él. Lo miró, entendió que ahí había algo que nadie más estaba viendo, y tuvo el coraje de pasarse el resto de la vida defendiéndolo contra toda clase de críticos, galeristas y señoras de blower que le decían que eso no era arte, que esas eran gordas.
Esa es la rebeldía que les quiero dejar. No la del que grita por gritar, no la del izquierdoso que quema un bus sin pensar en las consecuencias, no la del progre, para el que no basta la evidencia, así esta esté apilada en montañas que lo demuestran, no en la rebeldía del que debate y debate con argumentos estériles o sin sustento basado en evidencia, sino en el oscurantismo de una ideología. Les hablo de la rebeldía del que sabe que su desviación vale algo y no deja que se la corrijan. La del pelao de chaqueta de cuero que pagó el precio de ser distinto en un barrio que lo quería diferente, a lo sumo. La del que usa la máquina todos los días, pero le escribe primero su papelito solo y no se queda solo con la declaración, sino que también le pone reglas a la máquina.
Porque al final, el riesgo no es que las máquinas se parezcan a nosotros. Es que nosotros terminemos pareciéndonos a ellas. Que un día todas nuestras canciones suenen conocidas, todas nuestras ideas lleguen peinadas y todas nuestras palabras puedan adivinarse antes de abrir la boca.
Pero todavía no estamos ahí. Todavía tenemos el lápiz en la mano.
Todavía hay un pelao haciendo ruido en un garaje, una abuela usando una palabra que no aparece en ningún diccionario, un profesor que deja que sus alumnos le discutan y alguien dibujando una mandolina con un huequito que, según todos, está mal. Todavía hay gente dispuesta a pasar por rara antes que pasar por la vida sin haber dicho algo propio.
Imagínense lo que podríamos hacer si dejáramos de esconder todo eso.
Una escuela donde al niño que pregunta cosas raras le den tiempo para terminar la pregunta. Una empresa donde se pueda decir «yo no estoy de acuerdo» sin empezar a actualizar la hoja de vida. Un futuro donde nuestros nietos puedan usar máquinas extraordinarias y todavía reconocer, entre millones de voces, esa forma tan nuestra de contar un cuento.
Ese futuro necesita algo que nosotros tenemos: lo que todavía no se le ha ocurrido a nadie más. También lo que heredamos, lo que aprendimos en la calle, lo que solo sabe nuestra abuela, lo que no cabe en el formulario. Todo eso que a veces escondemos para que nos tomen en serio.
Por eso les propongo que esta Toma no se quede en otra lectura interesante que cerramos para seguir bajando por el feed. Hagamos algo con ella.
Esta semana escriban primero su papelito. Rescaten una palabra que la máquina les haya borrado. Graben esa historia familiar que siempre cuentan en diciembre y que nadie ha guardado. Pongan un disco completo. Hagan una pregunta cuya respuesta no sepan. Denle una oportunidad a esa idea que llevan meses escondiendo porque les da pena que alguien diga: «¿Y a este qué le pasó?».
Cuando encuentren a otro desentonando, préstenle oído. Acuérdense de lo que costaba ser el bicho raro del barrio. Tal vez la primera tarea de un rebelde sea conseguir que el próximo se sienta menos solo.
Así circulaban nuestros casetes: alguien grababa, alguien prestaba, alguien escuchaba y al otro día aparecía con una banda que ninguno conocía. De mano en mano nos fuimos ampliando el mundo. Ahora imaginen hacer eso con las ideas, con las preguntas, con el coraje.
No sabemos cuál de esas pequeñas desobediencias terminará convertida en una obra, una escuela, una empresa o una forma distinta de vivir. Botero tampoco podía saber todo lo que cabía en aquel huequito cuando lo dibujó.
Pero alguien tiene que hacer el primer trazo.
Los leo en los comentarios: ¿cuál es el agujero de mandolina que la máquina te quiere corregir y qué vas a empezar esta semana para defenderlo? Cuéntenlo, pónganle fecha, inviten a alguien. Que podamos volver a esta conversación y descubrir que aquí comenzó algo.
Si de pelao también fuiste el bicho raro del barrio, búscalo. Debe andar por ahí, debajo del saco, pagando cuentas, asistiendo a reuniones, esperando que le vuelvas a subir el volumen.
Yo al mío ya le puse un casete.
Saquen el suyo. A ver a qué suena el futuro cuando nos atrevemos a tocarlo.
¡Gracias por leer y compartir!
GabrielBedoya.com
Fuentes
Dru, Jean-Marie. Disruption: Overturning Conventions and Shaking Up the Marketplace. John Wiley & Sons, 1996; lanzamiento del concepto en avisos de página entera en The Wall Street Journal, Frankfurter Allgemeine Zeitung y Le Figaro, 1 de mayo de 1992. https://en.wikipedia.org/wiki/Creative_disruption
Christensen, Clayton M. The Innovator’s Dilemma. Harvard Business School Press, 1997.
Adesina, Precious. «“Yo no pinto gordas”: qué hay detrás del estilo único del célebre artista colombiano Fernando Botero». BBC News Mundo, 2026. https://www.bbc.com/mundo/articles/c60me2mwjygko.app
Galton, Francis. «Vox Populi». Nature 75, 450–451, 1907. https://web.mit.edu/curhan/www/docs/Articles/15341_Readings/Collective_Intelligence/Galton_1907_Vox_Populi.pdf
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Nota: las citas de Tocqueville y Mill son traducciones mías del inglés. Los estudios citados no midieron el español ni el habla paisa; esa parte del texto es una extrapolación del autor.











