FUTOPIX | Qué Pasaría sí Colombia Tuviese un Día de Acción de Gracias
TOMA 10 | ¿Existe tal Cosa como la Economía de la Gratitud?
El Día que EEUU da las Gracias
Hay algo que, por estos días, me he venido preguntando: ¿Será que existe la Economía de la Gratitud? El tema tiene un tono aparentemente trivial, pero cuando indagamos en las cifras, les aseguro que la evidencia los dejará perplejos.
Noviembre es un mes muy especial para mí: no solo es el mes en el que celebro mi cumpleaños. También es el mes en el que participamos en una de las celebraciones más especiales de la cultura norteamericana: el famosísimo Día de Acción de Gracias (DAG).
Desde que emigramos a este país, como familia nos hemos ido integrando a la celebración hasta hacerla tan nuestra como los norteamericanos. Tengo que confesar que al principio el tema me parecía un poco extraño, ya vamos para la celebración 16 y poco a poco le hemos ido tomando el pulso al tema tropicalizando la fecha a nuestra manera. Ahora bien, es posible que muchos de quienes leen este Substack se pregunten por qué quienes vivimos en estas latitudes celebramos tal cosa como el DAG. Para responder a la pregunta, voy a remontarme a un poquito de historia.
En 1620 los peregrinos se asentaron en lo que durante esos días se conocía como la Colonia de Plymouth (Massachusetts), un territorio que ancestralmente pertenecía al pueblo Wampanoag. Los peregrinos llegaron a esas tierras después de inmensas penurias que incluyeron durísimas travesías a través de Europa, el océano Atlántico y América del Norte.
Entre los Wampanoag existía un hombre al cual llamaban Squanto, quien se hizo muy popular entre los peregrinos porque este les enseñó habilidades de supervivencia, como por ejemplo, el cultivo del maíz, entre otros cultivos de pancoger.
Los libros de historia dicen que en 1621, los colonos tuvieron una cosecha extraordinariamente abundante. Para celebrarlo, realizaron un festín a manera de “acto para dar las gracias”. En este contexto, los colonos emprendieron la celebración con bombos y platillos, en la distancia los Wampanoag escuchaban a los colonos disparando sus armas de fuego al aire en señal de una euforia descontrolada. Fue tal el jolgorio que los Wampanoag decidieron unirse a la fiesta llevando consigo carne de venado y otros alimentos para alimentar el festín. La jarana se extendió durante varios días.
Juntos, Wampanoags y peregrinos entendieron la celebración como un símbolo de paz y cooperación entre ambas culturas. Aunque la paz fue efímera, poco tiempo después procedió con furia la colonización americana dejando los dramáticos efectos que todos conocemos.
Los DAGs fueron proclamados de forma espontánea por colonias y territorios años después en respuesta a eventos significativos, como victorias militares o el fin de las sequías. La primera proclamación formal del DAG fue realizada por el presidente Washington en 1789. Sin embargo, la festividad no fue tenida en cuenta por un largo tiempo.
Durante la Guerra Civil Americana, la editora de revistas Sarah Josepha Hale realizó una campaña a favor de un feriado de Acción de Gracias para promover la unión nacional. Solo hasta 1863 Abraham Lincoln declaró el DAG como celebración oficial, la cual debería realizarse anualmente el último jueves de noviembre. En 1941 el Congreso decretó que la celebración debía llevarse a cabo el cuarto jueves de noviembre.
En el DAG moderno, la pieza central de la celebración es la mesa en la cual las familias disponen un festín de preparaciones. En la celebración norteamericana, la cena a menudo incluye pavo asado o relleno, salsa de arándanos, puré de papas, una salsa espesa de carne a la cual llaman “gravy”, macarrones con queso, habichuelas cocidas, pan de maíz, batata dulce y tarta de manzana o calabaza, entre otros manjares.
Es un momento para que las familias y amigos viajen, se reencuentren y compartan aquello por lo que están agradecidos.
El DAG es una celebración del hogar, la familia, la comunidad y la gratitud: un momento colectivo para que los estadounidenses se detengan y aprecien las cosas que les ha dado su país.
El Día de Acción de Gracias, más allá de las fronteras, nos recuerda que la gratitud es la tecnología más antigua de cooperación humana.
La Economía de la Gratitud
Toda sociedad necesita rituales para recordar quién es y hacia dónde va. El Día de Acción de Gracias —Thanksgiving, DAG— nació como un gesto simbólico, una mesa extendida para agradecer lo recibido y bendecir lo que vendría. Pero, como ocurre con los grandes rituales de la humanidad, con el tiempo dejó de ser solo un acto espiritual para convertirse en una infraestructura cultural: una coreografía masiva donde comunidad, territorio, memoria y economía se entrelazan.
En Estados Unidos, el DAG funciona como un metabolismo colectivo: primero reúne, luego alimenta, después moviliza… y finalmente activa. Es un rito que comienza en la mesa, pero termina en los aeropuertos, las carreteras, los centros logísticos, las plataformas de comercio digital y los sistemas de pago. Un ritual que pulsa entre la memoria agrícola y la infraestructura tecnológica del siglo XXI.
En él convergen dos fuerzas antiguas: el agradecimiento, que reafirma los vínculos,
y el intercambio, que sostiene la vida económica de cualquier sociedad compleja.
La Economía de la Gratitud emerge precisamente ahí: en la alquimia entre emoción y comercio, entre simbolismo y logística, entre afecto y mercado. Y es esa alquimia la que convierte al DAG en el reactor económico que enciende el mayor ciclo anual de consumo del país.
1. Viajes y Movilidad: El Primer Estallido Económico
El movimiento poblacional del DAG es uno de los más grandes del año.
La American Automobile Association (AAA) proyectó para 2024 79,9 millones de viajeros recorriendo 50 millas o más. (Fuente: AAA Thanksgiving Travel Forecast).
De ellos, 71,7 millones viajan por carretera y 5,84 millones en avión. (Fuente: AAA).
El flujo combinado —autos, vuelos, hospedajes, restaurantes— mueve miles de millones de dólares en apenas cinco días.
2. La Mesa del DAG: El Ancla Culinaria de la Economía
El banquete sigue siendo el corazón emocional del ritual y, a la vez, un impulsor económico importante.
La American Farm Bureau Federation (AFBF) reportó que la cena típica para 10 personas costó US$61.17 en 2024. Aunque el costo fluctúa cada año, lo constante es que sostiene toda la cadena agrícola-retail, desde granjeros hasta supermercados.
3. Black Friday: La Gratitud se Transforma en Consumo Masivo
El día después del DAG continúa siendo un símbolo nacional del consumo.
Adobe Analytics calcula que el Black Friday genera entre US$9 y US$11 mil millones en ventas online.
El crecimiento anual suele oscilar entre 5% y 10%.
La electrónica, juguetes y ropa lideran las categorías, impulsadas por descuentos agresivos y una participación superior al 50% de los consumidores.
4. Cyber Monday: El Pico de la Economía Digital
Hoy, el día comercial más grande del año no es físico, sino digital.
En 2023, Cyber Monday alcanzó US$12,4 mil millones, el mayor registro de e-commerce en un solo día. (Fuente: Adobe Analytics, 2023)
Para 2025, se proyecta que el volumen oscile entre US$13 y US$15 mil millones.
Más del 50% de las compras online ya se realizan desde dispositivos móviles.
Shopify reportó US$9.3 mil millones globales durante el periodo BFCM de 2023.
5. Finanzas del Consumidor: El Ascenso del Buy Now, Pay Later
Los modelos de pago diferido se consolidan como una nueva palanca económica.
Según PwC, el BNPL (Buy Now Pay Later) crece a tasas de doble dígito anual.
Entre 20% y 25% de los compradores lo utilizan en temporada navideña.
Adobe reportó cerca de US$1.000 millones en compras BNPL durante el último Cyber Monday.
El consumidor joven es el motor de esta transición financiera.
6. Los “Cyber Five”: La Semana Sagrada del Comercio
El periodo que va de jueves a lunes —Thanksgiving, Black Friday, Small Business Saturday, Sunday Online Surge y Cyber Monday— concentra buena parte del consumo digital anual.
Diversos analistas estiman que los Cyber Five movilizan entre US$35 y US$45 mil millones en ventas online. (Fuente: estimados sectoriales basados en Adobe y Salesforce)
Es la nueva liturgia del consumo estadounidense.
7. Empleo y Dinámica Laboral
El DAG no solo mueve mercancía: también activa empleo.
La National Retail Federation (NRF) estima 450.000 a 600.000 empleos temporales cada temporada. (Fuente: NRF Holiday Outlook, 2025)
Muchas empresas toman el pulso de la economía del año observando el fin de semana del DAG.
El Día de Acción de Gracias ya no es solo un ritual de cosecha. Es un sistema operativo cultural que activa movilidad, consumo, intercambio y trabajo.
La Economía de la Gratitud revela que el acto de agradecer tiene consecuencias materiales: enciende la economía invernal, moviliza poblaciones, acelera redes logísticas, redefine prioridades familiares y corporativas, y sostiene millones de empleos.
En un país donde cultura y economía son inseparables, el DAG se ha convertido en el reactor que enciende la prosperidad anual de Estados Unidos: un recordatorio de que incluso en un mundo industrial, digital y acelerado, los ritos siguen moviendo civilizaciones.
Imaginemos un Día para Darle Gracias a Colombia
Ahora bien, imaginemos por un minuto que los colombianos sacamos un día al año para darle gracias a nuestros ancestros, a la geografía y a la cultura que ha forjado nuestro país.
Quisiera invitarlos a viajar en la mente por unos minutos, a cerrar los ojos para imaginar que nos hemos despertado una mañana en cualquier lugar del campo colombiano.
Mientras salimos del letargo de las sábanas, imaginemos el olor de la brisa de la mañana transportando un suave aroma a café recién molido. Mientras el perfume del café fecunda las neuronas, la banda sonora la proponen turpiales y sinsontes saltando entre las copas de los árboles.
Seguramente, muchos de ustedes comienzan a domar la mañana consultando sus móviles para averiguar si el mundo aún no acabó. Este día, con enorme sorpresa, leemos que la tendencia en redes es:
“Hoy es día de Gracias a Colombia.”
Una celebración sin dogmas ni banderas. Desde La Guajira hasta Tumaco, desde Cabo Tiburón hasta las postrimerías del Guaviare, quienes habitamos el territorio colombiano, dispondremos nuestras mesas en los patios de las casas o en el interior de nuestros departamentos. Hoy, por primera vez, nos juntamos por fuera de dogmas. No hablaremos de política ni de fútbol local, será una francachela sin patrocinadores. El único motivo por el que estamos reunidos es porque deseamos darle gracias a la tierra que nos vio nacer y a nuestros ancestros por traernos de la mano hasta aquí, en el tiempo.
No se trata de un concurso, no hay ganadores ni vencedores. Nos reuniremos para celebrar algo más esencial: el hecho de que seguimos juntos aquí. Después de tantos ciclos de cambio, de migraciones, de júbilo y de dificultades, ese día solo pensaremos en gratitud para y con el país, es un momento para sonreír y decir:
“Lo logramos! un año más. Gracias vida, gracias familia, gracias Colombia.”
Podríamos comenzar este experimento sin necesidad de que se emitan decretos, sin el beneplácito de autoridades que monopolicen la celebración. Será un experimento espontáneo de apreciación compartida, de júbilo colectivo, de invitación a festejar en la cultura y en los elementos que nos permiten identificarnos como colombianos.
La Gratitud como Hábito Nacional
Colombia está llena de feriados inocuos, muchos de ellos carentes de contenido simbólico. Entiendo que muchos feriados son importantes para la industria del turismo (¡y eso está bien!). Sin embargo, quienes vivimos por fuera del país o quienes tenemos corresponsalías de negocios, nos vemos frecuentemente a gatas para explicarle a nuestros clientes en el norte que en “Colombia no se labora los lunes”.
Si tenemos tantos días de fiesta chatarra, ¿por qué no pensar en cambiar uno de estos feriados inocuos por un día que realmente genere dimensiones simbólicas para nuestra gente.
¿Una celebración donde quepamos todos, que no distinga credos, razas o trincheras políticas? ¿Por qué no abrirle espacio a la gratitud como estandarte?
Los colombianos somos reconocidos en casi todas partes del mundo como un pueblo feliz; ese rasgo distintivo ya está codificado en nuestro ADN. Es por esto que gratitud y felicidad, se corresponden y complementan: hacen parte de la misma familia semántica. Tales sentimientos están presentes a lo largo y ancho de la geografía nacional, desde el más humilde puesto de empanadas al borde de cualquier carretera, pasando por las bancas del bici-taxi costeñas, donde aún se escucha el vallenato inmortal del Binomio de Oro, hasta las más encopetadas esferas capitalinas.
¿Por qué no llenamos un día las mesas de nuestras casas de “gracias” infinitas?
¿Qué nos impide hacerlo cualquier día de estos con la curiosidad inocente de ver qué pasa?
Se trataría de un experimento en el que dejemos de sentirnos víctimas para pasar a sentirnos orgullosos de nuestro criollismo y desparpajo. ¿Un acto para darle las gracias a ese terruño, que nos cuesta hacerlo? ¡Aunque sea por un día!
A los colombianos no nos faltan las buenas intenciones; lo que nos hace falta es conciencia para compartir, sentido de comunidad. Nadie hace nada por nadie en Colombia sin antes preguntar por el famoso CVY – “Cómo Voy Yo.”
Somos particularmente duros para ayudarnos entre nosotros de forma desinteresada, y por fuera del país sí que es cierto; no sé si será porque así nos codificó la cultura o porque hemos sido egoístas desde siempre.
Una de las cosas que más admiro del pueblo norteamericano es su conciencia de comunidad. En este país, todo se hace y se justifica en la comunidad. Aunque no faltan los odiadores, este es un país donde la gente vive y actúa pensando en comunidad.
Estados Unidos no es la tierra prometida, pero aún existe respeto por el otro, una virtud cada vez más difícil de encontrar en cualquier parte del mundo. Por eso insisto: ¿Qué pasaría si, por tan solo un solo día, imitásemos compartir sin pedir nada a cambio? Sin esperar comisiones, prebendas o reciprocidad alguna y con el único afán de ayudar. El Día de Darle Gracias a Colombia será también el día de pensar en cómo puedo aportar desde mi propio dominio.
Imaginémoslo por un solo día ¡repito, solo un día! Después podemos volver a ser los mismos de siempre. Pero en este día nos despojaremos del complejo de víctima que posee gran parte de la población colombiana (muchos con justa causa) y solo ese día nos dedicamos a conectarnos en el sano propósito de dar las gracias.
Será una invitación nacional a realizar la pausa, a vibrar en la empatía y a cocinar para todas aquellas personas en nuestra zona de intimidad.
La meta: deleitarnos en las gracias con cualquiera de los cientos de delicias que nos ha dado la caprichosa geografía del país, para recordar que todos hacemos parte de la misma historia.
El día de Darle Gracias a Colombia no tiene nada que ver con política. Sería un día para realizar gestos de humanidad, un ritual cívico nacido de la compasión, la amabilidad y la empatía.
El Mapa no es el Territorio
Si pudiéramos elegir un lugar donde los colombianos nos sentimos a gusto como país, es alrededor de la gastronomía patria. La oferta de delicias colombianas es incalculablemente rica.
Una cosa que me ha impresionado en el tiempo que llevo viviendo en los Estados Unidos es que nunca he visto un restaurante colombiano quebrado, por corroncho que sea.
En cualquier restaurante colombiano-gringo, usted encuentra al paisano de modo y al que se la está guerreando; la mesa criolla tiene el poder de ponernos a todos al mismo nivel. Un colombiano rico se come el mismo sancocho que también puede pagar un colombiano que la está luchando.
Por eso, mi invitación es a que nos olvidemos por un solo día de las banderas, de los slogans y vivamos bajo el poder de la comunidad, alrededor de un plato de comida.
De una cosa sí estoy seguro, el día de darle las Gracias a Colombia, con seguridad no tendrá pavo. Particularmente, nosotros en familia preferimos hacer otra cosa, el pavo me sabe a cartón. En casa hemos tropicalizado el Día de Acción de Gracias y, para celebrar, disfrutamos de un buen sancocho, un ajíaco o lo que sea ¡algo que sepa rico!
El mosaico de sabores regionales es especialmente diverso: Ajiaco santafereño, lechona tolimense, mote de queso, tamales del Valle, bandeja paisa, almojábanas, pandebonos, buñuelos y hasta una deliciosa agua de panela con un gran trozo de queso derritiéndose en el medio de una taza de IKEA.
Eso sí, en el Día de Darle las Gracias a Colombia no podrá faltar un plato vacío en el centro de la mesa. Es el plato de los ausentes: de los que ya no están, de los que migramos o de los que se fueron demasiado pronto.
Es la representación simbólica de la memoria a los ancestros. Este plato, silenciosamente, dirá:
“Tú también perteneces a esta mesa. Estamos aquí por ti. Gracias.”
Es así como daremos inicio a nuestro experimento del Día de Darle las Gracias a Colombia, no como una forma de imitar o copiar lo que se hace aquí en el norte,
sino como una forma de reinventarnos en el significado, una nueva forma de pensarnos en el símbolo.
Tomaremos una idea universal y la pondremos a volar, para que se exprese en nuestro propio lenguaje y bajo nuestra gramática.
La Geografía de la Gratitud
Colombia es una sinfonía geográfica de regiones; cada una de ellas tiene su propio ritmo y formas de apreciarse.
En el Caribe, la música se mezcla con los ritmos del océano. La gente se intercambia pasteles de arroz acompañados de carcajadas sonoras que retumban en las mesas de dominó. En la cordillera de los Andes, la gente disfruta potajes mientras conversa bajando la voz, y los extranjeros son invitados de honor a la hora de servir un tintico. El Pacífico es tierra de cánticos y de tambores que recuerdan el pasado ashanti y koromanti de sus habitantes, mientras en un fogón de leña se teje un pusandao de coco, una de las delicias de la gastronomía colombiana más bien guardadas, tan secretas que parecen encriptadas en el blockchain. En los llanos, la planicie aparentemente interminable se sacude con el zapateo y el trino de las arpas, mientras un camarita organiza la leña para una mamona. La última frontera la representa el Amazonas: un brócoli cerrado donde susurran las criaturas y donde la naturaleza se expresa con vehemencia.
Todas estas cosmovisiones representan lo que significa ser colombiano, y no como características unificadoras de nuestra identidad, sino como la caja de resonancia de la que nos sentimos orgullosos. La belleza de Colombia no está en su uniformidad, sino en la armonía que representan sus diferencias.
El Ritual
¿Y entonces cómo le vamos a entrar a este experimento? Esto es lo que yo haré. A las siete de la noche del 27 de noviembre, en familia vamos a brindar con lo que sea que tengamos a la mano: se vale agua, café, té, vino, cerveza y hasta refresco.
Lo que vale es el momento de sincronía y entonces brindaré diciendo:
“Gracias, Colombia.”
Luego pasemos a la mesa: mis invitados podrán traer lo que quieran —pan, frutas, sopa y mucho entusiasmo. Si alguien trae un poco de música o toca algún instrumento, será más que bienvenido; ese gesto nunca sobra.
Celebraremos con el hashtag #GraciasColombia, publicaré algunas imágenes de este momento; la idea es que transformemos el día de Acción de Gracias en un festival de agradecimiento a nuestra manera.
Así es como comienzan las tradiciones: como pequeños experimentos que, de repente, se vuelven necesarios para la sociedad.
El Significado Detrás del Experimento
Cada ritual trae consigo sus preguntas ocultas. La cuestión detrás de la celebración del Día de Acción de Gracias es: ¿qué estamos agradeciendo?
En mi caso particular, la respuesta es muy sencilla: Estados Unidos me dio las oportunidades que en otra parte me negaron. Ahora bien, en el caso de Colombia creo que hay que darle una vuelta más al tornillo y cambiar el espíritu de la pregunta en una dirección más colectiva, como por ejemplo:
¿A quién quisiera darle gracias hoy?
Porque la gratitud no es un asunto de cosas, es un tema de relaciones con la gente, la naturaleza y la memoria. No es dar gracias por lo cosechado, es dar gracias por existir, por la perseverancia, la resiliencia o simplemente por mantener el espíritu de seguir intentando a pesar de las dificultades.
Y tal vez lo que lo haría aún más hermoso es que no lo veamos como un evento triunfal, sino como un acto de orgullo nacional. No celebramos el poder, sino la persistencia.
En un país donde todos los días se abre un nuevo debate, el Día de Darle las Gracias a Colombia ofrecerá algo más bien raro: solo disfrute.
No habrá discursos, no habrá polarización, no habrá agenda oficial; solo pasaremos a compartir. El objetivo no es unirnos bajo una idea exclusiva, sino conectarnos a través de pequeños gestos, intercambiar alimentos, disfrutar una canción, enviar un saludo de gratitud a través de las redes.
Este feriado no necesita reconocimiento oficial. Podríamos tomarlo como un evento de tradición oral, para pasarlo de familia en familia, de las ciudades a los pueblos, hasta que sea algo que todos hagamos por antonomasia.
Lo que Verdaderamente Importa
En la era de los robots y los algoritmos de IA, la gratitud debería ser la tecnología más disruptiva de todas. Practicar la gratitud reduce la velocidad del tiempo, nos permite compartir con la gente que queremos en tiempo presente.
Lo que los colombianos necesitamos para anticipar el futuro no son más argumentos para debatir, tenemos la lista llena. Lo que realmente necesitamos son razones para hacer la pausa y ver cómo nos ayudamos como comunidad. Y si esto no es posible por las grandes diferencias que tenemos entre nosotros, rebajemos las expectativas a nuestra zona de influencia, preguntémonos cómo puedo ayudar a mi grupo de afinidad.
El Día de Darle las Gracias a Colombia podría ser ese momento: un experimento social y personal, una oportunidad para sentirnos orgullosos con lo que nos conecta, y no con lo que nos separa.
Entonces, la invitación es a que este 27 de noviembre llames a tu familia, a tus amigos o a tus vecinos. Cocina cualquier cosa que te recuerde a Colombia y dispone del plato de la empatía en el centro de la mesa.
Aprovechemos para contarnos historias de las personas que han moldeado nuestras vidas, brindemos y digamos:
“Gracias, Colombia.”
Tómate una selfie, compártela en tus redes sociales con el hashtag #GraciasColombia y veamos qué pasa. Si sumamos una fuerza suficientemente amplia, habremos creado algo extraordinario. No estaremos copiando una tradición extranjera, sino creando un nuevo ritual para sembrar el futuro de Colombia.
De mi lado, en ese día no daré las gracias porque la vida es perfecta; daré las gracias porque, a pesar de todo, seguimos aquí, aprendiendo cómo cuidarnos los unos a los otros mientras nos cobijamos con la misma bandera.
Eso es todo lo que una nación necesita para recomenzar de nuevo.
Fundemos el Mañana
Para cerrar, de nuevo digo que no estoy hablando de crear un feriado más. Hablo de prototipar la inteligencia colectiva: hablo de una actualización del sistema para mover a una sociedad que está en estado de shock.
El Día de Darle las Gracias a Colombia no es un día para la nostalgia, es un día para sentar las bases de la infraestructura del futuro.
Cada día que el país pare para agradecer, recalibraremos nuestro código fuente, actualizaremos nuestro propósito como nación, para recordar qué nos une y por qué vale la pena trabajar juntos.
Eso es lo que las potencias del planeta hacen: autodepurarse.
Colombia no necesita nuevos símbolos patrios; lo que los colombianos verdaderamente necesitamos es un nuevo sistema operativo. Un sistema construido en conexión con lo que somos, no en comparación con otros.
Necesitamos más redes de colaboración antes que mecanismos de vigilancia;
Por eso es primordial derrotar la victimización para aprender a vernos como emprendedores de nuestro propio destino.
La mesa del Día de Decir Gracias Colombia es nuestra primera interfaz, la familia extendida nuestra red de networking, y los alimentos que compartiremos nuestro blockchain: un registro público de quien entrega, comparte y se suma a la iniciativa.
Pensemos: qué pasaría si tratamos la cultura como una start-up?
Corramos el primer experimento nacional de empatía: transformemos una simple cena en un ritual descentralizado de pertenencia colectiva, sin burócratas, sin jerarquías, solo gente común y corriente, ancho de banda social y buenos propósitos.
Si funciona, mediremos su energía. Si escala, lo mapearemos. Si se vuelve viral, construiremos la infraestructura social para soportarlo, desde la comida hasta las plataformas digitales que darán visibilidad al PIB emocional del país.
Suena como una utopía, pero créanme que no lo es. Simplemente será el experimento de prototipación social más ambicioso que jamás se haya realizado en lugar alguno.
Lo que viene
Porque en el mundo de las IAs y la robótica, las siguientes revoluciones no serán ni industriales ni políticas: serán revoluciones rituales.










