FUTOPIX | Honestidad Brutal
TOMA 44 | Cuando la Malicia Indígena se Disfraza de IA
La Pregunta del Buzo
Esta semana que estamos cerrando tuve la oportunidad de reunirme con un viejo amigo y colega de buceo, con el cual no compartía hacía algunos años y quien, a pesar del tiempo y la distancia, es un ávido seguidor de FUTOPIX. Después de destrozar años en minutos, como solo se destrozan los años entre amigos de verdad, y entre chiste y chanza, mi amigo me soltó la pregunta con la timidez de quien pide plata prestada: ¿Gabriel tus FUTOPIX... los escribe la IA?
Ahí me planto una bomba en forma de pregunta. Sin tanque de aire, sin máscara, a pulmón libre. Les confieso que no me sorprendió, porque esta pregunta se ha vuelto repetitiva entre mis lectores, unos la hacen de frente, otros la insinúan con esa elegancia criolla del que pregunta sin preguntar ó sin querer queriendo como decía el Chapulín Colorado. Es una inquietud legítima que merece una respuesta honesta de mi parte, y ustedes saben que en esta casa la honestidad no viene en presentación light. Razón por la cual decidí dedicarle esta Toma completa a la IA y los escritores, o mejor dicho: a este escritor y su IA.
Porque miren, parceros, yo pude haber cerrado la discusión ahí mismo, en la superficie, dármelas de pulcro y responder con cara de ofendido: ¿perdón? ¿Cómo te atreves siquiera a sugerirlo? Pero la verdad tiene más aristas que una guanábana, y un sí rotundo habría dado por terminadas mis tomas dominicales de forma abrupta, como quien apaga el televisor en el minuto noventa. Así que hoy, en un gesto de honestidad brutal, les voy a abrir la cocina de par en par y les voy a contar exactamente cómo se produce cada FUTOPIX que ustedes tan diligentemente leen y comentan todas las semanas. Prepárense por que vamos a bucear profundo.
El Debate que Nació en las Entrañas de Hollywood
No es para nadie un secreto que hoy existe un gran debate mundial que enfrenta a escritores y productores de contenido con las máquinas. Un debate que nació en las entrañas de los libretistas de Hollywood, con huelga incluida, pancartas y todo el drama que solo Hollywood sabe producir (hasta sus protestas tienen mejor guion que muchas películas), y que se ha extendido a todas las geografías y a todos los medios como la pólvora en una marranada.
Aquí va mi primera dosis de honestidad brutal: en este debate hay mucha hipocresía fina. Porque es evidente que mucha gente posa de sabio cuando parte de su conocimiento lo construyeron con un cuaderno de cincuenta hojas, como decía uno de mis profesores de la universidad, el queridísimo maestro Hernando Gallego Perdomo. El cuaderno de cincuenta hojas, para los que no tuvieron el privilegio de la metáfora, es ese conocimiento cortico, de una sola fuente, sin repuesto, el mismo que hoy muchos defienden como si fuera una artesanía sagrada amenazada por las IAs.
El debate no es nuevo, solo cambió de la herramienta de la cuál se debate. Cuando llegó la imprenta, los copistas juraron que se moría la cultura, cuando llegó la fotografía, los pintores decretaron el funeral del arte, cuando llegó la calculadora, los profesores de aritmética rasgaron sus vestiduras, y ahí vamos: la cultura no se murió, la pintura tampoco, y las matemáticas gozan de buena salud. Lo que sí se murió, en cada transición, fue la pereza disfrazada de tradición.
La Dieta de Información | Etnografía Cinco
Metámonos de lleno en el tema. FUTOPIX no es otra cosa que una cuidadosa y meticulosa vigilancia de lo que algunos llaman dieta de información. Así como uno es lo que come, uno escribe lo que consume, y yo llevo décadas cuidando ese menú con la disciplina de un chef Michellin.
Cada escrito que aquí deposito es el resultado de la observación activa de las cosas que suceden en mi entorno, de un hábito curado durante años para capturar señales débiles que me llegan a través de diferentes medios, y de una férrea disciplina de lectura que vengo cultivando hace más de treinta años.
La inspiración para escribir FUTOPIX no me surge por combustión espontánea. Por el contrario, la antropología me enseñó a monitorear el ecosistema con los cinco sentidos, un hábito al que yo he bautizado etnografía cinco. Como buen discípulo de la escuela Dolmatoffniana (en honor al profesor Gerardo Reichel-Dolmatoff, autor de uno de mis primeros libros de antropología, de esos que a uno lo marcan como hierro caliente), permanentemente estoy escaneando señales, las cuales se convierten primero en curiosidad y posteriormente en escritos.
En este orden de ideas, me considero un muy buen escuchador. Sí, escuchador, que no es lo mismo que oidor: el oidor deja pasar el sonido, el escuchador lo atrapa y lo destripa. Cuando algo me resuena, lo deposito en un diario de campo digital que llevo en mi teléfono, manteniendo viva una de las mejores prácticas que me ha regalado la antropología. En ese repositorio de notas voy escribiendo las cosas que considero interesantes, para después trabajarlas en la tranquilidad de mi estudio, como el pescador que sube la atarraya y solo en la orilla revisa qué cayó.
Aquí les dejo una confesión que llevaba tiempo guardada: !FUTOPIX lo escribo primero para mí! Este es mi laboratorio, donde exploro ideas, le doy forma a conceptos y me empeliculo con mis propias historias. Dicho en cristiano: este es mi espacio de catarsis, donde libero mis demonios y donde me fumo la pipa de la paz, para sentirme libre. En este espacio nadie manda, ni los algoritmos, ni las tendencias, ni el qué dirán, nadie, absolutamente nadie.
Es muy fácil que en mis elucubraciones surjan muchas ideas compitiendo por espacio en mi procesador mental, como pasajeros peleando puesto en una buseta a las seis de la tarde. Pero solo las más sexys llegan a producción, y al final son las que alcanzan este espacio en el papel digital. Las demás quedan en el diario de campo, esperando su turno, algunas llevan años haciendo fila y no pierdo la fé de que en algún momento verán la luz.
El Anti-Gurú (Por Qué no me Creo la Vaca que Más Alambrados Ha Reventado)
Una vez que una idea me ha convencido, me hago la pregunta incómoda: ¿por qué mis lectores deberían saber lo que yo pienso? La respuesta exige otra ronda de honestidad brutal. La verdad es que no doy consejos financieros, no me considero un gurú de negocios; más bien me considero medio torpe en esas ardides. Tampoco discuto de política: la detesto, aunque estoy claro en mis posiciones, que son dos cosas muy distintas. Mucho menos soy un gurú tecnológico, en pocas palabras: no me las doy de ser la vaca que más alambrados ha reventado. Me gusta reflexionar sobre la vida y sobre las experiencias que esta me ha permitido. Lo que aquí comparto es más contexto que recomendaciones, y definitivamente no son consejos de cómo hacerse millonario mientras duermes; para eso allá afuera ya hay suficientes vendedores de ilusiones con micrófono de diadema.
Eso sí, y aquí me voy a dar una flor porque nadie más me la va a dar: me considero un profesional en el desarrollo de contextos. En esto soy muy, pero muy bueno, modestia aparte. Resulta que hoy la IA requiere de buenos contextos para funcionar como Dios manda. Digamos que es una de esas cosas accidentales que suceden en la vida: en la época en que todos pensábamos que los científicos sociales nos moriríamos de hambre, nos llegó la bonanza. Porque tanto la construcción de contextos como las ontologías están profundamente enraizadas en las entrañas de las ciencias sociales, aunque algunos ilusos se atrevan a llamarlo ingeniería del contexto, como si ponerle la palabra ingeniería a algo lo volviera automáticamente serio. Décadas de etnografía cultural, para que ahora resulte que el futuro del trabajo de los antropólogos es explicarle como funciona la cultura a una máquina. La vida, señores, tiene un sentido del humor exquisito, parece una comedia de Mel Brooks.
En este orden de ideas, mi proceso para escribir se nutre de darle contexto a la curiosidad, de darle marco teórico a las pendejadas que escucho o leo durante la semana, para llevarlas a otro nivel. Esa es la alquimia de esta casa: entra chatarra conversacional, sale reflexión dominical.
El Vaciado de Cerebro
Una vez identifico un tema con el cual me conecto, lo siguiente que hago es sentarme a hacer un vaciado de cerebro: escribo todo lo que se me ocurre, por estúpido, iluso y ajeno que parezca. Poco o nada me importa lo que otros eruditos digan o dejen de decir, si me leen o no me leen.
Para el que me lee: gracias, parceros, para el que no me lee: vaya y vuelva. Esos pocos que me leen hacen que mi existencia tenga significado, porque como dicen los filósofos profundos, especialmente los lingüistas, “existimos en la palabra”, y mientras haya quien consuma las mías… existo! Así de simple y de brutal.
Como ya lo expliqué antes, no escribo para descrestar a nadie, escribo para mí. Sí señores, no me lo sé todo; por el contrario, soy un perfecto ignorante en muchísimos temas, y presumir lo contrario sería traicionar el espíritu de FUTOPIX. Pero escribo para llevarles un poco de inspiración en este mundo tan insípido, donde el éxito se mide en miles de seguidores y la sabiduría en videos de treinta segundos.
Una vez que vacío mi mente, entonces le doy rienda suelta a la curiosidad. Soy un acérrimo consumidor de podcasts, de otros substacks y de los hoy devaluados TED talks (que pasaron de ser el Olimpo de las ideas a ser el karaoke de la motivación, pero de vez en cuando todavía sueltan una perla). Me nutro de mis libros, de los viejos y de los que aún estoy leyendo, para convertir la lectura en conversaciones. Mi disciplina lectora, cultivada durante más de treinta años, me tiene devorando páginas todas las semanas con la constancia de quien reza el rosario.
Tengo la mala costumbre, que reivindico como virtud, de rayar los libros, de hacerles comentarios en los márgenes y de pelearme con los autores al grado de insultarlos o de llamarlos mentirosos. Mis libros no son objetos de colección, son campos de batalla. Un libro sin rayar es un libro sin leer, digan lo que digan los bibliotecarios.
Desde mis tiempos de estudiante de antropología tengo además la costumbre de hacer mapas mentales. Todos los libros que he leído, o casi todos, los he convertido en mapas mentales que me sirven como elementos de consulta, mi propia biblioteca de Alejandría en esteroides, dibujada a punta de ramas y flechas.
Ah, y un detalle que siempre sorprende: tengo como disciplina leer en inglés. El noventa por ciento de lo que escucho y leo es en ese idioma. No porque desprecie la lengua castellana, faltaba más, si en ella me fumo la vida, sino porque un viejo profesor de Harvard (universidad donde, aclaro antes de que me lo pregunten, no he estudiado nunca, ya quisiera yo) un día me dijo que la ciencia no hablaba español, y yo me lo tomé a pecho. Me dolió, pero me lo tomé a pecho. Esa herida, como tantas otras, terminó siendo una puerta que me abrió el mundo.
Después de leer, de escuchar expertos e inspiradores, vuelvo a mi texto, a mi vaciado de cerebro, y reedito mis ideas. Ahí es donde la chatarra empieza a volverse joya, o por lo menos bisutería decente.
Mozart y su Piano
He tenido la fortuna de haber sido invitado a dar conferencias en más de cuarenta países, un periplo que me ha llevado por los cinco continentes. En algunas de esas conferencias le he hecho a los asistentes la siguiente pregunta, que se las regalo para su próximo almuerzo dominical:
¿A quién le pertenecen las obras de Mozart: a él o a su piano?
Siempre hay un silencio incómodo. Algunos se ríen, otros fruncen el ceño, y uno que otro saca el celular a googlear, no vaya a ser que el piano tenga abogados. Lo hago con el afán de llevar a los asistentes a un estado mental donde nos atrevamos a pensar que los pianos, como la IA, son solo herramientas, y que de cada uno de nosotros depende cómo usarlas. Habrá quienes mediante su uso compongan obras monumentales, y habrá quienes simplemente desarrollen una obra promedio. El Réquiem no está en las teclas, está en Mozart, las teclas solo obedecen lo que la mente y talento de Mozart dicta.
Ahora llévense la pregunta a nuestra era: ¿un poema escrito en máquina de escribir tiene menos valor que uno escrito a mano? ¿Un García Márquez tecleado vale menos que un García Márquez manuscrito? Nadie en su sano juicio lo sostendría. Sin embargo, ese es exactamente el debate de nuestra era, solo que ahora la máquina de escribir opina, sugiere y corrige la ortografía. Ahí, lo admito, la cosa se pone más sabrosa, por que no recuerdo que se hubise producido protestas frente a las oficinas de las antiguas fabricas de maquinas de escribir Remington o Brother.
La Confesión
Llegamos al momento que este texto venía anunciando desde el título. Respiren profundo, que aquí viene la honestidad brutal en su máxima expresión:
Sí, uso la IA para escribir, que no es lo mismo, ni de fundas, que la IA me escriba mis FUTOPIX.
Les explico la diferencia, porque en esa preposición se juega todo el partido. Una vez he descargado todas mis ideas en un cuerpo de texto, mío, sudado, rayado y reeditado, le pido a una IA varias cosas. La primera es que me revise la ortografía. No soy muy bueno en el tema; esa materia siempre me dio dificultad en la escuela, y no soy propiamente la Real Academia de la Lengua Española en dos piernas. En ocasiones también le pido que me revise la gramática. Pero le tengo profundamente prohibido, y cuando digo prohibido es con candado y escritura notariada, cambiar mi estilo, mi tono, mi cadencia y hasta mis malos chistes. Los malos chistes son míos, me los gané a pulso, y no se los cedo ni a la máquina más inteligente del planeta.
Hay días, además, en los que la inspiración no está en sus mejores momentos; a todo escritor le pasa, el que diga lo contrario miente o publica poco. Durante esos días le he pedido a una IA que analice mis escritos anteriores y me sugiera temas para desarrollar. Quiero confesarles algo: no hay nada como una IA para desatrancar estancamientos. Algunos FUTOPIX han surgido por recomendación de mi IA, que a estas alturas me conoce los callos intelectuales mejor que algunos colegas.
¿Ven la arquitectura del asunto? La señal la capturo yo con mi etnografía cinco. La curiosidad es mía, el diario de campo es mío, el vaciado de cerebro es mío. Las lecturas, los libros insultados, los mapas mentales, las peleas con los autores: todo eso es mío. La IA entra al final, como entraba el corrector de estilo en las editoriales de antes, o como entra el afinador al teatro antes del concierto. El piano afinado suena mejor, pero el Réquiem sigue siendo de Mozart.
No soy, ni me considero, un purista. Sé que hay escritores para los que la IA es pecado mortal en pelotas, y respeto su trinchera, cada quien pelea la guerra que quiere. Para mí no hay rollo: la IA es una súper herramienta que me ayuda a encontrar caminos, me corrige mis falencias y me permite llevarles mis ideas todos los domingos sin que la ortografía me delate. Usarla no me hace menos escritor, así como usar tanque de aire no me hace menos buzo. El que baja a las profundidades soy yo, el que mira a través de la máscara soy yo, el que vuelve a la superficie con una historia fantástica para contar soy yo.
En esta instancia conecto con el título de esta Toma, porque alguno se estará preguntando qué tiene que ver la malicia indígena en todo esto. Pues tiene que ver todo: la malicia indígena, esa viveza criolla de la que hablamos en la Toma 43, también se está disfrazando de IA. Están los que usan la herramienta para multiplicar su voz, y están los vivos que la usan para fingir una voz que nunca tuvieron, los del cuaderno de cincuenta hojas... La diferencia entre unos y otros no la detecta ningún software: la detecta el lector, con el tiempo, como se detecta al que habla de buceo sin haberse mojado las patas jamás. La IA amplifica lo que hay, si hay profundidad, amplifica profundidad. Si hay vacío, amplifica el eco.
Mientras Me Lean, Existo!
Volvamos a la reunión con mi colega instructor de buceo, porque las buenas historias, como las buenas inmersiones, terminan donde empezaron: en la superficie, pero transformados.
Cuando me hizo la pregunta, pude ofenderme, inclusive pude mentir. Pude esconder la cocina como esconden la suya tantos restaurantes de mantel largo. Escogí en cambio contarle lo que hoy les conté a ustedes; al final de la reunión le dije algo que me quedó sonando: “la IA es mi compañera de inmersión”.
En el buceo existe una regla de oro: nunca bucees solo. El compañero no bucea por ti, no respira por ti, no mira por ti. Pero te cuida la espalda, te señala lo que no viste y te avisa cuándo revisar como va tu consumo de aire. Eso es exactamente mi IA: mi compañero de inmersión en la profundidad de las ideas, per las inmersiones siguen siendo mías.
Así que la respuesta honesta y brutal a la pregunta de mi amigo Jaime es esta: no, la IA no escribe mis FUTOPIX. Los escribe el antropólogo que llevo por dentro, con más de treinta años de lecturas encima, un diario de campo en el teléfono, una biblioteca insultada y vilipendiada, cuarenta países de conferencias, mala ortografía y una necesidad casi fisiológica de sentarse cada semana a fumarse la vida por escrito. La IA le corrige las tildes a ese señor, le sugiere cambios y de vez en cuando le desatranca la inspiración.
No quiero cerrar esta Toma dando la impresión de que estoy defendiéndome, por el contrario quiero cerrarla invitándolos. Porque la pregunta de mi amigo, era bien intencionada, bien mirada, no era sobre mí: era sobre todos nosotros. En los próximos años, cada uno de ustedes va a tener que decidir qué clase de relación construye con estas herramientas de IA. Hay solo dos caminos: el del que le entrega el piano a la máquina para que toque por él, y termina produciendo la misma sinfonía genérica que otros diez millones de usuarios; y el del que se sienta al piano con más horas de vuelo, más lecturas, más cicatrices y más contexto, y usa la máquina para llegar donde antes no alcanzaba.
El primero se vuelve prescindible con cada actualización. El segundo se vuelve más irremplazable con cada uso. Porque en la era de las respuestas infinitas, el activo escaso no es escribir: es tener algo que decir o preguntar. Tener algo que decir no se descarga, no se instala y no viene en versión premium: se cultiva leyendo, viviendo, viajando, fracasando, buceando y conversando con los amigos que le hacen a uno preguntas incómodas en un almuerzo.
Así que esta semana les dejo la tarea, y va en serio: háganse la pregunta de Mozart frente a su propia herramienta, la que sea. ¿Están componiendo con ella, o están dejando que el piano toque solo mientras ustedes aplauden?
Cuando tengan la respuesta, escríbanmela en los comentarios, los leo todos y a todos, sin IA de por medio, porque los comentarios de ustedes son mi postre dominical.
Yo, mientras tanto, seguiré aquí cada domingo, con mi diario de campo, mis libros rayados, mis mapas mentales, mi compañero digital de inmersiones y mis malos chistes de fabricación cien por ciento humana y artesanal.
Porque mientras ustedes me lean, yo existo, y por ahora no pienso dejar de existir.
Nos leemos en la próxima Toma. Ya saben: si esta les movió el piso (o les destapó la cocina), compártanla con ese amigo que jura que todo lo que lee en internet lo escribió un robot.
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Muchas gracias Gabriel por la sinceridad y sobre todo explicar como haz contruido todo lo que tus lectores valoramos ... no queda mas que felicitarte y seguir alentando a que escribas mas FUTOTOPIX , porque tiene material de sobra ... y a proposito para cuando sacas el chatbot FUTOTOPIX