El Segundo Adán | FUTOPIX
TOMA 41 / Ontología es antropología con otro nombre…
Actualmente vengo trabajando en varios proyectos que envuelven la construcción de modelos ontológicos digitales para empresas distribuidoras de tecnología. Durante este proceso he tenido que devolverme con frecuencia a mis lecturas de estudiante de antropología, sobre todo a aquellas que explican los principios filosóficos de la historia y la filosofía de la ciencia. Un tema que me resultaba fascinante cuando era estudiante de antropología en la Universidad de Antioquia y que ahora, como profesional, ha tomado más relevancia que nunca, sobre todo en aquellos escenarios donde la mayoría de las personas piensan que los antropólogos somos solo estudiantes de lo exótico, la marihuana y el comunismo.
En 1735, un sueco de veintiocho años, hijo de un pastor luterano que cultivaba flores en el jardín de la rectoría, publicó un folleto de once páginas al cual llamó Systema Naturae. En esas once páginas, Carl Linnaeus se propuso algo que a cualquiera con dos dedos de frente le habría parecido un delirio: ordenar toda la naturaleza. Los animales, las plantas, los minerales, en fin, todo lo vivo y buena parte de lo inerte, metido en cajones, subcajones y subsubcajones de cajones.
Linnaeus, o Linneo como se le conocería posteriormente entre los hispanohablantes, no mostró ser muy humilde al respecto, ya que él se refería a sí mismo como el segundo Adán, porque el primero, según el Génesis, había nombrado a los animales en el Edén, y él en esta ocasión venía a renombrarlos con propiedad en nombre de la ciencia. En su tumba, localizada en la catedral de Uppsala, hay una frase que lo resume mejor que cualquier biografía: Deus creavit, Linnaeus disposuit. Dios creó, Linneo organizó. Ese man no tenía problemas de autoestima.
Lo que nadie nos cuenta en clase de biología es que Linneo se equivocó a lo grande. En sus primeras ediciones metió a las ballenas en la misma categoría que los peces, puso a los humanos, sin sonrojarse, junto a los perezosos y los monos, en un cajón que llamó Anthropomorpha. Con cada edición del Systema Naturae que iba publicando corregía a la anterior: once páginas en 1735 y, para la decimotercera edición, ya contaba con tres mil. El hombre se pasó la vida entera reestructurando su propia taxonomía, deprecando categorías, moviendo especies de un cajón a otro, peleándose con colegas que insistían en que su orden no era el orden verdadero de Dios, sino más bien el orden que le convenía a Linneo.
Ha pasado el tiempo. Casi trescientos años después, cada modelo de IA que corre en el planeta, incluido el que te ayuda a redactar los correos, es un descendiente directo de la obsesión de ese sueco arrogante. Todos los modelos necesitan, para no alucinar, exactamente lo que Linneo inventó: una ontología. Un mapa explícito de qué existe, cómo se llama y cómo se relaciona con todo lo demás.
Esta toma es un ensayo sobre el arte más antiguo del mundo disfrazado de la disciplina más moderna de todas. Como diría Kondrátiev, todo vuelve. Sobre todo, sobre por qué nombrar el mundo nunca fue un asunto de orden técnico, sino una motivación profundamente humana. La IA no está volviendo obsoleto al que clasifica, lo está haciendo indispensable
De los Nada-ístas a los Nuevos Nadaístas…
Empecemos por desmitificar al primer enemigo, porque aunque no me crean existe un enemigo que anda suelto y es capaz de hacer mucho daño. Hoy existe una tribu tecnológica muy numerosa, ruidosa y bien financiada, que sostiene lo siguiente: ya el mundo no necesita estructurar nada, solo hay que tirar todos los datos crudos a un repositorio (data lake, suena mejor en inglés, siempre suena mejor en inglés para los esnobs), le metemos un modelo de lenguaje encima y que la máquina haga su trabajo. Cero ontología, cero disciplina, puro caos alimentando un cerebro estadístico que, mágicamente, entenderá las cosas. Es la versión moderna de creer que si acumulas muchos libros en una biblioteca, la habitación automáticamente se volverá sabia.
¡Pero saben qué! Las cosas no funcionan así de fácil. La razón por la que no funcionan estos sancochos de data es la misma por la que la IA termina alucinando: cuando un modelo no tiene el mapa explícito de todo lo que existe en el sistema y de cómo se relacionan sus partes, termina inventando. Rellena los vacíos conceptuales con las suposiciones más plausibles en lugar de usar información relevante y verdadera. Un modelo de razonamiento sin ontología es como un pasante brillante y sin supervisión: te va a dar respuestas seguras acerca de proveedores que no existen y va a enviar mensajes a empresas que cerraron hace años.
Una ontología es, sin rodeos, la disciplina de decidir qué existe en el mundo de una organización antes de dejar que la máquina razone sobre él. Esto es lo primero que hay que entender y lo primero que casi todos se saltan. Por esto no comenzamos desarrollando los conceptos, iniciamos entendiendo el propósito.
Antes de escribir una sola clase, antes de dibujar el primer nodo, siéntate y escribe para qué diablos sirve esto. Qué preguntas debe responder, qué sistemas debe conectar, qué decisiones debe soportar. Los ingenieros de conocimiento tienen un nombre para esto: competency questions (preguntas de competencia). Consultas concretas que el modelo terminado debe poder contestar. ¿Qué proveedores envían el componente X a la planta Y? Esa clase de cosas.
Parece trivial, pero no lo es, es la diferencia entre construir algo y modelarlo para siempre. Sin preguntas de competencia, no tienes ni el borde de tu territorio ni tu suite de pruebas. Conozco a un personaje víctima de ello, yo mismo. Me he pasado meses “modelando un dominio”, puliendo la ontología perfecta, desarrollando jerarquías elegantísimas, y como resultado un sistema que nunca entrega nada, porque nunca supo cuándo estaba terminado. Es el mismo instinto que en la TOMA #10 llamé “pensamiento de primeros principios”, pero en este caso se trata de un modelo pervertido: un modelo de primeros principios sin propósito es una forma de alucinación intelectual con diagramas.
Empieza por realizarte preguntas. Las preguntas son la frontera y son el examen.
El segundo enemigo es un hermano gemelo del primero: el ego de pretender reinventarlo todo. Me encanta cuando los ingenieros quieren apropiarse de todo lo que no es matemáticas y se atascan en las aguas de las ciencias blandas, porque siempre han despreciado la filosofía como la mamá de la ciencia y al final terminan aceptando que, sin el pensamiento filosófico, la ingeniería quedaría reducida a tablas de Excel.
La ingeniería de ontologías tiene una cultura fuerte de reutilización, por una razón sencilla: la interoperabilidad es todo. Ya existen vocabularios estándar para casi cualquier dominio. schema.org para la web, FIBO para finanzas, SNOMED y HL7 para salud, GoodRelations para comercio, las ontologías OBO Foundry para las ciencias de la vida. Gente muy inteligente ya pasó años definiendo qué es una “Persona” y qué es una “Organización”.
Aun así, siempre aparece el fundador, el CTO recién ascendido, el arquitecto con síndrome del genio incomprendido, que decide construir su propia clase Persona desde cero, porque la suya será mejor, porque su empresa es diferente.
Pero no, eso no los hace diferentes. Un ser humano en su sistema tiene nombre, correo y fecha de nacimiento igual que en el mío. Nadie les pidió que reinventaran al ser humano. Reutilizar un estándar no es rendirse: es la misma lógica del terroir cultural que exploré en la TOMA #7. No importamos las uvas francesas porque sí, pero tampoco reinventamos la fermentación. La innovación se trata de tomar lo probado y adaptarlo a tu suelo. Como diría Tom Kelley de IDEO, la innovación no es otra cosa que hallar nuevas formas de “empacar” lo que ya existe.
Linneo, curiosamente, entendió esto mejor que la mayoría de nuestros arquitectos de software. No inventó una palabra nueva para cada especie. Simplemente tomó el latín, una lengua ya existente, muerta y por eso estable, y construyó encima de ella. Homo sapiens: género más especie, solo dos palabras que dieron más vuelo que la evolución lineal de Darwin y que todas las religiones juntas. Una convención que ha sobrevivido durante tres siglos gracias a que este loquito reutilizó en lugar de ponerse a inventar.
El Mapa no es el Territorio | Confundirlos te va a Salir Caro
Esta es la parte donde esta toma se pone antropológica, como a mí me gusta. Hay una distinción que separa a los que construyen ontologías que duran de los que construyen monumentos al desperdicio. Se llama, en la jerga, la diferencia entre el TBox y el ABox. Suena como a robot de los años ochenta. Traducido al cristiano: el TBox es tu esquema, las clases, las propiedades, las reglas, el molde. El ABox son los individuos concretos que llenan ese molde, los datos reales. Dicho como lo diría un antropólogo (Bateson) y no un ingeniero: el TBox es el mapa, el ABox es el territorio.
El error más común, el que arruina proyectos enteros, es tratar de mezclarlos. Meter en el mismo saco el concepto y el ejemplar. Es la trampa clásica de la clase contra la instancia: “Vino” es una clase, “Vino tinto” es una subclase. Pero esa botella específica que tienes en tu cava, la que compraste en Villa de Leyva y estás guardando para una ocasión que nunca llega, esa es una instancia, un individuo, un dato, no una categoría.
Confundir los tres es como confundir la palabra “jaguar” con un jaguar que te está mirando desde un árbol. Al primero lo puedes escribir, el segundo te come.
Aquí es donde surge la idea más hermosa, más humilde y más subestimada de toda la informática. La que debería estar tatuada en el brazo de cada tecnólogo arrogante que conozco. Se llama la Open World Assumption, o la Presunción del Mundo Abierto.
Escúchala bien, porque al final es filosofía pura disfrazada de lógica. Una base de datos tradicional opera bajo un Mundo Cerrado: si algo no está en mi tabla, no existe. Punto. La ausencia de un dato es una afirmación de falsedad. Si no tengo tu número en mi lista, no tienes número y ya está. Es la epistemología del burócrata: lo que no está en el formulario, no es real.
Una ontología seria opera al revés. Bajo un Mundo Abierto, lo que no está afirmado no es falso, es simplemente desconocido. La ausencia de información no es información. Que yo no sepa que me enviaste un componente no significa que no lo enviaste. Simplemente significa que no sé.
Detengámonos en esto por un segundo, porque el tema es una postura moral disfrazada de detalle técnico. El Mundo Cerrado es la arrogancia codificada: mi tabla es el universo. El Mundo Abierto es la humildad epistémica convertida en ingeniería: mi conocimiento es un parche de luz en una oscuridad enorme, y tengo la decencia de admitirlo. Es la diferencia entre el imperio que declara terra nullius sobre todo lo que no cartografió, y el naturalista que deja espacios en blanco en el mapa con la anotación hic sunt dracones, aquí hay dragones, aquí no sé.
En la TOMA #6 hablé de pensamiento sistémico, insistí en que el mundo no es un árbol de líneas rectas sino un grafo de relaciones que se cruzan. La ontología te obliga a vivir en esa verdad, porque la otra gran tentación es forzar todo en una jerarquía rígida, un árbol perfecto donde cada cosa cuelga de una sola rama superior. Pero el mundo real casi nunca funciona como la representación de dicho árbol. Es un grafo de propiedades que se traslapan.
Linneo lo aprendió a golpes. Su árbol perfecto de la naturaleza tuvo que rendirse ante criaturas que se negaban a ser forzadas a colgarse de una sola rama. El ornitorrinco, mamífero que pone huevos y tiene pico. Imaginen la cara de ese man tratando de descifrar semejante capricho de la naturaleza: debió ser una pesadilla para él y para todos los que vinieron después. La naturaleza les demostró que no lee sus manuales de taxonomía, que hace lo impensable y lo impredecible.
Hay que Nombrar Bien, Construir Poco a Poco y Probar sin Parar Como si te Fueran a Auditar
Ahora bien, digamos que ya tenemos propósito, ya reutilizaste lo reutilizable, ya separaste el mapa del territorio y ya te tragaste la humildad del Mundo Abierto. Ahora toca el oficio. Este, como todo oficio, es aburrido, riguroso y no perdona la pereza.
Primero: nombra las cosas de manera consistente y sin ambigüedades. Adopta una convención desde el minuto uno (clases en un formato, propiedades en otro) y no las traiciones nunca. Dale a cada término un identificador estable. La regla de oro, la que Linneo habría firmado con sangre: nunca reutilices ni recicles un identificador una vez publicado. La gente río abajo depende de esa estabilidad. Cambiar el significado de un nombre ya publicado no es un ajuste, es traición. Es cambiar el número de la calle de alguien y no avisarle del cambio.
Por favor, por lo que más quieras: documenta cada término. Etiqueta legible, definición humana, para todos los conceptos. Una ontología sin documentar vale, para cualquiera que no seas tú, exactamente nada. Es un idioma privado. Un diario en clave. Muy bonito, pero completamente inútil.
Segundo: jerarquías bajas y con principios, no taxonomías profundas. Modela relaciones “es-un” que sean verdaderas inclusiones lógicas, no agrupaciones por conveniencia. La herencia múltiple (una cosa que cuelga de varias ramas) úsala con pinzas, solo cuando sea lógicamente cierta. Cada nivel extra de profundidad es un nivel extra donde alguien se va a perder.
Tercero, aquí es donde la mayoría se pega tiros en los pies: cuidado con las propiedades. Define dominios y rangos con cabeza, pero no sobre-restrinjas. Los axiomas demasiado apretados producen inferencias sorprendentes y no deseadas cuando el razonador se pone a trabajar. Le dices al sistema que solo los humanos pueden tener madre y, de repente, el razonador deduce que tu perro es humano porque le pusiste “madre” en la ficha. La lógica computacional de las ontologías no tiene sentido del humor. Hace exactamente lo que le dijiste, no lo que quisiste decir.
Cuarto: elige la expresividad justa y ni una gota más. El lenguaje ontológico viene en perfiles, cada uno con un canje distinto entre poder y velocidad. Más expresivo no es mejor. Más expresivo puede volver el razonamiento intratable a escala, es decir: inservible. Elige el lenguaje menos poderoso que aún responda tus preguntas de competencia. La sobre-ingeniería es una forma de vanidad muy frecuente.
Quinto, el que separa a los profesionales de los aficionados: prueba con un razonador, continuamente. Corre el razonador con frecuencia. Revisa consistencia. Caza inferencias no deseadas y clases imposibles antes de que crezcan. Trata una inconsistencia como un build roto, como código que no compila. No como una sugerencia, sino como una alerta. Valida que tus preguntas de competencia de verdad devuelvan respuestas correctas contra datos reales, no contra tu fe.
Sexto: gobierna esto como software. Versiona, documenta cambios. Ten una política de deprecación: cuando un término muere, no lo borras, lo deprecias. Lo marcas como jubilado pero lo dejas visible, porque hay sistemas allá afuera que todavía lo nombran. Borrarlo es romperles el mundo sin avisar.
Volvamos a Linneo por última vez, porque él encarnó esta regla siglos antes de que existiera Git. Cuando movió a las ballenas de los peces a los mamíferos, no fingió que el error nunca había ocurrido. La corrección quedó registrada, edición sobre edición, un rastro de arrepentimientos taxonómicos que hoy los historiadores de la ciencia leen como un diario de a bordo. Una ontología es un artefacto vivo, no un monumento ni una pieza de exposición en un museo. Es un organismo que crece, se equivoca, se corrige y se documenta a sí mismo.
El Ingeniero y el Chamán
Nos falta una pieza, la más entrada en lo humano de todas las piezas de este rompecabezas. Ninguna ontología decente la construye una sola persona. Hacen falta dos roles, y casi nunca viven en el mismo cuerpo. Está el experto del dominio, el que conoce la verdad del terreno, el médico que sabe cómo se comportan de verdad las enfermedades, el minero que sabe qué es en realidad una veta. Y está el ingeniero de conocimiento, el que impone la consistencia lógica y la disciplina del modelado.
El experto solo produce un caos verdadero: sabe todo, pero no lo puede estructurar. El ingeniero solo produce una estructura falsa: elegantísima y desconectada de la realidad. Ninguno de los dos, por sí mismo, sirve al propósito común.
Es exactamente la dupla que describí en La Espada y el Compañero, TOMA #12. El humano trae el juicio, el contexto, la verdad vivida del dominio. La herramienta (o el ingeniero, o la IA) trae la disciplina, la consistencia, la ejecución implacable. Dos espadas, Ni Ten Ichi Ryu. El error de nuestra época es creer que una de las dos hojas sobra, pero en el mundo de las ontologías no sobra ninguna.
Sospecho, y esto es lo que me tiene escribiéndote un domingo a esta hora, que el rol del ingeniero de conocimiento, ese oficio oscuro y mal pagado que casi nadie entendía, está a punto de volverse una de las profesiones más valiosas del planeta. Porque toda IA que quiera dejar de alucinar y empezar a razonar necesita a alguien que le dibuje el mapa de qué existe. Ese alguien no es un programador, es un pensador de las ciencias blandas con lógica formal. Un taxónomo del siglo XXI. Tal vez un segundo Adán.
El Mundo no lo Hemos Terminado de Nombrar
Linneo murió en 1778, en Uppsala, convencido de que había cumplido la misión del segundo Adán. Había nombrado y organizado toda la creación. Había puesto orden donde Dios, en su generosidad desordenada, solo había puesto abundancia.
Pero se equivocó, por supuesto. No en los detalles (aunque en esos también), sino en la premisa. Creyó que nombrar el mundo era una tarea que se termina. Que había una taxonomía verdadera, final, definitiva, esperando ser descubierta como una estatua dentro del mármol. Lo que descubrió, sin quererlo, edición tras edición, fue lo contrario: que nombrar el mundo es una tarea que nunca se termina, porque el mundo no deja de revelar criaturas que no leyeron su manual.
Esa es la lección para nosotros, que vivimos en la era de las máquinas que razonan. La tentación de nuestro tiempo es creer que la IA nos ahorrará el trabajo de pensar qué existe. Que podemos tirar el caos al lago y esperar sabiduría. Es la misma soberbia de Linneo, ahora automatizada: la máquina lo ordenará por nosotros.
Pero no lo hará. La máquina hereda nuestras categorías o inventa las suyas, y las que inventa sola, sin ontología, son alucinaciones con la voz muy segura. Alguien tiene que decidir, con propósito y humildad, qué existe en el mundo que la IA va a habitar. Alguien tiene que trazar el mapa, dejar los blancos donde no sabe, deprecar sin borrar y tratar la incoherencia como un incendio.
Ese alguien somos nosotros. La buena noticia, la que quiero que te lleves de esta edición, es que la herramienta más poderosa jamás construida no volvió obsoleto el oficio: lo coronó. En la era de la IA, el que sabe preguntar y nombrar el mundo con disciplina y con humildad no es una reliquia del siglo XVIII con levita y flores prensadas al cuerpo. Es la persona más valiosa en la sala.
Deus creavit. Ahora te toca a ti disponer.
Nos vemos en la próxima toma.
Si esta edición te movió algo, estas otras te van a llamar:
TOMA #4 · el twist cultural: por qué toda tecnología es, primero, una decisión sobre qué significa ser humano.
TOMA #6 · pensamiento sistémico: el mundo no es un árbol, es un grafo.
TOMA #7 · terroir cultural: reutilizar lo probado y adaptarlo a tu suelo.
TOMA #10 · pensamiento de primeros principios, y cómo pervertirlo si empiezas sin propósito.
TOMA #12 · La Espada y el Compañero · las dos espadas: el humano y la herramienta.
TOMA #33 · Las Cuatro Lunas · Galileo, el Helio-3 y cuatro futuros del trabajo.
¡Gracias por leer y compartir!
GabrielBedoya.com
DISCLAIMER
Este documento tiene fines exclusivamente informativos, educativos y de análisis futurista. No constituye asesoría financiera, ni solicitud de inversión, ni recomendación para comprar, vender o participar en ningún instrumento, empresa, proyecto o activo.
Si alguien utiliza el contenido de este material para solicitar dinero, inversiones o participación económica, considérelo inmediatamente como una posible estafa.
Protege siempre tu información personal y financiera.








