El Día que Inventamos el Futurísmo
Hay una pregunta que ningún ejecutivo se atrevería a hacer en su primer día de trabajo, y que sin embargo es la única pregunta que ha mantenido viva a nuestra especie durante doscientos mil años. Hoy se las voy a hacer. Para ello, vamos a sentar en una silla de la oficina a un hombre que lleva diez mil años muerto, le vamos a dar un café y vamos a dejar que nos mire. Porque la pregunta que motiva esta Toma es inquietante y hasta creo que es posible que este hombre del neolítico entienda mejor lo que nos está pasando en pleno 2026.
Les advierto desde ya, que lo que vamos a descubrir mirando hacia atrás, no es una condena, es un manual de instrucciones, que como de costumbre nunca leímos completo.
El Ejecutivo de la Edad de Piedra
Hace un par de días estuve leyendo un paper sobre Göbekli Tepe que me dejó medio loco, porque me devolvió en el tiempo. Dicho documento me llevó de vuelta a mis días como estudiante de antropología en la U de A. Para quienes deseábamos ostentar el título de antropólogos, tomar varios cursos de arqueología era material de rigurosa obligatoriedad, por mis manos pasaron todo tipo de artículos, libros, fotocopias y demás documentos con los que los autores analizaban la evidencia recogida en yacimientos arqueológicos, y presentaban pruebas irrefutable de nuestros orígenes como sociedad.
En mi memoria registre lecturas que databan el origen de lo que hoy entendemos como cultura material a unos doce mil años en el tiempo, por lo menos así lo dejan saber los ortodoxos de la teoría. Sin embargo, la evidencia encontrada en Turquía niega tajantemente esa antigüedad al poner material antrópico, es decir, intervenido por el hombre, mucho más allá. hay quienes se atreven a decir que podríamos estar hablando de hasta veinte mil años como mínimo. Lo que no deja de ser sorprendente por que niega todo lo antes dicho por la ciencia aceptada. Hay incluso quienes hablan de que no somos la primera sociedad humana en el planeta, pero ese es un tema que hay que dejarle a los magos de Alienígenas Ancestrales, ¿aunque por que no? cualquier día podríamos dar ese debate.
¿Pero qué tiene de loco este corrimiento en los umbrales del tiempo, y qué infiernos tiene esto que ver con FUTOPIX, si aquí lo que nos gusta es hablamor del futuro y no del pasado? Pues tiene que ver… y mucho, porque como dice la muy trillada frase, que no tengo ni (NPI) idea de quién es, el que desconoce su pasado terminará repitiéndolo.
Dicho esto, hoy quiero invitarlos a hacer un ejercicio que parece más un asunto de Hollywood que un tema de futurismo. Imaginemos que tenemos la capacidad de construir una máquina del tiempo, y que en vez de transportarnos en ella a matar curiosidades del pasado, nuestra máquina tiene la capacidad de abducir personajes de cualquier época para traerlos al presente.
En este orden de ideas, vamos a imaginar que abducimos a un individuo representante de un grupo humano al que mal hemos llamado “cazadores-recolectores” del Neolítico. Nuestro ancestro aparecería una mañana en la oficina de nuestro laboratorio, y después de que le pase el estupor, nos disponemos a brindarle un café en un vaso de papel. Nuestro cazador no viene vestido con una piel y arrastrando un garrote con púas puntiagudas, esa es una caricatura del cine. Por el contrario, sus ojos muestran una mirada práctica que sabe leer el clima, reconocer semillas, fabricar un refugio y mantener con vida a su grupo, sin internet, sin ChatGPT y sin YouTube.
Supongamos que podemos establecer comunicación con él a través del lenguaje, y lo invitamos a sentarse en una silla al frente de un escritorio donde se alojan tres pantallas. Él nos mirará con sorpresa y, contra toda probabilidad, preguntará lo más sensato que alguien haya preguntado en ese momento: ¿Dónde está la comida?
Como nos creemos la cúspide de la evolución, no faltará quien suelte una gran carcajada, porque partimos de asumir que estamos frente a un hombre primitivo. Pero ojo con eso, porque tendemos a reducir al hombre del Neolítico a un ser absolutamente básico, por eso el concepto de cazador-recolector es tan odioso, por eso no me gusta, como a muchos otros antropólogos. Decir que solo se dedicaban a cazar y a recoger frutos o lo que se encontraran en el camino es una absoluta reducción al absurdo, es como decir que hoy solo nos dedicamos a mirar el móvil, porque mucha gente pasa hasta doce horas mirando una pantalla.
La revolución que vivimos en el período que llamamos el Neolítico, fue tan seria como la que estamos viviendo hoy, no lo digo por la velocidad, sino por la profundidad de los cambios. Para que tengamos una pequeña idea, nuestros ancestros eran expertos en leer el clima, en seguir las migraciones animales, en entender las variaciones estacionales, en distinguir entre una planta comestible y una venenosa, y si aún algunos creen que eran tan bestias, hagan el ensayo de tratar de sobrevivir en el monte sin nada de nada, los reto a tratar de hacerlo siquiera una semana.
Pasar del nomadísmo a asentarse en un territorio, aunque fuera de forma temporal, tuvo que tener inmensos desafíos. Hoy se ve como una pendejada de salvajes, pero aprender a sembrar, almacenar la cosecha, definir los campos de siembra, contar los periodos para germinar y esperar para recoger los frutos tiene mucha ciencia. La revolución del Neolítico no fue solamente descubrir la agricultura, fue fundar la nueva arquitectura de la sociedad.
Los primeros futuristas de los que tenemos consciencia no se dedicaron a escribir escenarios, ni a imaginar modelos. Por el contrario, el hombre del Neolítico fue el primer lector de señales débiles de nuestra historia, porque entender cuál semilla funcionaba y cuál no requirió de mucha, pero mucha observación.
Sembrar exige una forma radicalmente distinta al nomadísmo, una forma completamente distinta de imaginación. Primero hay que enterrar una semilla, un acto que pudieron haber copiado de los roedores, quienes esconden las semillas bajo la tierra para guardarlas o protegerlas de otras especies. Es al mismo tiempo un acto de profunda paciencia y de recia observación. Ver cómo una semilla brotaba debió haber sido el momento eureka más inspirador que haya vivido humano alguno.
Con la germinación de una semilla nació el excedente, el calendario, el granero, la deuda, la propiedad, la herencia y hasta la ansiedad, todo un ecosistema. Con la agricultura nació el futurismo, porque ver crecer un grano, para transformarse en una planta, y una planta en frutos, para luego repetir el proceso, es el acto más simple, pero a la vez más hermoso, que nos ha regalado la naturaleza.
A pesar de que han pasado milenios, el cazador recolector transformado en agricultor del Neolítico tiene más cosas en común con el hombre moderno de las que nos imaginamos, así nos las demos de los chachos de la película.
Un agricultor del Neolítico y un profesional contemporáneo comparten más gestos de los esperados. Mientras uno sembraba maíz, el otro invierte, aprende a manipular una IA o alimenta un modelo con el mismo objetivo: esperar que al finalizar el trimestre la semilla germine. Ambos viven de futuros diferidos. La diferencia es que el “salvaje” miraba al cielo para entender su riesgo, mientras nosotros abrimos un dashboard para leer una pila de indicadores, para a veces quedar más inseguros y más perdidos que nuestros antepasados.
Con estas comparaciones no pretendo romantizar el pasado, ni mucho menos. La prehistoria estaba llena de retos y peligros, la esperanza de vida de un humano estaba por debajo de los cuarenta años, y la modernidad está pletórica de las conquistas extraordinarias que hemos logrado como especie. Eso se debe en parte a la gran capacidad de colaboración que tenemos como sociedad. Lo que hoy vemos como una conquista a veces banal está basado en lo que hemos heredado a través de los modelos de colaboración humana obtenidos por generaciones y generaciones.
La pregunta que hoy genera esta nueva Toma de FUTOPIX es: ¿cuánto de nuestra mente sigue operando con el sistema operativo del Neolítico, aunque hoy sostengamos un teléfono capaz de acceder a prácticamente todo el conocimiento humano?
Entrémosle al tema para ver con qué nos encontramos.
De Domesticar Trigo a Domesticar Atención
Cuenta la leyenda que el ser humano domesticó al trigo. Uno de mis futuristas preferidos, Yuval Noah Harari, argumenta que deberíamos darle la vuelta al tema, es decir, que más bien fue el trigo quien nos domesticó, y puede ser que hasta tenga razón. El nomadísmo nos llevó a muchos lugares y a consumir de lo que encontráramos disponible en la naturaleza. Al llegar la agricultura, millones de seres humanos terminamos consumiendo unas pocas especies, sirviendo a unos pocos cultivos, removiendo malezas, moviendo grandes cantidades de agua y defendiendo las cosechas con la vida. Visto desde la perspectiva de las plantas seleccionadas fue un negocio hermoso, domesticarnos pudo ser lo mejor que les pudo haber pasado.
Si has leído otros FUTOPIX, sabrás que no escribo metáforas por el simple hecho de elaborar modelos de explicación más fáciles de comprender. Lo hago porque me gusta jugar con las figuras literarias, para después torcerles el pescuezo y entrar en los argumentos. Entonces digamos que si cambiamos el trigo por la plataforma, entenderemos que al usar Instagram, TikTok, Google o cualquier IA, estamos diciendo que cada sistema también se reorganiza a sí mismo para reproducirse. Estos no interactúan en el vacío, por el contrario, necesitan datos, contextos, contenido, información relevante. Mientras nosotros creemos que estamos cosechando información, el sistema en paralelo cosecha nuestra atención. El dedo que se desliza por la pantalla es la hoz que corta el trigo de los cazadores recolectores transformados en agricultores, porque todo, absolutamente todo lo que hacemos, compite por atención. O dejen de darle atención a un cultivo para que vean lo que pasa.
Es aquí donde la antropología nos entrega sus más profundas reflexiones. Los humanos no fabricamos herramientas de forma aislada, una punta de flecha no se reprodujo a partir de una piedra de obsidiana porque sí. Los humanos construimos ecosistemas que luego nos reconstruyen, somos expertos en inventar cosas que luego nos reinventan a nosotros mismos, esa es la sabiduría que se esconde detrás de la cultura: todo artefacto cultural es a la vez un elemento reproductor del sistema.
El arado no solo cambió la tierra, también cambió nuestra espalda, el régimen de propiedad, la división del trabajo y la noción de riqueza. El teléfono inteligente cambió la comunicación, pero también la postura del cuello, la experiencia del aburrimiento, la memoria, el cortejo, la amistad y un largo etcétera. La magia y el reto de las señales débiles está en lograr ver el sistema a través de sus fractales.
En este espacio he insistido en que el futuro no es una línea recta, es un abanico de posibilidades. Las tecnologías per se no determinan el futuro, lo codifican, sirven como elemento para materializar supuestos. El granero codificó la idea de que el valor podía acumularse y protegerse. El algoritmo que recomienda codifica la idea de cuál podría ser nuestro próximo deseo, ¡infiere! El primero convirtió alimento en poder, mientras que el segundo convierte nuestro comportamiento en predicciones.
El problema de la modernidad no es que las plataformas sean malvadas, como algunos quieren sugerir. Tampoco es como para devolvernos a la caverna a comer tallos. El problema que hoy tenemos es que confundimos conveniencia con neutralidad. Cuando un algoritmo anticipa lo próximo que veremos, compraremos o escucharemos, comienza a ocupar el lugar que culturalmente ocuparon nuestros ancestros, quienes interpretaron las señales invisibles y nos dictaron los significados que deberíamos darle a la realidad. El asunto está en que el algoritmo conoce nuestros clics, y con frecuencia arma una versión de nuestra identidad que no es del todo cierta.
El nuevo agricultor del Neolítico negociaba con fuerzas que no controlaba: las lluvias, las plagas, la fertilidad del suelo. Nosotros hoy negociamos con sistemas igualmente opacos: rankings, modelos, mercados, ideologías. Lo curioso es que a ambos nos tranquilizan los rituales. Mientras nuestros ancestros danzaban la danza de la lluvia, nosotros simplemente refrescamos la pantalla o actualizamos la bandeja de entrada. Ninguno de estos rituales garantiza la cosecha, pero en el fondo dejan la sensación de que estamos haciendo algo, lo que produce cierta sensación de alivio.
El Granero, la Nube y la Invención del Futuro
Antes de que nos inventáramos el almacenamiento en graneros, buena parte de la riqueza que generábamos tenía fecha de vencimiento. Las frutas se pudren, las presas se debían compartir, y llevar demasiado peso encima convertía la abundancia en un problema. Esto me hizo recordar una entrevista que vi en el podcast de Joe Rogan, quien estaba conversando con un personaje que vivió cuarenta años con una comunidad indígena del Amazonas. Joe le preguntó por qué los indígenas no almacenaban la carne de caza que obtenían en la selva… este le respondió diciendo que sí la almacenaban… pero en la panza de otro hermano de la comunidad indigena ¡Brillante!
El almacenamiento cambió la ecuación social: las semillas podían conservarse, contarse, intercambiarse y, sobre todo, vigilarse. Pero al aparecer el excedente también aparecieron los administradores, los guardianes, los impuestos y las personas capaces de decir que una parte de la cosecha pertenecía a alguien que jamás había clavado un arado en la tierra.
Hoy la nube representa nuestro granero. En ella guardamos fotografías, conversaciones, documentos, mapas, contraseñas, movimientos y fragmentos de identidad. Pero toda memoria organizada produce autoridad, y quien define lo que puede recuperarse, quien controla el acceso, decide qué pasado sigue disponible. Por eso una ontología, entendida como la decisión de documentar todo lo qué existe y cómo se relaciona con el sistema, nunca es un asunto puramente técnico. Es la decision que convierte filosofía en arquitectura.
En el Neolítico, contar sacos de grano ayudó a empujar la escritura. Hoy contamos tokens, impresiones, leads, pasos, sueño profundo y pulsaciones. Tenemos más métricas que cualquier rey mesopotámico y, sin embargo, no necesariamente comprendemos mejor nuestra vida. La medición ilumina, pero también recorta. Hemos llegado a tal nivel de estupidez que aquello que no cabe en una celda de excel es culturalmente invisible.
La Torcida de Pescuezo
Hasta aquí la metáfora parece un lamento, ustedes saben que aquí no se consume pesimismo. Así que ahora le torcemos el pescuezo, como lo prometí al principio.
Volvamos a nuestro invitado, el hombre que preguntó dónde estaba la comida. Ese hombre y su gente hicieron algo que a nosotros nos cuesta muchísimo imaginar: tomaron la tecnología más disruptiva de su época, la agricultura, y en unos pocos milenios la convirtieron en civilización. No le tuvieron miedo al granero, lo rodearon de reglas. No le tuvieron miedo al excedente, inventaron el intercambio, la fiesta de la cosecha, el templo, el calendario y la escritura para administrarlo. Cada vez que una herramienta amenazó con domesticarlos, dejaron que respondiera la cultura. Esa es la parte de la historia que casi nadie cuenta, porque es menos glamurosa.
Fíjense en algo que a mí como antropólogo me parece de lo más hermoso. Göbekli Tepe, el yacimiento con el que empezó esta Toma, parece ser un templo. Sus pilares monumentales se levantaron, según la evidencia más aceptada, antes de que existiera la agricultura plena en la región (o sea que los humanos de la época vivieron en la liminalidad de la transición del nomadísmo a la agricultura. Es decir, primero construimos un lugar para reunirnos, para contar historias y para mirar juntos al cielo, y después, alrededor de ese lugar, aprendimos a sembrar. El significado vino antes que el excedente. La cultura no fue la consecuencia de la tecnología, fue la condición para que la tecnología no nos devorara. Guarden esto, porque aquí esta el corazón de esta Toma (a mi me gusta explicar con plastilina).
Ahora traigan esa lógica a la actualidad. Tenemos un granero “infinito” al que hemos llamado “la nube,” una hoz que se llama pulgar y un algoritmo que hace las veces de clerigo. Lo que todavía no hemos construido del todo es el templo, es decir, el espacio cultural donde decidimos juntos qué significa todo esto y qué reglas lo rodean. Pero esa no es una mala noticia, es la noticia más emocionante del siglo, porque significa que el trabajo más importante todavía está disponible. Nuestros ancestros tardaron milenios en escribir las reglas que gobernarían el granero. Nosotros tenemos la ventaja de saber, gracias a ellos, que esas reglas se pueden escribir.
El Sistema Operativo del Neolítico no es un Defecto, es la Ventaja del Sistema
Volvamos a la pregunta conla que abrimos la Toma. ¿Cuánto de nuestra mente sigue operando con el sistema operativo del Neolítico? Mi respuesta es: casi toda, menos mal…
Ese sistema operativo trae de fábrica tres cosas que ningún algoritmo ha podido replicar. La primera es la paciencia productiva, la capacidad de enterrar una semilla hoy sabiendo que la cosecha llegará en un par de meses. Toda inversión, todo aprendizaje, toda empresa y toda crianza corre sobre ese programa. La segunda es la lectura de señales débiles en el mundo físico, ese ojo entrenado para notar que el cielo cambió de color o que una planta creció donde no debía, es exactamente la habilidad que distingue a un futurista de un comentarista. La tercera, la más poderosa, es la colaboración con extraños, esa capacidad de coordinar a cientos de personas alrededor de una historia compartida, que como bien dice Harari es lo que nos permitió pasar de una bandada, a un pueblo de mil y de ahí a la ciudad.
Los sistemas que hoy cosechan nuestra atención se alimentan justamente de las grietas de ese sistema operativo: la impaciencia, la distracción y la soledad. Pero la solución nunca fue apagar la máquina. La solución, la misma que encontraron los del granero, es rodear la herramienta de cultura. Aquí va la parte buena de todo este cuento, por primera vez en la historia, las herramientas con las que nos domestican son al mismo tiempo las herramientas con las que podemos redomesticarlas.
Piénsenlo desde otro punto de vista. Un modelo de IA es el primer artefacto humano capaz de leer más señales débiles que cualquier campesino del Neolítico, de recordar más cosechas que cualquier granero y de coordinar a más extraños que cualquier templo. Si el agricultor tuvo que esperar milenios a que la escritura le ayudara a administrar el excedente, nosotros ya tenemos la escritura del siglo XXI en el bolsillo. El asunto no es quién domestica a quién, el asunto es quién escribe la ontología, quién decide qué existe, qué se cuenta y qué se guarda. Esa decisión, hoy, todavía está en tus manos.
Las Señales Débiles que Hay que Vigilar
Como ya saben, una de mis misiones en el mundo es inquietarlos para que aprendamos a observar, hay que saber qué vamos mirar. A continuación les dejo algunas señales que deberíamos estar rastreando, y todas apuntan hacia el mismo lugar: la aparición del nuevo templo alrededor del nuevo granero.
La primera es la portabilidad de la memoria. El día que uno pueda llevarse su contexto, sus conversaciones y su historia de una plataforma a otra como quien se lleva sus semillas de un valle al siguiente, el granero dejará de ser una cárcel y volverá a ser una despensa. Ya hay movimientos regulatorios y técnicos en esa dirección, y son de las noticias más aburridas y más importantes de la década.
La segunda son las ontologías abiertas. Cuando comunidades, ciudades y empresas empiecen a escribir sus propias definiciones de qué existe y cómo se relacionan sus partes, en lugar de aceptar las que traen las plataformas de fábrica, estaremos viendo nacer los primeros templos digitales. Ojo con los proyectos de datos comunitarios, cooperativas de datos y protocolos de contexto, porque ahí parece que está pasando algo.
La tercera es la economía de la atención regenerativa. Paremosle bolas al surgimiento productos que ganen dinero devolviéndonos tiempo en lugar de quitárnoslo, algo así como la agricultura regenerativa aplicada a la mente. La primera plataforma que logre cobrar por dejarnos en paz, habrá inventado la rotación de cultivos del siglo XXI.
La cuarta es el regreso de los rituales físicos con propósito. Cuando ver que la gente vuelva a reunirse alrededor de mesas, huertas, talleres y fogatas deje de leerse como nostalgia y empiece a leerse como infraestructura, sabremos que el sistema operativo del Neolítico está recuperando el control del hardware.
La quinta, la más personal: el día que un asistente de IA le pregunte a sus usuarios “¿dónde está la comida?”, es decir, cuando los sistemas empiecen a optimizar por nuestra supervivencia y bienestar real y no por nuestra permanencia en la pantalla, ese día el algoritmo habrá pasado de trigo tirano a semilla aliada.
Si alguna de estas cinco se mueve, ya saben lo que tienen que hacer, avisenme!!
Tarea para la Semana
Como siempre, va pa’ todos. Esta semana hagan un ejercicio de Neolítico aplicado. Escojan una sola cosa en su vida que funcione como semilla, algo que sembraron hace tiempo y que todavía no ha dado fruto: un proyecto, una relación, un aprendizaje, un negocio. En vez de abrir el dashboard, en vez de refrescar la pantalla para ver si ya germinó, salgan a mirarla con los ojos del agricultor. Pregúntense qué necesita esa semilla de verdad: agua, tiempo, sol, o simplemente que dejen de escarbar la tierra cada cinco minutos para ver si ya brotó.
Ahora, la parte maluca. Identifiquen qué plataforma los tiene domesticados, yo ya se cual es la mía, creanme… Cuál es tu trigo. No para que lo abandones, yo he peleado con la mía muchísimas veces, pero no puedo apagarla, lo que no qiere decir que no pueda crearle reglas. Aunque sea una sola, un horario, un límite, un lugar de la casa a donde no entra. Eso, exactamente eso, es lo que hicieron nuestros ancestros con el granero. Le pusieron una puerta y le pusieron un guardián, nosotros somos el guardián.
Hagámonos entre todos la pregunta que hoy toca: ¿Qué es lo que yo quiero cosechar? ¿Qué estoy haciendo con mi atención para sembrarlo?
Antes de Abrirme del Parche
Nuestro invitado se termina el café, mira las tres pantallas por última vez y hace la segunda pregunta más sensata de la mañana: ¿y todo eso para qué?
Nosotros, que estamos convencidos de que somos la cúspide de la evolución, nos quedamos callados un momento.
Entonces se nos ocurre la única respuesta que él entendería. Le decimos que esto es un granero. Que ahí guardamos lo que sabemos, lo que somos y lo que queremos. Que todavía no hemos terminado de escribir las reglas, ni de nombrar al guardián, ni de construir el templo alrededor.
Él, que vio a su gente pasar de la incertidumbre del monte a la primera cosecha, que estuvo ahí cuando la semilla brotó, sonríe. Porque él sabe algo que nosotros a veces olvidamos: que todas las herramientas que amenazaron con domesticarnos terminaron, cuando decidimos rodearlas de cultura.
El trigo nos domesticó y respondimos con ciudades, el granero nos vigiló y respondimos con la escritura. El algoritmo nos cosecha, y la respuesta ya la sabemos, porque llevamos diez mil años practicando.
Tenemos el sistema operativo más probado de la historia corriendo en el hardware más poderoso jamás construido. Lo único que falta es dejar de refrescar la pantalla y volver a mirar el cielo con la intención de sembrar.
PD: ya casi llegamos al primer año de FUTOPIX, ha sido un viaje fascinante para mi (no se si para ustedes lo sea, pero para mí ha sido de locos), ya se me hizo un hábito escribir esta cosa que no se ni como llamarla, simplemente FUTOPIX. Para celebrar este año juntos estaré publicando un primer libro, el cual se llamará FUTOPIX 1 (Luego les cuento más).
Nos leemos en la próxima Toma. Si esta te movió el piso, compártela con ese amigo que lleva doce horas mirando una pantalla y todavía no ha preguntado dónde está la comida.
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GabrielBedoya.com
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Cada escrito ayuda a mi crecimiento cultural no solo mio sino el de mi entorno, comparto tus ideas en mis conversaciones con amigos y familia, comparto los post y ahora recomendare tu libro. Muchas gracias Gabriel.
Mi querido futurista, voy a construir esa máquina del tiempo, quiero traer mucha gente de atrás esa será la primer tarea, muy bueno, ahora bien lo que sí me parece campeón es la tarea final. Este tema solo da para un libro