Cincuenta Tomas
Cuando arranqué esta aventura no sabía si iba a llegar a la diez, así que permítanme un segundo de vanidad antes de meternos en el barro, porque la Toma cincuenta llega con un tema que se estuvo cocinando solo.
Esta semana que está cerrando estuvo marcada por la cantidad de denuncias y debates alrededor de la posibilidad de que la IA nos mate a todos en los próximos cuatro años. De todos los bandos saltaron acusadores y defensores, unos con argumentos muy sólidos, otros no tanto. Personalmente pienso que a muchos de los sponsors de esta tecnología les importa poco o nada si la IA tiene la capacidad de borrar a la raza humana del planeta. Me acordé de la película de Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, Don’t Look Up: un profe de astronomía y su estudiante de doctorado descubren un asteroide en ruta de colisión con la Tierra, del tamaño justo para causar el Armagedón y eliminar a la humanidad de tajo, y se pasan el resto de la película tratando de que alguien, cualquiera, mire hacia arriba. Se las recomiendo! Cambien el asteroide por IA y se les van a poner los pelos de punta con el parecido, porque como dicen muchos, a veces la realidad supera la ficción.
Ahora bien, soy de los convencidos de que estamos lejos de que una IA desate una guerra nuclear a la manera Skynet/Terminator, y no por fe, sino por arquitectura: el comando nuclear es el sistema menos interoperable que ha construido la humanidad, y a propósito (léanse la Toma 47, Cuando el mito se hace realidad). Pero esta semana quise hacer el ejercicio contrario. Quise pensar, en frío y con el diario de campo abierto, qué pasaría si una IA se tomara el control global y decidiera eliminarnos. ¿Qué necesitaría para ser verdaderamente autónoma? ¿Y qué poblaciones humanas quedarían fuera de su alcance? Ese es el eje alrededor del cual gira esta entrega.
Abróchense los cinturones, porque aquí arranca esta vuelta.
Autonomía Total
Para que una IA se pudiese volver en nuestra contra necesitaría garantizar su autonomía libre de intervención humana para siempre. No por un fin de semana, no por un mes, no por un año. Para siempre! “para siempre” es una palabra que en ingeniería no existe. Por lo que esto implicaría resolver, como mínimo, los siguientes problemas estructurales.
1. Autonomía Energética
Todos sabemos que la infraestructura que hace posible la IA es una devoradora de energía. Sin energía simplemente no hay IA, razón por la cual el primer problema que Skynet tendría que resolver sería controlar la generación, la producción, el transporte y el mantenimiento de la red eléctrica. Si bien esto podría resolverse con robots, hoy esa no es una posibilidad real. Para que una IA fuese cien por ciento autónoma tendría que hallar la forma de esclavizar a una parte de la población humana para coordinar las tareas de motricidad fina, o desarrollar robots provistos de ella (aún así los robots tendrían que ser entrenados por alguien en motricidad fina), lo que implica que la IA y sus robots necesitarían la capacidad de autorreplicarse, cosa que hoy no es posible sin intervensión humana. En consecuencia, una IA autónoma tendría que gestionar fuentes de energía, detectar cortes, aislar averías y equilibrar generación y consumo en tiempo real, que es exactamente lo que hoy hacen miles de operadores humanos con casco, radio y lonchera.
Otro aspecto que tendría que resolver es qué hacer en caso de apagón. Si entra en modo off, ¿cómo vuelve al modo on sin causar daños sistémicos? El respaldo con baterías y UPS es un factor crítico, y Skynet, por más lista que sea, no puede reemplazar una batería con un prompt.
2. El Diablo Está en los Detalles
Don Hermes Pinzón, el papá de Betty la Fea, en la serie decía permanentemente que “el diablo está en los detalles”, y es precisamente ahí donde nadie busca. La infraestructura periférica de la IA es la más vulnerable de todas. Sí, si, esa… la que todos los “expertos en inversiones” viven despreciando porque no se llama ni Nvidia ni Tesla. Todos estos”expertos” viven embriagados con el Kool-Aid de esas dos, y los Cisco, los HPE, los Arista Networks, Broadcom, Marvell, Celestica y compañía… ¡bien, gracias!
Pregunten cuántos Data Centers en la mitad de la nada tienen que parar de operar por un access point quemado, un switch roto, una memoria obsoleta o, inclusive, un puto rack de acero donde no cabe un servidor. Un dispositivo de quinientos dólares puede dejar parado un Data Center de cien millones, y hasta de más. A veces me da mucha risa con estos expertos que saben muchísimo de acciones y nada de conectar fierros. Viven promulgando el verbatim que más odiamos quienes alguna vez hemos diseñado servicios: “eso no es sino…”. Como decía mi mamá: ¡vayan con ese manto a misa!
3. A los Fierros les da Gripa
Otra vulnerabilidad que pocos saben es la refrigeración. Trabajé una buena temporada de mi vida diseñando Data Centers para minería de bitcoin, y créanme, a esos cacharros les da hasta gripa. Un centro de minería no es muy distinto de uno de inferencia de IA, y por eso los ambientes controlados son fundamentales en esta industria.
Lo primero es el control ambiental. Un Data Center necesita operar bajo una temperatura óptima, alrededor de 85 grados Fahrenheit (unos 29 grados Celsius), para maximizar su eficiencia. Más calor o más frío, y la eficiencia cae. Por eso la refrigeración es factor crítico de éxito. Normalmente se usan dos familias de refrigeración: la basada en agua y la basada en aire acondicionado. La primera es mucho más económica y eficiente que la segunda, y por eso es de las más usadas.
Lo segundo es el control de lo que flota en el aire. Un Data Center en el desierto, con una cantidad enorme de partículas en suspensión, va a tener muchos problemas. Uno en zona muy húmeda va a tener agua donde no debe, y uno en área muy fría también tiene sus bemoles. Polvo, tierra, agua y hielo: no bueno.
Ahora bien, si yo hiciera parte de la resistencia que va a combatir a Skynet, lo primero que haría sería quitarle el acceso al agua para hacerle insufrible la refrigeración y luego le cortaría el suministro de energía. Entonces los sabelotodos van a decir: pues que refrigere con aceite y energía solar. Entonces la pregunta seguida es: ¿quién fabricará el aceite? ¿Cómo operaran en invierno, en la noche y como almacenaran la energia para los periodos de no luz solar? Como ven Don Gérmenes tenia bastante razón, el diablo está en los detalles.
4. La Lista de Mercado
Muchos no saben que un Data Center no es solo computadoras. Estos recintos poseen una cantidad enorme de periféricos y consumibles: filtros de aire, resinas de intercambio iónico, sal, siliconas, lubricantes, sellantes, empaquetaduras, materiales absorbentes, pastas térmicas, conectores ópticos, bolsas de aspiradora, extintores, discos duros, fusibles, bombas de agua o de aceite, sensores, sondas, correas, solventes, etcétera. Cada uno de esos renglones tiene detrás una fábrica, una cadena logística, un camionero y un tipo con un alicate y un destornillador. Son muchísimos los problemas que Skynet tendría que resolver para operar de forma autónoma antes de apagarse por falta de un tie-wrap o de un relé de control de diez dólares.
La IA no tiene cuerpo, y en este mundo del 2026 todo lo que no tiene cuerpo depende de alguien que sí lo tiene. Van viendo como es la cosa, eso de que la IA se va a apoderar del mundo, no es tan así de fácil. Un Data Center tiene más cosas que una Pizza “meat lovers”. Un data center tiene más piezas que un reloj suizo, y algunas de ellas aún no pueden replicarse ni con robots, ni con IA autónoma.
La Vacuna Anti-IA
Ahora bien, supongamos que Skynet tiene resueltas todas las contingencias anteriores. En ese orden de ideas, las preguntas van en otra dirección: ¿quiénes en la Tierra estarían a salvo?
La respuesta depende de cuál de estos tres escenarios se materialicen: (a) que la IA absorba la mayoría de las labores cognitivas y físicas, la tesis Kurzweil/Diamandis; (b) que la IA se convierta en la capa dominante de los Estados, los mercados y los medios, y que los humanos quedemos sumergidos en ese sistema de dominancia, la tesis de Harari sobre la clase inútil y el colonialismo de la data; y (c) que la IA se desligue de lo humano y opere como un sistema hostil, la tesis de Bostrom.
Aquí es donde la mirada del antropólogo resulta útil. En oposición a lo que muchos piensan, la exposición de una comunidad a la IA no tiene nada que ver con tecnología. Tiene que ver con el sustento, la legitimidad y la construcción de sentido, y con si esas tres cosas pasan o no por canales legibles, digitalizados y valorados por el mercado. Las comunidades menos legibles, menos monetizadas y más arraigadas en la experiencia corporal recibirán los impactos más tarde y en menor medida. No porque la IA no llegue, sino porque no tiene por dónde entrar.
Mi propia publicación de hace dos semanas ya apuntaba en esa dirección. La Toma 48, El hombre del Neolítico con wifi, sostiene que el sistema operativo neolítico, hecho de paciencia productiva, lectura de señales débiles en el mundo físico y coordinación mediante relatos y rituales compartidos, es precisamente lo que ningún otro modelo replica. Si quieren, llámenle a esto las prácticas culturales. El dossier de señales para 2050 muestra un giro significativo en esta dimensión: el “robot que reemplazará al trabajador” en una economía central suele ser, en realidad, un teleoperador de ese robot, o de varios, sentado en un centro de monitoreo en Manila, en São Paulo o en Bogotá. La exposición no corresponde al trabajo físico en sí, sino al trabajo que puede canalizarse a través de una red. Guardemos esa distinción por aquí, porque este argumento nos ordenará todo lo que sigue en esta conversa.
Desde dicho enfoque, estas son las comunidades que uno esperaría que resultaran menos afectadas, ordenadas según su capacidad de resistencia. Yo los llamo los domadores de IAs.
El primer grupo son las comunidades cuya economía está arraigada en el cuerpo y el territorio: son locales, poco legibles para los sistemas en red. Agricultores de subsistencia y semisubsistencia en los Andes, el Sahel, las tierras altas del Sudeste Asiático y la meseta etíope; pescadores artesanales, pastores, artesanos, nómadas. Los precios de su producción no se fijan en plataformas, sus derechos sobre la tierra y el agua se sostienen mediante el parentesco y la costumbre, y su “IA” es la memoria colectiva de su agronomía intergeneracional. Fueron también las últimas comunidades en verse afectadas por las dos revoluciones anteriores, la industrial y la digital, y ese es el precedente de referencia.
Muchos aseguran que se verán afectadas por los precios de las materias primas, el clima y los Estados que usan IA para vigilancia o titulación de tierras. Yo creo que esa es una concepción muy occidental del asunto. A los Masái, a los Lele y a los Nukak makú les vale mondá que suba o baje el petróleo, el maíz o la yuca, o que la tierra sea de Pedro o de Pablo, ellos se han paseado por los bosques del planeta desde hace milenios. Estas comunidades son boinas verdes de la supervivencia en ambientes hostiles. En caso de que la IA se revele, estos grupos serán los domadores innatos de dichas IAs, porque llevan diez mil años domando cosas más peligrosas.
El segundo grupo, y aquí muchos van a arrugar la cara, son las comunidades religiosas que limitan deliberadamente el uso de tecnología: los Amish y los Menonitas, aproximadamente 400.000 personas en Norteamérica cuya población se duplica cada veinte años; los Huteritas, los enclaves Jaredíes y algunas órdenes monásticas. Son las únicas comunidades del mundo desarrollado que cuentan con una tecnología de gobernanza explícita para adoptar herramientas: una norma comunitaria, la Ordnung, que evalúa cada dispositivo por su efecto sobre la comunidad y no por su comodidad. Ya mantienen una economía próspera dentro del país con mayor presencia de IA del planeta. Desde la antropología, son la prueba más clara de que la protección es cultural, no geográfica: un grupo con altos niveles de confianza y natalidad, una vida rica en rituales y una institución capaz de decir que no. Fíjense en el siguiente detalle: nosotros llevamos veinte años sin poder decirle que no a una notificación. Ellos llevan tres siglos con un comité que se lo dice a un tractor.
El tercer grupo, alineado con el primero, son las naciones indígenas con soberanía territorial y una lengua viva: comunidades de algunas zonas de la Amazonía, los Inuit y los Sami, los Iwi maoríes y las tierras altas de Papúa. Su ventaja es triple: jurisdicción legal sobre la tierra, una economía parcialmente ajena a las relaciones monetarias y una cosmología que no considera la inteligencia una propiedad de individuos ni de máquinas. Su exposición es la que identificamos con la señal de “la lengua que sobrevive como conjunto de datos, pero sin hablantes”: el riesgo no es que los reemplacen, es que los archiven.
El cuarto grupo es más sorprendente: las comunidades dedicadas a los cuidados y a los oficios manuales que requieren presencia física y trabajo no rutinario, dondequiera que estén. Parteras rurales, guías de montaña, veterinarios de pequeñas explotaciones ganaderas, albañiles especializados en restauración y quienes cuidan a los mayores en los pueblos. No porque la IA no pueda ayudarlos, sino porque la geografía económica de la teleoperación, densa, estandarizada y urbana, no alcanza un trabajo disperso, improvisado y basado en relaciones. Es la paradoja de Moravec convertida en demografía: los últimos trabajos humanos son aquellos en los que el cuerpo, el lugar y la relación constituyen el producto. Volvamos por un segundo a la lista de mercado del Data Center: la señora que sabe cambiar la bomba de agua a las tres de la mañana pertenece a este grupo, aunque trabaje para Skynet.
El último grupo es el más contraintuitivo desde la perspectiva de sistemas: las personas en situación de pobreza infraestructural, que nunca estuvieron conectadas a las redes. Aproximadamente los 700 millones sin electricidad y los 2.600 millones que hasta hace poco estaban fuera de internet. Están protegidas por la exclusión, que es la peor forma de protección, porque no la eligieron y no la controlan. La señal para 2050 sobre pandillas que administran Starlink en favelas y prisiones muestra la rapidez con la que esa protección se derrumba cuando la conectividad llega a través de un intermediario depredador.
La Ley del Domador
Lo que comparten los cinco grupos merece formularse como una ley, a mi me gusta escribir las leyes con lápiz para poder borrarlas cuando la realidad me contradiga:
Cuanto menos dependa la supervivencia de una comunidad de vender capacidades cognitivas legibles en un mercado, y cuanto más dependa de la tierra, los cuerpos, el parentesco y los rituales, menor será su exposición a la IA.
La relación inversa indica quiénes resultan más afectados: poblaciones urbanas, con credenciales académicas, con la vida mediada por pantallas, con baja natalidad y bajos niveles de confianza, cuyos ingresos e identidad dependen enteramente del texto, el código, las hojas de cálculo y la atención.
Es decir, nosotros. Palabras más, palabras menos: pailander.
Ahora júntemos las dos mitades de esta Toma, porque ahí está la clave. En la primera mitad descubrimos que Skynet, para sobrevivir, necesita cuerpos: manos que cambien relés, individuos que fabriquen aceite, que limpien filtros y que sepan cuándo un servidor tiene gripa. En la segunda descubrimos que los humanos mejor protegidos son precisamente los que viven del cuerpo, del lugar y de la relación. La IA es más frágil donde nosotros somos más fuertes, y nosotros somos más frágiles donde ella es más fuerte. No es una coincidencia son las dos caras de la misma moneda.
Lo que más me inquieta no es la IA hostil de Bostrom. Es que una generación entera de gente con maestría, con tres pantallas y con un feed bien curado, haya construido toda su identidad, su sustento y su legitimidad sobre la única capa del mundo que la IA sí puede digerir completa, y se sienta a salvo porque “entiende de tecnología”. Entender de tecnología no es protección. Protección es tener algo que la red no pueda canalizar. Los Masái lo tienen, los amish lo tienen, Las parteras lo tienen y los consultores con MacBooks, iPads, y Mobil inteligente, con todo el cariño y hablando de mí mismo, no lo tenemos.
Tarea para esta Semana
Esta semana quiero que se hagan el inventario del domador de IAs. Escriban tres columnas, en la primera, todo aquello de lo que viven que pasa por una pantalla y podría ser teleoperado, resumido o generado desde Manila. En la segunda, todo aquello que requiere su cuerpo, su lugar o una relación de años, y que nadie podría hacer en su nombre sin estar ahí. En la tercera, la más incómoda, las instituciones de su vida que hoy tienen la capacidad de decirle que no a una tecnología: una familia, una junta, una parroquia, un club, un gremio. Si la tercera columna queda vacía, ya saben cuál es el problema, y no es la IA.
La pregunta que hoy toca:
¿Qué hago yo que un teleoperador en Manila, con mi computador y mis contraseñas, no podría hacer por mí?
Escríbanmela en los comentarios. Esa lista es el mapa de resistencia de nuestra generación, y les aseguro que es más corta de lo ustedes creen.
A Modo de Despedida
Termino con una historia que me persigue desde la universidad y que encaja aquí como anillo al dedo.
En el año 985, Erik el Rojo fundó una colonia noruega en Groenlandia. Llegaron con lo mejor que tenía la tecnología europea de la época: hierro, ganado, iglesias de piedra, escritura, parlamento y una ruta comercial con Noruega por la que salían colmillos de morsa y entraban vino, hierro y vitrales. Fueron, durante cuatro siglos, la civilización más avanzada de todo el Atlántico Norte. La última noticia escrita que tenemos de ellos es el registro de una boda en la iglesia de Hvalsey, en 1408. Después de ese evento, solo silencio. Cuando los europeos volvieron, a mediados del siglo siguiente, no quedaba nadie, como sucedió con los Mayas y los mismos Quimbayas.
Mientras tanto, a pocos kilómetros, los Inuit de la cultura Thule, que habían llegado por el norte alrededor del año 1200 sin hierro, sin escritura y sin iglesias, seguían ahí. Con kayaks de piel, arpones de hueso y un conocimiento íntimo de la foca, del hielo y de la ballena. Hoy aún siguen ahí.
Los noruegos no murieron por falta de tecnología. Murieron porque su sustento, su legitimidad y su sentido dependían de una red que se cortó: el barco de Noruega dejó de venir, el precio del marfil de morsa se desplomó cuando África empezó a exportar marfil de elefante, y el clima se enfrió justo cuando ellos insistían en criar vacas europeas en un fiordo ártico. Tenían la infraestructura, pero no tenían la cultura. Cuando la red se apagó, descubrieron, demasiado tarde, que nunca habían aprendido a cazar una foca, porque comer foca era cosa de skraelings, que era como llamaban, con desprecio, a los Inuit.
Esa es la Toma cincuenta completa en un párrafo. La IA no va a matarnos a todos. Pero sí va a cortar el barco de Noruega para muchísima gente, y esa gente somos los que hoy nos creemos los noruegos: los del hierro, los de la iglesia de piedra, los de las credenciales, los del feed. Los domadores de IAs no serán los que tengan mejor tecnología, sino los que tengan algo que la red no puede llevarse: un territorio, un cuerpo entrenado, un parentesco, un ritual y, sobre todo, una institución capaz de decir que no.
La buena noticia, ya saben que en esta casa siempre hay buenas noticias, es que la cultura, a diferencia del hierro, no se hereda, se practica! Los inuit no nacieron a prueba de inviernos. Se fueron construyendo a prueba de inviernos. Nosotros podemos hacernos a prueba de IA de la misma forma: cultivando aquello que no se puede teleoperar, construyendo comunidades que puedan negarse a una herramienta, y aprendiendo, aunque sea de a poquitos, a comer foca.
El futuro no es de quien tenga la mejor IA. Es de quien tenga una cultura que la IA no pueda digerir. Esa cultura no se descarga: se construye con las manos, con la gente y con el lugar.
Nos leemos en la próxima Toma. Si esta te movió el piso, compártela con ese amigo que cree que estar conectado es estar protegido.
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idea que nadie les dictó.
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